[1] Se tildaba de “Filibustero” a los legisladores que pronunciaban discursos largos y tediosos en la introducción a un determinado tema. Este calificativo comienza a usarse en el senado de los Estados Unidos, que otorga al legislador todo el tiempo necesario para explayarse en cualquier tópico. En síntesis: un charlatán.
Vida y obra de la literatura irlandesa en el contexto político-religioso de los siglos XIX y XX. Así recuerda aquella época Catharine Tynan en su libro "MEMORIES" editado en Londres en 1924 por Eveleigh Nash & Grayson Limitid. Acá les brindo una recopilación de traducción libre para quienes se interesen navegar en la historia de Irlanda en el albor de la República.
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jueves, 24 de abril de 2025
Charles Stewart Parnell
Fue un día frío de la primavera de 1874, cuando por primera
vez oí hablar del político Charles Stewart Parnell. Mis padres lo conocían
porque eran oriundos de Wicklow.
Alexander Martin Sullivan, un conocido hombre público de esa
época, estaba disertando, y yo -todavía una niña- lo escuchaba con mucho
interés. Sullivan acababa de llegar de Londres con muchas historias para
contar. Se había producido una gran débâcle
en el Partido Conservador cuando Lord Beaconsfield volvió a ganar las
elecciones en 1874. “Este año” decía
Lord Beaconsfield “las rosas deben volver
a florecer en Hughenden”. Lo decía refiriéndose a que le habían endilgado a él, el desastre que se había originado en el
Partido Conservador. Al respecto le dijo a un simpatizante: “No ha habido nada igual desde Overend y
Gurney”, refiriéndose a la fabulosa quiebra bancaria todavía fresca en la
memoria de la gente.
En esta reunión se destacaban dos hechos. Primero el que
acabo de relatar y el segundo la presentación del joven político de Wicklow que lo había acompañado en las
elecciones representando al Condado de Dublín.
La afiliación de James
Stewart Parnell al partido “Home Rule”,
fue una cuestión que despertó mucho interés, por cuanto este joven era el
nieto, o bisnieto, de Sir John Parnell, “El
incorruptible”, que fue canciller del Ministerio de Hacienda y había votado en contra de los
Unionistas.
Sullivan lo describió como un joven buen mozo, alto y
esbelto, de ojos pardos, gentil, con aires muy finos y porte distinguido. Se
esperaba que su incorporación renovara notablemente el movimiento político,
aunque no había nada de extraordinario en esa incorporación, desde que, entre
los Home Rulers de Isaac Butt estaban los más destacados patriotas irlandeses y
angloirlandeses de la clase media acomodada.
Muchas veces me he preguntado si a los seguidores de Parnell
les importó alguna vez su accionar político desarrollado antes de su caída en
desgracia. Él le había despertado la imaginación a mucha gente, como a Sullivan
y a mi padre, por ejemplo, pero en aquellos tiempos nadie imaginaba que en
apenas seis años Parnell debía compatibilizar sus asuntos personales y el
proyecto que imaginó para el futuro de Irlanda.
Sesión tras sesión Isaac Butt y sus partidarios presentaron
su “Home Rule Bill” para ser
considerado en el Parlamento. Y si revisamos el pasado, nos sorprenderemos al
comprobar con qué liviandad se trataron temas tan importantes y en cuántas
ocasiones se dejaron pasar por alto las mejores oportunidades para Irlanda en
sus negociaciones con Inglaterra. Cuando Parnell enfrentó la realidad de sus
proyectos, sus pares estaban a punto de irse del partido, barridos por una
feroz y turbulenta dispersión del “Land League
Movement”. Nadie podía imaginarse entonces lo que se venía, excepto el
chofer de Parnell que lo conducía desde Rathdrum Station hasta Avondale.
Después de las elecciones en la que fue derrotado, el conductor dijo de
Parnell: “Ese hombre es un verdadero
demonio. Con esa mirada salvaje, en todo el trayecto no habló más que de
pelear, pegar y castigar a sus opositores”.
