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jueves, 24 de abril de 2025

Charles Stewart Parnell

Fue un día frío de la primavera de 1874, cuando por primera vez oí hablar del político Charles Stewart Parnell. Mis padres lo conocían porque eran oriundos de Wicklow.

Alexander Martin Sullivan, un conocido hombre público de esa época, estaba disertando, y yo -todavía una niña- lo escuchaba con mucho interés. Sullivan acababa de llegar de Londres con muchas historias para contar. Se había producido una gran débâcle en el Partido Conservador cuando Lord Beaconsfield volvió a ganar las elecciones en 1874. “Este año” decía Lord Beaconsfield “las rosas deben volver a florecer en Hughenden”. Lo decía refiriéndose a que le habían endilgado a él, el desastre que se había originado en el Partido Conservador. Al respecto le dijo a un simpatizante: “No ha habido nada igual desde Overend y Gurney”, refiriéndose a la fabulosa quiebra bancaria todavía fresca en la memoria de la gente.
 
En esta reunión se destacaban dos hechos. Primero el que acabo de relatar y el segundo la presentación del joven político de Wicklow que lo había acompañado en las elecciones representando al Condado de Dublín.
 
 La afiliación de James Stewart Parnell al partido “Home Rule”, fue una cuestión que despertó mucho interés, por cuanto este joven era el nieto, o bisnieto, de Sir John Parnell, “El incorruptible”, que fue canciller del Ministerio de Hacienda y había votado en contra de los Unionistas.
 
Sullivan lo describió como un joven buen mozo, alto y esbelto, de ojos pardos, gentil, con aires muy finos y porte distinguido. Se esperaba que su incorporación renovara notablemente el movimiento político, aunque no había nada de extraordinario en esa incorporación, desde que, entre los Home Rulers de Isaac Butt estaban los más destacados patriotas irlandeses y angloirlandeses de la clase media acomodada.
 
Muchas veces me he preguntado si a los seguidores de Parnell les importó alguna vez su accionar político desarrollado antes de su caída en desgracia. Él le había despertado la imaginación a mucha gente, como a Sullivan y a mi padre, por ejemplo, pero en aquellos tiempos nadie imaginaba que en apenas seis años Parnell debía compatibilizar sus asuntos personales y el proyecto que imaginó para el futuro de Irlanda.
 
Sesión tras sesión Isaac Butt y sus partidarios presentaron su “Home Rule Bill” para ser considerado en el Parlamento. Y si revisamos el pasado, nos sorprenderemos al comprobar con qué liviandad se trataron temas tan importantes y en cuántas ocasiones se dejaron pasar por alto las mejores oportunidades para Irlanda en sus negociaciones con Inglaterra. Cuando Parnell enfrentó la realidad de sus proyectos, sus pares estaban a punto de irse del partido, barridos por una feroz y turbulenta dispersión del “Land League Movement”. Nadie podía imaginarse entonces lo que se venía, excepto el chofer de Parnell que lo conducía desde Rathdrum Station hasta Avondale. Después de las elecciones en la que fue derrotado, el conductor dijo de Parnell: “Ese hombre es un verdadero demonio. Con esa mirada salvaje, en todo el trayecto no habló más que de pelear, pegar y castigar a sus opositores”.
 
Parnell creció como cualquier otro muchacho de su clase. Había estado en Cambridge y expulsado por no cumplir con algunas normas de la Universidad. Era el capitán del equipo de criket de Rathdrum; fue lo que generalmente son los hacendados, monaguillo, magistrado, y por supuesto, un terrateniente, criador de razas vacunas de pedigrí. Sin embargo, en su cabeza guardaba permanentemente ese sueño dorado de supuestos tesoros escondidos en los montes de Wicklow. Estos sueños le costaron mucho dinero. El asunto es que cada vez que planeaba cerrar las minas, siempre aparecía alguien que ponía dinero para que se mantuvieran activas.
 
Su genética patriótica era de primera cepa. Por supuesto, ahí estaba su padre John Parnell y su madre americana, que había llenado su casa en Dublín con los refugiados Fenianos en 1867. Excepto este gesto, dudo que ella haya influido sobre él en otras cuestiones. En su juventud ella era una persona muy extravagante, muy americana, obviamente algo difícil de controlar, lo que debió ser una prueba muy dura para su hijo tan serio y juicioso. 
 
La estirpe de Parnell era la de muchos angloirlandeses rebeldes y patriotas; era la misma de la servidumbre, la de la gente de las chozas, la de los caminantes, la de los ancianos sabios. La relación que existía entre los angloirlandeses protestantes acomodados y la servidumbre era muy extraña. Lo que los irlandeses católicos llamaban “el negro protestantismo” de los angloirlandeses burgueses, estaba latente entre los sirvientes católicos, cuya relación era frecuentemente más afectuosa. Los niños de los Normandos habían sido criados por madres irlandesas y no todos los reglamentos y leyes de Edward Poyning tenían por objeto destruir esa unión afectiva. Esa relación continuó con los “nuevos pseudo burgueses” de varias plantaciones; y a pesar de que para esa gente la palabra sacerdote era un anatema, y “la capilla” la Casa de Rimmon, ellos seguían confiando sus hijos a las niñeras irlandesas; y durante los años de mayor tensión, había un afecto que se complementaba entre ellos y que se extendía hacia la gente de la cocina, a la de los porteros y hasta a la gente de las chozas más distantes.
 
Muchas conversiones al nacionalismo irlandés hoy parecerían no tener explicación, pero sí su razón de ser. Si tenemos en cuenta que muchos rebeldes fueron “arrancados” del círculo unionista, nos encontramos ante el paradójico afecto que sienten los angloirlandeses hacia la gente con la que mayores diferencias tienen y que abarcan desde su raza y su religión, hasta su opinión política. En cambio, los celto-irlandeses miran a los irlandeses desde un punto de vista más afectuoso, pero más crítico; en tanto que los angloirlandeses guardan esa crítica y el recelo para los ingleses, a quienes ven como niños irresponsables, sin instintos severos, pero carentes de ese afecto -quizás demasiado idealizado- que esperan de ellos los más necesitados. Parnell tomó los principios rebeldes del viejo Hugh Gaffney quien vivía a la entrada de Avondale. El viejo recordaba la rebelión de 1798 y solía contar las atrocidades que cometían contra la gente. Recuerdo que narró el caso real de un rebelde cuyo nombre era Byrne (seguramente relacionado con mis ancestros) que fue brutalmente azotado ida y vuelta todo el trayecto desde la fábrica hasta la vieja garita de Tathdrum, por orden de un salvaje coronel llamado Yeo. Este “agradable” caballero ordenó que lo azotaran en la parte frontal del cuerpo, contrariando lo que normalmente se hacía por la espalda, y después de tan atroz castigo, mientras corría sin detenerse, sus intestinos reventaron y comenzó a tambalearse mientras gritaba: “¡coronel Yeo! ¡coronel Yeo! ¡El Señor me ha liberado del coronel Yeo!”. Y a los pocos metros cayó muerto.
 
Este relato fue el origen de la heroica rebeldía que manifestaba Parnell. Su figura delgada y elegante sobresalía en las penumbras de la sala, y mientras escuchaba estas historias lastimosas, su espíritu se enardecía y sus ojos marrones se volvían fogosos y penetrantes. 
 
A veces pienso que la rebeldía de Parnell era más contra Inglaterra que por su patriotismo irlandés. Era como mantenerse ligado a su origen angloirlandés. Nosotros los irlandeses, antes que llegaran los tiempos de opresión, sufríamos de una extraña arrogancia nacionalista, al menos oficialmente. Tal vez porque era la única manera de conseguir que nos escucharan, porque éramos una moderada minoría de gente honrada, con la posibilidad de lograr una mayor prosperidad. Quizá estábamos como dopados, creyéndonos una nación de santos y héroes, cuando en realidad solamente tuvimos santos y héroes, de momento que, tanto nosotros como el resto del mundo, sabíamos que éramos una mezcla de todo. Sé que hipócritamente nos admirábamos y halagábamos mutuamente. Pero creo que no había ninguno que insistiera tanto en las virtudes y la amabilidad de los irlandeses como lo hacían los angloirlandeses; especialmente si vivían en la zona rural, donde recordaban los tiempos en que el trato era cariñoso, la mirada bondadosa y las voces suaves e inocentes como algo cotidiano, que brotaba naturalmente.
 
No tengo dudas de que en aquellos tiempos Parnell era el único líder irlandés capaz de negociar con Inglaterra en todo sentido, de igual a igual. Si Inglaterra hubiera tratado con él limpiamente y sin ambigüedades, y si los irlandeses no lo hubieran desterrado como lo hicieron ¡cuán diferente hubiera sido la historia de estos últimos doce años!
 
Parnell fue involucrado por sus pares en el gigantesco escándalo de la “Land Movement of Michael Davitt”. Era un grupo minúsculo de irlandeses que discutían en el Parlamento. Joseph Biggar con un puñado de aliados -no muchos más que cuatro- uno de los cuales era Lord Randolph Churchill, armaron un revuelo entre los Tory, cosa que en cierto modo venían haciendo desde hacía bastante tiempo los del Partido Whig con su política de obstrucción.
 
A todo esto, la gente se mantenía apática. Había habido una sucesión de veranos secos y los granjeros irlandeses -que formaban el sector más numeroso de las fuerzas políticas irlandesas- habían prosperado y no estaban dispuestos a dañar su momento de bonanza. Pero la gente que vivía en el Oeste a orillas del mar y en el rincón Noroeste, estaba siempre orillando la hambruna y permanentemente luchando por obtener medianamente una cosecha en terrenos de piedra y musgo, con escasas posibilidades de subsistir, aún en circunstancias más propicias. El ciclo de los buenos veranos terminó en 1877. Como consecuencia de varios años de lluvias intermitentes se perdieron las cosechas y trajo como consecuencia una devastadora hambruna. Michael Davitt, el hijo de un arrendatario desahuciado que había estado detenido en Portland por activista Feniano y acababa de ser liberado, se juntó con otros hombres que estaban en su misma condición y formaron un movimiento que llamaron “Land League”.
 
Al respecto, Parnell le pidió a los viejos Fenianos que lo aconsejaran sobre las acciones que debía encarar políticamente con este grupo.
 
“¿Usted cree que se movilizarán por poseer la tierra?” le preguntó a Charles Kickham, un anciano del Partido Feniano.
 
“Solamente tengo miedo de una cosa” respondió el anciano categóricamente “que se vayan hasta el mismo infierno por ella”.
 