Parnell creció como cualquier otro muchacho de su clase.
Había estado en Cambridge y expulsado por no cumplir con algunas normas de la Universidad. Era el
capitán del equipo de criket de Rathdrum; fue lo que generalmente son los
hacendados, monaguillo, magistrado, y por supuesto, un terrateniente, criador
de razas vacunas de pedigrí. Sin embargo, en su cabeza guardaba permanentemente
ese sueño dorado de supuestos tesoros escondidos en los montes de Wicklow.
Estos sueños le costaron mucho dinero. El asunto es que cada vez que planeaba
cerrar las minas, siempre aparecía alguien que ponía dinero para que se mantuvieran
activas.
Su genética patriótica era de primera cepa. Por supuesto, ahí
estaba su padre John Parnell y su madre americana, que había llenado su casa en
Dublín con los refugiados Fenianos en 1867. Excepto este gesto, dudo que ella
haya influido sobre él en otras cuestiones. En su juventud ella era una persona
muy extravagante, muy americana, obviamente algo difícil de controlar, lo que
debió ser una prueba muy dura para su hijo tan serio y juicioso.
La estirpe de Parnell era la de muchos angloirlandeses
rebeldes y patriotas; era la misma de la servidumbre, la de la gente de las
chozas, la de los caminantes, la de los ancianos sabios. La relación que existía
entre los angloirlandeses protestantes acomodados y la servidumbre era muy
extraña. Lo que los irlandeses católicos llamaban “el negro protestantismo” de los angloirlandeses burgueses, estaba
latente entre los sirvientes católicos, cuya relación era frecuentemente más
afectuosa. Los niños de los Normandos habían sido criados por madres irlandesas
y no todos los reglamentos y leyes de Edward Poyning tenían por objeto destruir esa unión afectiva. Esa relación
continuó con los “nuevos pseudo
burgueses” de varias plantaciones; y a pesar de que para esa gente la
palabra sacerdote era un anatema, y “la
capilla” la Casa
de Rimmon, ellos seguían confiando sus hijos a las niñeras irlandesas; y
durante los años de mayor tensión, había un afecto que se complementaba entre
ellos y que se extendía hacia la gente de la cocina, a la de los porteros y
hasta a la gente de las chozas más distantes.
Muchas conversiones al nacionalismo irlandés hoy parecerían no tener
explicación, pero sí su razón de ser. Si tenemos en cuenta que muchos rebeldes
fueron “arrancados” del círculo unionista, nos encontramos ante el paradójico
afecto que sienten los angloirlandeses hacia la gente con la que mayores
diferencias tienen y que abarcan desde su raza y su religión, hasta su opinión
política. En cambio, los celto-irlandeses miran a los irlandeses desde un punto
de vista más afectuoso, pero más crítico; en tanto que los angloirlandeses
guardan esa crítica y el recelo para los ingleses, a quienes ven como niños
irresponsables, sin instintos severos, pero carentes de ese afecto -quizás
demasiado idealizado- que esperan de ellos los más necesitados. Parnell tomó
los principios rebeldes del viejo Hugh Gaffney quien vivía a la entrada de
Avondale. El viejo recordaba la rebelión de 1798 y solía contar las atrocidades
que cometían contra la gente. Recuerdo que narró el caso real de un rebelde
cuyo nombre era Byrne (seguramente relacionado con mis ancestros) que fue
brutalmente azotado ida y vuelta todo el trayecto desde la fábrica hasta la
vieja garita de Tathdrum, por orden de un salvaje coronel llamado Yeo. Este “agradable” caballero ordenó que lo
azotaran en la parte frontal del cuerpo, contrariando lo que normalmente se
hacía por la espalda, y después de tan atroz castigo, mientras corría sin
detenerse, sus intestinos reventaron y comenzó a tambalearse mientras gritaba: “¡coronel Yeo! ¡coronel Yeo! ¡El Señor me ha
liberado del coronel Yeo!”. Y a los pocos metros cayó muerto.