Seguramente el movimiento no entusiasmó demasiado a Parnell. Sin embargo, él sabía que en esa organización descansaban por generaciones, las convicciones fuertes e inamovibles que idealizaban el dominio de la tierra. Estos idealistas desconfiaban de la organización y habían dado muchas vueltas, y hasta pisotearon sus principios, antes de reconocer que no había otra manera de lograr los objetivos por los que luchaban, si no la integraban. Por mucho tiempo la organización de agricultores fue la enemiga acérrima de éstos. Los hombres tenían una apetencia desmedida por esas tierras firmes que habían rescatado de los pantanos y que estaban permanentemente expuestas a las inundaciones que originaban las lluvias. Millones de crueldades se cometieron por tener una parcela de tierra. Aún en estos días, los métodos que emplea la organización de agricultores representan una amenaza para la ley y el orden. Quizás la razón por la que la tierra sea un bien tan preciado sea porque la mitad del suelo de este país está compuesto por lagos y pantanos. Al respecto, hubo muchos discursos perversos que vale la pena no olvidar, porque aún en estos días, después de muchas leyes reguladoras, la vida miserable que sobrellevan las poblaciones con pequeñas parcelas pantanosas y la de las granjas de las colinas, es soportada porque su gente es tremendamente humilde y todavía no se les ha permitido encontrar el modo de ponerse de pie.  Esta gente no tiene la menor idea de lo miserable que es su parcela y cuán diferente es a otras, simplemente porque no tienen los medios para evaluarlo. Son hombres y mujeres sufridos; hacen sus tareas con el barro hasta sus rodillas, calzando botas que no han sido limpiadas desde que las abandonó el primero que las usó. En pleno invierno, con sus harapos mojados pegados a la piel, llevan sobre sus espaldas pesados cargamentos de tierra. He visto en el Oeste de Irlanda, cómo la esposa de un pequeño granjero arreaba unas reses totalmente empapadas, en un día de riguroso invierno. A lo mejor su esposo sea igualmente sufrido e indigente y tan encorvado y estoico como ella.
 
Abiertamente es vergonzante comprobar que la gente tenga que vivir y pagar impuestos irracionales por una tierra que genera tanta miseria.  ¡Pobres criaturas! La tierra resultó para ellos lo que Frankestein a su creador. Increíblemente convirtieron el fango en tierras fértiles, y éstas le originaron trabajos inhumanos. Son como prisioneros de esta tierra, que pareciera expulsar desde sus entrañas un soplo de esperanza para ellos.   
 
Una vez le comenté a Sir David Harrel, uno de los más altos y destacados magistrados de Irlanda, que no me gustaba el proceder del “Land League Movement”. Al respecto me dijo:
 
“Bueno... No sé. Hubo muchos errores.”
 
Después comenzó a hacer memoria:
 
“Recuerdo que cuando era un joven oficial de la policía en Tyrone, llegaron a mi despacho muchas denuncias de casos de injusticia cometidos por los propietarios de las tierras. Hubo un caso en el que un delegado de la organización hizo limpiar una parcela de la finca para hacerse un parque de uso personal. Otro caso era el de una familia cuyos antepasados habían vivido durante doscientos años en la casa de una granja, que ellos mismos habían construido y que mantuvieron con mucho cuidado. Un día mientras el administrador y su mujer recorrían las propiedades, la mujer le echó el ojo a la vivienda y le exigió a su marido que se la regalara.  Para complacerla, el muy desfachatado desalojó a esa familia que había vivido allí por generaciones”.
 
 “Cosas como estas comenzaron a remorderme la conciencia, -continuó Harrel- entonces le escribí una carta al señor William Gladstone, pero como no me atrevía a firmarla con mi propio nombre, la rubriqué con el nombre de mi hijo, Alfred Harrell, que en ese entonces era una criatura de dieciocho meses”
 
(No pude más que sonreír por el ardid que utilizó este hombre de corazón grande y generoso)
 
“Seis meses más tarde” -prosiguió- “el señor Gladstone presentó en el Parlamento su primer proyecto “Irish Land Bill.”
 
“Los peores enemigos de los propietarios de tierras irlandeses”, me lo dijo ocasionalmente un administrador de granjas, “son sus administradores.”
 
En cierta oportunidad visitamos una gran mansión al Oeste de Irlanda. Después del almuerzo, estando en la sala principal de la casona, su gentil propietario a modo de entretenimiento nos mostraba el panorama que se observaba desde una de sus ventanas. 
 
“Allí” -dijo riéndose- “supo existir una villa destartalada, que por supuesto estropeaba el paisaje de este lugar; entonces mi abuelo, que era un hombre muy obsesionado por la belleza del paisaje, sacó a la gente del predio y arrasó con todas las viviendas”.
 
Justamente a eso se oponía Parnell. El tema de las tierras en Irlanda jamás se arreglará mientras no se le dé a la gente otro estilo de vida que no sea el cultivo de la tierra, que no es otra cosa que piedras y pantanos, donde los yuyos acuáticos crecen bajo los pies y son aplastados en caminos de grava. 
 
De manera que Parnell decidió dar a conocer su postura al respecto y entró a la “Land League” de la mano de Michael Davitt, para borrarse de la mente esa imagen errática que tenía sobre la Tierra Prometida que soñó, pero que jamás entendió.
 
El Movimiento era ajeno a todas sus costumbres, por cuanto no había nada en él que tuviera origen democrático. He visto en él, más que en ningún otro hombre, sus naturales orígenes aristocráticos, tomando muy poco o casi nada de su madre americana. Debo decir que era muy orgulloso, pero esencialmente un caballero en todo sentido.
 
Siendo una antigua “Parnellista” no pude más que reírme de la pieza teatral de mi amigo Lennox Robinson “The Lost Leader” (El Líder Acabado). Sin renegar de mi admiración y afecto por el autor, que era demasiado joven para haberlo conocido a Parnell, la idea de que podía originarse una confusión entre Parnell y la antigua visión de Lenonox, quedó descartada por todos aquellos que lo conocieron. Ahora resultaría inútil disfrazarlo de labrador o de burgués; era como pretender reemplazar el brillo del lucero por una vela.
 
Mientras más partidarios se aglutinaban alrededor de Parnell, éste no se esforzaba demasiado por lograr que interpretasen sus principios. Con el correr del tiempo escogió personalmente a sus más inmediatos colaboradores: John Redmond, que se unió a él a través de la administración del Parlamento y luego le siguió su hermano Willie Redmond. Se dice que cuando Willie se enteró que John tenía intenciones de llegar al Parlamento de la mano de Parnell, le envió el siguiente mensaje: “¡Por el amor de Dios, no degrades a tu familia!” Sea como fuere Willie también fue de la partida; creo que era el más joven de los que integraban el Parlamento y se ganó la estima de Parnell. También estaba entre sus elegidos James Carew, joven, apuesto y divertido. Otro que ingresó al partido, no sé exactamente cuándo, fue Henry Harrison, entonces un adolescente, pero deduzco que fue mucho tiempo después.
 
Parnell tenía otros en quien apoyarse, por ejemplo: Edmund Leamy, un abogado de Waterford y el coronel Nolan de Galway, un sobrino del quien fuera el jefe de la Light Brigade. Por supuesto también estaba el Dr. Kenny, su médico de cabecera y otros más, todos hombres compatibles con sus ideales y en los que él confiaba plenamente.
 
En el Partido se destacaban numerosas personalidades de gran talento. Hago especial mención de Michael Davitt, un líder muy democrático, pero que no tenía espacio al lado de Parnell; John Dillon, de una destacada personalidad que impresionaba a todo el mundo, y Timothy Michael Healey cuya capacidad era bien conocida. También estaba Thomas Sexton, que había trabajado en un diario de Dublín; un extraordinario orador que decía las cosas en el momento exacto y con la precisión necesaria, y según manifestaciones periodísticas, era el único orador Parlamentario a quien la prensa podía transcribir sus discursos palabra por palabra, sin errores. Frank Hugh O’Donnell, de carácter brillante pero errático; se decía que para Parnell era como una espina clavada en su trasero. Por ahí andaban también Joseph Biggar, un hombre de gran personalidad y James O’Kelly, un conocido filibustero [1] que había incursionado en distintas partes del planeta. Thomas Power O'Connor fue otro destacado periodista que se unió al grupo.
 
No creo que Parnell haya buscado estos talentos. Se me ocurre que atrajo a estos jóvenes para que lo secundaran, sin saber lo mucho que los iba a necesitar más adelante. En lo restante, dejó que los votantes de cada distrito eligieran a sus representantes. Solamente en una ocasión intentó imponer como candidato por Galway al Capitán William Henry O’Shea, pero encontró una fuerte resistencia entre sus partidarios.  Esa nominación produjo una grieta que hirió su parte más vital, dejándolo a merced de sus peores rivales.
 
No entiendo por qué se ganó tantos enemigos, siendo una persona inmensamente tolerante, aún con aquellos que hacían o decían cosas con las que no estaba de acuerdo. Su natural tendencia al aislamiento quizás haya sido interpretada por los más susceptibles, como un signo de arrogancia. Pero no era así, en más de una ocasión puso a cada uno en su lugar y con la firmeza necesaria, pero lo hacía con mucha delicadeza, propia de un caballero. Creo que más allá de estas cualidades personales, Parnell estimaba a sus hombres más que a los votos y no tenía la más mínima intención de ser un roi fainéant (rey perezoso). Prueba de ello es que mantuvo a sus colaboradores al margen de sus conflictos personales, cuando fue enjuiciado, por ejemplo. No hay dudas de que fue muy prudente al rechazar a más de uno como Wilfred Blunt, quien se hubiera escapado por la tangente, como era habitual en él, ante el primer chispazo. Sin embargo, pudo haber escogido a hombres de fidelidad incondicional y no lo hizo.
 
Cuando ingresé a la “Ladies Land League”, un conjunto de mujeres organizadas por Michael Davitt para llevar adelante los trabajos de la asociación cuando los hombres estaban en la cárcel, yo no sabía absolutamente nada sobre la vida privada de Parnell. Esta organización estaba bajo las órdenes de Anna Parnell, hermana de James. Además de haberlo visto a Parnell muy pocas veces y a la distancia, y oído hablar de él siendo niña, lo recuerdo cuando una vez acompañé a una persona conocida suya a la prisión de Kilmainsham, donde estaba detenido. Debo aclarar que, en aquellos tiempos, yo era muy popular en la sección femenina del movimiento, no así en el conjunto de la organización. Sin dudas eran tiempos florecientes, cuando a los católicos irlandeses se los autorizó a emerger después de cien años de represión. Entonces surgía espontáneamente esa natural capacidad que estaba dormida y que pareció haber entrado en franca recuperación en el momento justo. No obstante, aparte de Ann Parnell -a quien consideré como la otra mitad del alma de su hermano- había en la “L. L. L.” un montón de mujeres jóvenes de gran talento y un espíritu sorprendente.
 