Este relato fue el origen de la heroica rebeldía que
manifestaba Parnell. Su figura delgada y elegante sobresalía en las penumbras
de la sala, y mientras escuchaba estas historias lastimosas, su espíritu se
enardecía y sus ojos marrones se volvían fogosos y penetrantes.
A veces pienso que la rebeldía de Parnell era más contra Inglaterra
que por su patriotismo irlandés. Era como mantenerse ligado a su origen angloirlandés.
Nosotros los irlandeses, antes que llegaran los tiempos de opresión, sufríamos
de una extraña arrogancia nacionalista, al menos oficialmente. Tal vez porque
era la única manera de conseguir que nos escucharan, porque éramos una moderada
minoría de gente honrada, con la
posibilidad de lograr una mayor prosperidad. Quizá estábamos como dopados,
creyéndonos una nación de santos y héroes, cuando en realidad solamente tuvimos
santos y héroes, de momento que, tanto nosotros como el resto del mundo,
sabíamos que éramos una mezcla de todo. Sé que hipócritamente nos admirábamos y
halagábamos mutuamente. Pero creo que no había ninguno que insistiera tanto en
las virtudes y la amabilidad de los irlandeses como lo hacían los angloirlandeses;
especialmente si vivían en la zona rural, donde recordaban los tiempos en que
el trato era cariñoso, la mirada bondadosa y las voces suaves e inocentes como algo
cotidiano, que brotaba naturalmente.
No tengo dudas de que en aquellos tiempos Parnell era el
único líder irlandés capaz de negociar con Inglaterra en todo sentido, de igual
a igual. Si Inglaterra hubiera tratado con él limpiamente y sin ambigüedades, y
si los irlandeses no lo hubieran desterrado como lo hicieron ¡cuán diferente
hubiera sido la historia de estos últimos doce años!
Parnell fue involucrado por sus pares en el gigantesco
escándalo de la “Land Movement of Michael Davitt”. Era un grupo minúsculo de
irlandeses que discutían en el Parlamento. Joseph Biggar con un puñado de
aliados -no muchos más que cuatro- uno de los cuales era Lord Randolph
Churchill, armaron un revuelo entre los Tory, cosa que en cierto modo venían
haciendo desde hacía bastante tiempo los del Partido Whig con su política de
obstrucción.
A todo esto, la gente se mantenía apática. Había habido una
sucesión de veranos secos y los granjeros irlandeses -que formaban el sector
más numeroso de las fuerzas políticas irlandesas- habían prosperado y no
estaban dispuestos a dañar su momento de bonanza. Pero la gente que vivía en el
Oeste a orillas del mar y en el rincón Noroeste, estaba siempre orillando la
hambruna y permanentemente luchando por obtener medianamente una cosecha en
terrenos de piedra y musgo, con escasas posibilidades de subsistir, aún en
circunstancias más propicias. El ciclo de los buenos veranos terminó en 1877.
Como consecuencia de varios años de lluvias intermitentes se perdieron las
cosechas y trajo como consecuencia una devastadora hambruna. Michael Davitt, el
hijo de un arrendatario desahuciado que había estado detenido en Portland por
activista Feniano y acababa de ser liberado, se juntó con otros hombres que
estaban en su misma condición y formaron un movimiento que llamaron “Land
League”.
Al respecto, Parnell le pidió a los viejos Fenianos que lo
aconsejaran sobre las acciones que debía encarar políticamente con este grupo.
“¿Usted cree que
se movilizarán por poseer la tierra?” le preguntó a Charles Kickham, un anciano
del Partido Feniano.
“Solamente tengo
miedo de una cosa” respondió el anciano categóricamente “que se vayan hasta el mismo infierno por ella”.
Seguramente el movimiento no entusiasmó demasiado a Parnell.