En general, en toda la Liga había muy buena onda, y cuando manifesté mi envidia por la joven que iba a visitarlo a Parnell a la cárcel por asuntos relacionados a la organización, simplemente Ann me dijo: “¡Entonces andá, no te quedes ahí!”
 
Cuando ingresamos a la cárcel, nos metieron en una especie de jaula dividida en tres secciones. A nosotros nos ubicaron en un extremo y en la del medio, que era más reducida y hacía de intermediaria, se instaló un guardia, y en el otro extremo el señor Parnell. No puedo recordar una sola palabra de lo que dijo, excepto cuando mi compañera le comentó que Hugh Gaffney, un pobre muchacho, nieto del anciano guardián del pueblo de Avondale que tantas veces nos despachara la correspondencia, había sido detenido. Entonces él respondió, emulando el americanismo de su madre:” ¡Pobre chico! Su madre sufrirá escalofríos y fiebre” Recuerdo que esas palabras tan simples, dichas en el tono de su voz tan especial, quedaron grabadas para siempre en mi memoria.
 
Mientras tanto las damas de la “L. L. L.” se estaban haciendo rápidamente del dinero recolectado por las mujeres americano-irlandesas, en su mayoría hijas de prominentes terratenientes.  Se me ocurre que a Parnell nunca le gustó esta organización, la que finalmente terminó clausurando al negarse a firmar los cheques que terminaron haciendo imposible la continuidad del trabajo. Lo más triste fue la ruptura de la relación entre los hermanos que, como dije antes, era muy afín.
 
En mi libro de reminiscencias “Veinticinco años”, dije todo por decirse sobre la señorita Parnell, quien falleció en la más absoluta soledad tal cual había vivido. La encontraron muerta ahogada en la costa de Cornwall donde se había radicado con otro nombre. Allí se dedicó a la pintura, cuyo arte expresaba con mucho talento.
 
Aún en los tiempos que existió la “L. L. L.”, Parnell comenzó a mostrarse en actitudes misteriosas. No siempre se lo encontraba cuando se lo necesitaba. Una noche en el mes de febrero de 1883, mientras caminábamos por Whitewall con Timothy Harringston, después de asistir a un debate en la Cámara Baja, una figura envuelta en una capa pasó a nuestro lado en medio de la oscuridad.  “¿Sabes quién es ese?” me preguntó Timothy. “No” le respondí. “Es el señor Parnell” me dijo.
 
Recuerdo un día, cuando Parnell llegó a la sede de la “L.L.L”, la esposa de uno de los más importantes miembros del partido y tesorero de las fundaciones de la Liga, se le acercó para decirle:
 
“¡Oh, señor Parnell! ¡No puede ser que el líder de los irlandeses, el rey sin corona esté usando un traje tan ajado! ¡Está verde de viejo!”
 
Él sonrió por compromiso y sin responderle siguió atendiendo sus asuntos.
 
Creo que estas actitudes se debían a que su salud estaba quebrantada. Además de su amor por Katharine O’Shea, estas afecciones prolongadas lo llevaron gradualmente a no exponerse públicamente, intentando de esa manera tapar las críticas que le hacían los políticos Liberales Ingleses y las damas de la “Unión de Corazones”.  A propósito, debemos reconocer que aquellas eran épocas gratas, en las que nuestras relaciones con los liberales ingleses tendían a recomponerse. Ellos visitaban Irlanda con sus esposas, en el marco de un intercambio amistoso y una apertura que se proyectaba hacia un entendimiento más amplio, en el que los irlandeses estaban dispuestos a creer nuevamente en la buena fe de los ingleses. Sin embargo, en ese sentido, nunca hubo un signo positivo de parte del señor Parnell.
 
Me voy a tomar el atrevimiento de recordar un incidente ocurrido apenas se iniciaron las actividades de la “L.L.L.”, cuando los líderes del movimiento solían encontrarse en la Mansion House de Dublín una vez a la semana. Creo que fue antes de su formación oficial.
 
El señor Parnell ocupaba en ese momento la presidencia y la actividad estaba en pleno apogeo. Una de las funciones principales -y por supuesto la más atrayente- era registrar las contribuciones semanales que hacían los americano-irlandeses al fondo del movimiento, que los diarios irlandeses describían como “Sentimiento de fervor guerrero”. Fue en esos días que, en plena reunión, súbitamente Parnell se retiró de la sala de reuniones sin dar ninguna explicación. Enseguida regresó y se sentó nuevamente a la cabecera como si nada hubiera ocurrido.
 
“Me había olvidado de darle agua al perro” dijo y continuó con los temas en discusión.
 
Su retiro, al que él mismo llamó más tarde “A los cuarteles de Invierno”, fue favorable a las camarillas que actuaron en su contra y a sus seguidores que murmuraban contra él. Era -aparentemente- como si repentinamente hubiera abandonado todo el poder que tenía. Creo incluso que fue ignorado cuando festejábamos la concreción de la “Unión de Corazones”. Era alrededor de 1886 cuando Sir Charles Dilke, refiriéndose a Parnell, dijo en presencia de Rosa Mulholland: “Es un don nadie. Ahora el hombre es Healy”.
 