Sin embargo, él sabía que en esa organización descansaban por generaciones, las
convicciones fuertes e inamovibles que idealizaban el dominio de la tierra.
Estos idealistas desconfiaban de la organización y habían dado muchas vueltas,
y hasta pisotearon sus principios, antes de reconocer que no había otra manera
de lograr los objetivos por los que luchaban, si no la integraban. Por mucho
tiempo la organización de agricultores fue la enemiga acérrima de éstos. Los
hombres tenían una apetencia desmedida por esas tierras firmes que habían
rescatado de los pantanos y que estaban permanentemente expuestas a las
inundaciones que originaban las lluvias. Millones de crueldades se cometieron
por tener una parcela de tierra. Aún en estos días, los métodos que emplea la
organización de agricultores representan una amenaza para la ley y el orden.
Quizás la razón por la que la tierra sea un bien tan preciado sea porque la
mitad del suelo de este país está compuesto por lagos y pantanos. Al respecto,
hubo muchos discursos perversos que vale la pena no olvidar, porque aún en
estos días, después de muchas leyes reguladoras, la vida miserable que
sobrellevan las poblaciones con pequeñas parcelas pantanosas y la de las
granjas de las colinas, es soportada porque su gente es tremendamente humilde y
todavía no se les ha permitido encontrar el modo de ponerse de pie. Esta gente no tiene la menor idea de lo
miserable que es su parcela y cuán diferente es a otras, simplemente porque no
tienen los medios para evaluarlo. Son hombres y mujeres sufridos; hacen sus
tareas con el barro hasta sus rodillas, calzando botas que no han sido
limpiadas desde que las abandonó el primero que las usó. En pleno invierno, con
sus harapos mojados pegados a la piel, llevan sobre sus espaldas pesados
cargamentos de tierra. He visto en el Oeste de Irlanda, cómo la esposa de un
pequeño granjero arreaba unas reses totalmente empapadas, en un día de riguroso
invierno. A lo mejor su esposo sea igualmente sufrido e indigente y tan
encorvado y estoico como ella.
Abiertamente es vergonzante comprobar que la gente tenga que
vivir y pagar impuestos irracionales por una tierra que genera tanta
miseria. ¡Pobres criaturas! La tierra
resultó para ellos lo que Frankestein a su creador. Increíblemente convirtieron
el fango en tierras fértiles, y éstas le originaron trabajos inhumanos. Son
como prisioneros de esta tierra, que pareciera expulsar desde sus entrañas un
soplo de esperanza para ellos.
Una vez le comenté a Sir David Harrel, uno de los más altos y
destacados magistrados de Irlanda, que no me gustaba el proceder del “Land
League Movement”. Al respecto me dijo:
“Bueno... No sé.
Hubo muchos errores.”
Después comenzó a hacer memoria:
“Recuerdo que
cuando era un joven oficial de la policía en Tyrone, llegaron a mi despacho
muchas denuncias de casos de injusticia cometidos por los propietarios de las
tierras. Hubo un caso en el que un delegado de la organización hizo limpiar una
parcela de la finca para hacerse un parque de uso personal. Otro caso era el de
una familia cuyos antepasados habían vivido durante doscientos años en la casa
de una granja, que ellos mismos habían construido y que mantuvieron con mucho
cuidado. Un día mientras el administrador y su mujer recorrían las propiedades,
la mujer le echó el ojo a la vivienda y le exigió a su marido que se la
regalara. Para complacerla, el muy
desfachatado desalojó a esa familia que había vivido allí por generaciones”.
“Cosas como estas comenzaron a remorderme la
conciencia, -continuó
Harrel- entonces le escribí una carta al
señor William Gladstone, pero como no me atrevía a firmarla con mi propio
nombre, la rubriqué con el nombre de mi hijo, Alfred Harrell, que en ese
entonces era una criatura de dieciocho meses”
(No pude más que sonreír por el ardid que utilizó este hombre
de corazón grande y generoso)
“Seis meses más
tarde”
-prosiguió- “el señor Gladstone presentó
en el Parlamento su primer proyecto “Irish Land Bill.”