El caso con la señora de O’Shea era por demás de conocido, pero permaneció oculto durante varios años. Me acuerdo de que la mujer que acompañé a la cárcel de Kilmainham bromeaba sobre el asunto en presencia de Ann, que no atinaba más que a sonreír confusa ante semejantes habladurías.  La señora de O’Shea había sido la intermediaria entre Parnell y los líderes liberales y gozaba del más amplio crédito entre los irlandeses que estaban fascinados con ella; y hasta es muy posible que hiciera lo que quisiera aun con Chamberlain y Gladstone. De todas las personas que yo frecuentaba, no creo que haya habido alguna que realmente creyera que este asunto iba en serio. Para mí era un simple rumor sin fundamento. En esos momentos nosotras estábamos pendientes de asuntos más importantes, y los políticos ocupados en las negociaciones que se estaban desarrollando, hasta que la “Times Commission” y las falsedades de Richard Pigott nos trajeron otra vez a la memoria los embrollos personales de Parnell.
 
A todo esto, a fines de los años ochenta, fui hasta la casa de la mujer con la que había ido a la prisión de Kilmainham. Recuerdo que en la casa había muchos libros, revistas y papeles por los cuatro costados. Allí fui recibida con mucha cordialidad. La mujer era una joven muy bondadosa, vivaracha, deslenguada y de una personalidad bastante extravagante. Muchos funcionarios la trataban y usaban de ella irresponsablemente y luego la ignoraban o se olvidaban de ella.
 
En esa oportunidad, estando yo presente, la mujer recibió una carta de Parnell en la que hacía referencia a las historias que estaba divulgando sobre su relación con la señora O’Shea. Recuerdo que la habitación estaba casi en penumbras, con el fuego encendido y una lámpara sobre la mesa. Allí se ubicó la joven junto a sus hermanas. Entonces escuché la lectura de la carta en voz alta y me quedé perpleja mirándola fijamente. El contenido de la misiva era una obra maestra, de un profundo y ácido reproche. Debió haber habido algo muy grosso en este asunto; recuerdo que en ese momento me pregunté cómo esta mujer podía vivir y reír con tanto descaro ante semejante situación. Claro que después de leer la carta su sonrisa fue mucho más nerviosa y preocupada. Hoy me pregunto qué habrá sido de esa carta. Seguramente la quemó. Era un documento tan terrible, de una contundencia política lapidaria, que seguramente prefirió deshacerse de ella.
 
Por supuesto, Irlanda era muy puritana y algunos irlandeses lo eran más que otros. Dublín no era precisamente una ciudad virtuosa, aunque la vida familiar era muy recatada y nunca se quebraron las reglas que sustentaban la moralidad sexual. En ese terreno, Joseph Biggar y Timothy Michael Healy desafiaron a Parnell cuando se realizaron las elecciones de Galway. Con un buen manejo estratégico, lo acorralaron con una abundante dosis de calificativos hirientes, que se volvieron claramente adversos a Parnell, que ya contaba con muchos enemigos en su propio partido.  Para algunos, su amorío con una mujer casada no era más que una simple pasión pasajera, por cuya causa este hombre era capaz de dejar de lado a la misma Irlanda. Como he señalado, la señora O’Shea era el único amor de su vida, y ella a su vez, una esposa ignorada. Ambos vivían en la más absoluta soledad. Para una mujer como ella, de carácter ambicioso, con su tropiezo matrimonial, debió haber sido muy difícil rechazar a un hombre apasionadamente enamorado e irresistible como Parnell.  La maîtresse femme, al menos en el pasado, tenía menos ambiciones personales, que tomar el poder del trono con un león a sus pies. Parnell estaba enfermo y necesitaba el cuidado de una mujer. El hombre enfermo es muy propenso a enamorarse de su enfermera; la enfermera algunas veces se enamora sinceramente de su paciente; tal vez sea por instinto maternal.
 
Me atrevería a decir que esta mujer hermosa, brillante y distinguida le dio alegría a su vida. Los rumores decían que el Capitán O’Shea sabía de la relación de su mujer con Parnell, y que éste le ofreció una banca en el parlamento de Galway para callarlo.  Tal vez esto haya sido cierto o tal vez no, pero mi teoría es que, si Parnell hubiera muerto antes de la batalla que originó la ruptura del partido y del divorcio del matrimonio O’Shea, seguramente no estaría en el lugar que hoy ocupa en la historia. El haber planchado estos asuntos durante los años de su enfermedad, además de su renuncia a todos los cargos, hizo que la gente se mostrara de acuerdo con los dichos de Sir Charles Dilke: “los soldados son más valiosos que el Capitán”.
 
Todavía está por escribirse la verdad sobre la vida de Parnell. Aún no han sido revelados sus pensamientos y los motivos ocultos que lo llevaron a incursionar en la política. Contrariamente a lo que pasó cuando se escribió sobre la vida de Barry O’Brien, cuya existencia fue correcta hasta el final, pero muy contemporánea. Demasiado pronto para publicarse. Su memoria sufrió los errores que finalmente se cometen con los libros que escriben los familiares del personaje. En este caso, uno de esos libros fue relatado por su propia esposa y al leerlo se percibe un tufo de traición a su personalidad; un desprecio a la verdad, lo que me llevó a descreer de la seriedad del autor.
 