“Los peores
enemigos de los propietarios de tierras irlandeses”, me lo dijo
ocasionalmente un administrador de granjas, “son
sus administradores.”
En cierta oportunidad visitamos una gran mansión al Oeste de
Irlanda. Después del almuerzo, estando en la sala principal de la casona, su
gentil propietario a modo de entretenimiento nos mostraba el panorama que se
observaba desde una de sus ventanas.
“Allí” -dijo riéndose- “supo existir una villa destartalada, que
por supuesto estropeaba el paisaje de este lugar; entonces mi abuelo, que era
un hombre muy obsesionado por la belleza del paisaje, sacó a la gente del
predio y arrasó con todas las viviendas”.
Justamente a eso se oponía Parnell. El tema de las tierras en
Irlanda jamás se arreglará mientras no se le dé a la gente otro estilo de vida
que no sea el cultivo de la tierra, que no es otra cosa que piedras y pantanos,
donde los yuyos acuáticos crecen bajo los pies y son aplastados en caminos de
grava.
De manera que Parnell decidió dar a conocer su postura al
respecto y entró a la “Land League” de la mano de Michael Davitt, para borrarse
de la mente esa imagen errática que tenía sobre la Tierra Prometida
que soñó, pero que jamás entendió.
El Movimiento era ajeno a todas sus costumbres, por cuanto no
había nada en él que tuviera origen democrático. He visto en él, más que en
ningún otro hombre, sus naturales orígenes aristocráticos, tomando muy poco o
casi nada de su madre americana. Debo decir que era muy orgulloso, pero
esencialmente un caballero en todo sentido.
Siendo una antigua “Parnellista” no pude más que reírme de la
pieza teatral de mi amigo Lennox Robinson “The
Lost Leader” (El Líder Acabado). Sin renegar de mi admiración y afecto por
el autor, que era demasiado joven para haberlo conocido a Parnell, la idea de
que podía originarse una confusión entre Parnell y la antigua visión de
Lenonox, quedó descartada por todos aquellos que lo conocieron. Ahora
resultaría inútil disfrazarlo de labrador o de burgués; era como pretender
reemplazar el brillo del lucero por una vela.
Mientras más partidarios se aglutinaban alrededor de Parnell,
éste no se esforzaba demasiado por lograr que interpretasen sus principios. Con
el correr del tiempo escogió personalmente a sus más inmediatos colaboradores:
John Redmond, que se unió a él a través de la administración del Parlamento y
luego le siguió su hermano Willie Redmond. Se dice que cuando Willie se enteró
que John tenía intenciones de llegar al Parlamento de la mano de Parnell, le
envió el siguiente mensaje: “¡Por el amor
de Dios, no degrades a tu familia!” Sea como fuere Willie también fue de la
partida; creo que era el más joven de los que integraban el Parlamento y se
ganó la estima de Parnell. También estaba entre sus elegidos James Carew,
joven, apuesto y divertido. Otro que ingresó al partido, no sé exactamente
cuándo, fue Henry Harrison, entonces un adolescente, pero deduzco que fue mucho
tiempo después.
Parnell tenía otros en quien apoyarse, por ejemplo: Edmund
Leamy, un abogado de Waterford y el coronel Nolan de Galway, un sobrino del quien fuera el jefe de la Light Brigade. Por
supuesto también estaba el Dr. Kenny, su médico de cabecera y otros más, todos
hombres compatibles con sus ideales y en los que él confiaba plenamente.