La grandeza de Parnell es para nosotros, como un resguardo a la dignidad. Todavía no ha ocupado en la historia el sitio que le corresponde, pero la cuarta musa hizo su investigación y con justicia le ha reservado ese lugar.  Jamás conocí a alguien que, habiéndose relacionado con Parnell, no estuviera cabalmente convencido de su grandeza. Nunca fue definida tan ampliamente esta condición, como cuando se manifestó contra el poder de la Iglesia en Irlanda y los hombres que lo habían traicionado. Lo he visto en esos grandes debates pelear con hombres que a su lado parecían pigmeos. La lucha estaba planteada por las tremendas desigualdades que existían y el pequeño puñado de hombres que lo respaldaban. Para un hombre de su estatura, haber sido castigado a través de la mujer que amó, debió haber sido una intolerable tortura. Creo que solamente una Iglesia célibe pudo haber sido tan injustamente despiadada con él.
 
Era el fin de la dominación política de la Iglesia Católica en Irlanda. Más de una vez escuché a buenos y sabios sacerdotes lamentarse por la actitud que asumió la Iglesia para hundirlo. Por cientos de años Irlanda había carecido de un arma tan fina y fogosa; y fue precisamente Irlanda la que se encargó de destruirla y arrojarla al desierto.
 
Siempre creí conocer gran parte de los sucesos ocurridos durante el derrumbe de Parnell. Pero recién ahora me entero de que después de la declaración de la Corte sobre el pedido de divorcio, William Ewart Gladstone le había exigido su renuncia, entonces Parnell le envió unos emisarios para preguntarle si ese era el precio que debía pagar por el proyecto “Home Rule Bill” para Irlanda, pero Gladstone lo rechazó con la mayor virulencia de la que era capaz.
 
Creo que esta es la parte de la historia que no ha sido escrita todavía. Jamás habían llegado a mis oídos estos comentarios mientras integré el movimiento. Es que en aquellos días vivíamos el fervor y la pasión política de un modo muy particular. Recuerdo cuando Parnell manifestó su dolor en una reunión del comité: “Si me van a vender -dijo- traten de conseguir un buen precio”. Nunca imaginé que aquel lamento, producto de su deseo, se hiciera realidad.
 
El juicio a Parnell es una de las páginas más oscuras de la historia de Irlanda y marcó un punto de inflexión a partir del cual se produjeron muchos cambios, además del poder político que ejercía la Iglesia.  En los años de mi juventud, teníamos en Irlanda actitudes farouche, que se consideraban virtudes y que en la mayoría de los casos se manifestaban porque sí, lo que en realidad era muy anticristiano.  Hoy recuerdo apesadumbrada cuando le contaba con cierto orgullo a Alice Meynell del castigo que había sufrido una jovencita de la zona rural “por haberse desviado” (pasado a la religión protestante) y que fue abandonada hasta por sus propios padres, como tantas otras jóvenes de entonces. Alice, que se vio reflejada en mi relato, tan sólo atinó a decir con voz entrecortada: “¡Por el amor de Dios! ¡Por más deplorable que sea su actitud, no es un crimen, es natural! ¡Oh, Santo Dios! ¡Yo jamás abandonaría a una criatura por esa u otra causa!”. No fue la primera ni la última vez que Alice me confiaba sus sentimientos. Allí me di cuenta de que aquella “virtud farouche” de la que tanto alardeábamos, no era otra cosa que un crimen. Resulta extraño que estas actitudes hayan prosperado tanto en una institución de matrimonios arreglados. 
 
Sea lo que fuere lo que sufrió Parnell, siempre actuó con generosidad y cordialidad. Sobre los sacerdotes que lo habían denunciado a través de datos que les proporcionaron algunos de sus más íntimos amigos, dijo: “Alguna vez fueron nuestros mejores amigos... Y lo volverán a ser otra vez...” Pero cuando opinó sobre los hombres que lo habían traicionado -algunos de ellos en posiciones muy bajas como para apedrear a otra persona- brotó su naturaleza humana.  Esos eran tiempos de calentura, de vehemencia, cuando podíamos reírnos y a la vez inundarnos de rencor al mismo tiempo; entonces brotaba de Parnell un rosario de epítetos para sus opositores, hasta diría que eran muy apropiados, y en algunos casos, nos llenaban de entusiasmo y alegría.
 
Los relatos de aquella época prueban su grandeza y dan por tierra definitivamente con esa historia de que era un roi fainêant, cuyo calificativo se debió a algunos de sus seguidores que peyorativamente decían que tenía un fantasma que le hacía todo el trabajo. En mi libro “Twenty-Five Years” (25 años) hago referencia a esta leyenda y creo que no debo repetirla aquí. Parnell era invencible en todo, menos en la muerte que fue la única que pudo con él. Si la muerte le hubiera concedido un tiempo más, otra sería la historia de Irlanda.
 
Sinceramente, creo que no éramos dignos de él. Como lo escribió Tom Kettle en ocasión de la bienvenida que organizaron los partidarios de Redmond al señor Herbert Henry Asquith un año o dos antes de la guerra:
 
“Nosotros, mudos, en medio del griterío de la muchedumbre, pensamos en él,
En él que fue demasiado grande para nosotros, para nuestras almas y costumbres,
Demasiado grande para la risa y el amor, los halagos o menosprecios,
De los filosos puñales que lo hirieron y la tristeza de su ocaso
De él nos acordamos, caminando solo a su condena”.
 
Así es como piensa una de las pocas Parnellistas que aún existimos. Creo que todavía hay una causa para una gran aflicción.
 
 Charles Stewart Parnell (en irlandés: Cathal Stiúbhard Pharnell) (27 de junio de 1846 - 6 de octubre de 1891) fue un terrateniente protestante irlandés, líder político nacionalista irlandés, miembro de Parlamento del Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda, fundador y miembro del Partido Parlamentario Irlandés. Fue una de las figuras más importantes en la Irlanda y el Reino Unido del siglo XIX. William Gladstone lo consideraba la persona más notable que había conocido. El que habría de ser primer ministro liberal, Herbert Henry Asquith, lo describió como uno de los tres o cuatro hombres más
importantes del siglo XIX, mientras que Lord Haldane dijo de él que era el hombre más fuerte que la Cámara de los Comunes británica había visto en 150 años. Antecedentes familiares. Charles Stewart Parnell nació en Avondale, Wicklow, en el seno de la alta burguesía. Fue el tercer varón y séptimo hijo de John Henry Parnell (1811-1859), un terrateniente angloirlandés próspero, y su esposa estadounidense Delia Tudor Stewart (1816-1898), de Bordertown (Nueva Jersey), hija de un héroe naval estadounidense, el almirante Charles Stewart (1778-1869), hijastro de uno de los guardaespaldas de George Washington. En total, tuvieron once hijos: cinco varones y seis mujeres. La madre del almirante Stewart, bisabuela de Parnell, tenía parentesco con la Familia Real Británica por ser miembro de la familia Tudor. El mismo John Henry Parnell era sobrino de uno de los aristócratas irlandeses más prominentes, el Vizconde Powerscourt, y también bisnieto del Canciller del Ministerio de Hacienda en el Parlamento de Henry Grattan, Sir John Parnell, quien perdió su puesto en 1799 al oponerse al Acta de Unión de 1800. Los Parnell de Avondale descendían de una familia inglesa de comerciantes, prominente en Congleton, Cheshire. A inicios del siglo XVII ocuparon el cargo de Barón Congleton por dos generaciones antes de mudarse a Irlanda. La familia produjo figuras notables, tales como Thomas Parnell (1679-1718), poeta irlandés, y Henry Parnell, Primer Barón Congleton (1776-1842), político irlandés. El abuelo de Parnell, William Parnell (1780-1821), que heredó el Estado Avondale en 1795, era un miembro liberal del parlamento irlandés por Wicklow de 1817-1820. Así, desde su nacimiento, Charles Stewart Parnell poseía un extraordinario número de contactos en la sociedad; estaba relacionado con la tradición del viejo Parlamento irlandés a través de su bisabuelo y abuelo, a la guerra de Independencia de los Estados Unidos a través de su abuelo, a la Guerra de 1812 (donde su abuelo fue condecorado con la Medalla de oro del Congreso de los Estados Unidos). Pertenecía a la antigua Iglesia de Irlanda (cuyos miembros eran principalmente del Unionismo) a pesar de no asistir formalmente a la iglesia en sus últimos años de vida; también estaba conectado con la aristocracia a través de la Powerscourt y lejanas relaciones de parentesco con la Familia Real. Sin embargo, fue su liderazgo en el Nacionalismo irlandés lo que le dio fama. Los padres de Parnell se separaron cuando tenía seis años de edad. Durante su infancia fue enviado a diversas escuelas en Inglaterra, donde pasó una juventud infeliz. Su padre falleció en 1859, heredándole el Estado de Avondale. El joven Parnell estudió en el Magdelene College, Cambridge (1865-1869). Forzado por las difíciles circunstancias financieras del Estado heredado, abandonó su educación y nunca logró obtener el grado aspirado. En 1871 se unió a su hermano mayor John Howard Parnell (1843-1923), quien era agricultor en Alabama (más tarde miembro del parlamento y heredero del Estado de Avondale), en un largo viaje a través de los Estados Unidos. Sus viajes lo llevaron sobre todo al Sur de los Estados Unidos sin pasar mucho tiempo en centros de inmigración irlandesa o asentamientos angloirlandeses. En 1874 fue nombrado Gran Sheriff de su condado natal en Wicklow, en el cual también fue oficial de la milicia de Wicklow. Fue reconocido como un gran terrateniente al jugar un papel prominente en la industrialización del área de Wicklow. Probablemente, por la falta de interés en otras empresas, su atención se centró en el tema en boga del escenario político irlandés de finales de 1870: la campaña por un grado de autogobierno promovido por la Liga por el Autogobierno de Isaac Butt formada en 1873. Fue en apoyo a este movimiento que Parnell intentó por primera vez ser elegido en Wicklow como representante, pero al ser Gran Sheriff, fue descalificado, resultando nuevamente derrotado en las elecciones de 1874 al condado de Dublín. (Fuente: Wikipedia)
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

[1] Se tildaba de “Filibustero” a los legisladores que pronunciaban discursos largos y tediosos en la introducción a un determinado tema. Este calificativo comienza a usarse en el senado de los Estados Unidos, que otorga al legislador todo el tiempo necesario para explayarse en cualquier tópico. En síntesis: un charlatán.

 

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