En el Partido se destacaban numerosas personalidades de gran
talento. Hago especial mención de Michael Davitt, un líder muy democrático,
pero que no tenía espacio al lado de Parnell; John Dillon, de una destacada
personalidad que impresionaba a todo el mundo, y Timothy Michael Healey cuya
capacidad era bien conocida. También estaba Thomas Sexton, que había trabajado
en un diario de Dublín; un extraordinario orador que decía las cosas en el
momento exacto y con la precisión necesaria, y según manifestaciones periodísticas,
era el único orador Parlamentario a quien la prensa podía transcribir sus
discursos palabra por palabra, sin errores. Frank Hugh O’Donnell, de carácter
brillante pero errático; se decía que para Parnell era como una espina clavada
en su trasero. Por ahí andaban también Joseph Biggar, un hombre de gran
personalidad y James O’Kelly, un conocido filibustero [1]
que había incursionado en distintas partes del planeta. Thomas Power O'Connor
fue otro destacado periodista que se unió al grupo.
No creo que Parnell haya buscado estos talentos. Se me ocurre
que atrajo a estos jóvenes para que lo secundaran, sin saber lo mucho que los
iba a necesitar más adelante. En lo restante, dejó que los votantes de cada
distrito eligieran a sus representantes. Solamente en una ocasión intentó
imponer como candidato por Galway al Capitán William Henry O’Shea, pero
encontró una fuerte resistencia entre sus partidarios. Esa nominación produjo una grieta que hirió
su parte más vital, dejándolo a merced de sus peores rivales.
No entiendo por qué se ganó tantos enemigos, siendo una
persona inmensamente tolerante, aún con aquellos que hacían o decían cosas con
las que no estaba de acuerdo. Su natural tendencia al aislamiento quizás haya
sido interpretada por los más susceptibles, como un signo de arrogancia. Pero
no era así, en más de una ocasión puso a cada uno en su lugar y con la firmeza
necesaria, pero lo hacía con mucha delicadeza, propia de un caballero. Creo que
más allá de estas cualidades personales, Parnell estimaba a sus hombres más que
a los votos y no tenía la más mínima intención de ser un roi fainéant (rey perezoso). Prueba de ello es que mantuvo a sus
colaboradores al margen de sus conflictos personales, cuando fue enjuiciado,
por ejemplo. No hay dudas de que fue muy prudente al rechazar a más de uno como
Wilfred Blunt, quien se hubiera escapado por la tangente, como era habitual en
él, ante el primer chispazo. Sin embargo, pudo haber escogido a hombres de fidelidad incondicional y
no lo hizo.
Cuando ingresé a la “Ladies Land League”, un conjunto de
mujeres organizadas por Michael Davitt para llevar adelante los trabajos de la
asociación cuando los hombres estaban en la cárcel, yo no sabía absolutamente
nada sobre la vida privada de Parnell. Esta organización estaba bajo las
órdenes de Anna Parnell, hermana de James. Además de haberlo visto a Parnell
muy pocas veces y a la distancia, y oído hablar de él siendo niña, lo recuerdo
cuando una vez acompañé a una persona conocida suya a la prisión de
Kilmainsham, donde estaba detenido. Debo aclarar que, en aquellos tiempos, yo
era muy popular en la sección femenina del movimiento, no así en el conjunto de
la organización. Sin dudas eran tiempos florecientes, cuando a los católicos
irlandeses se los autorizó a emerger después de cien años de represión. Entonces
surgía espontáneamente esa natural capacidad que estaba dormida y que pareció
haber entrado en franca recuperación en el momento justo. No obstante, aparte
de Ann Parnell -a quien consideré como la otra mitad del alma de su hermano-
había en la “L. L. L.” un montón de
mujeres jóvenes de gran talento y un espíritu sorprendente.
En general, en toda la Liga había muy buena onda, y cuando manifesté mi
envidia por la joven que iba a visitarlo a Parnell a la cárcel por asuntos
relacionados a la organización, simplemente Ann me dijo: “¡Entonces andá, no te quedes ahí!”
Cuando ingresamos a la cárcel, nos metieron en una especie de
jaula dividida en tres secciones. A nosotros nos ubicaron en un extremo y en la
del medio, que era más reducida y hacía de intermediaria, se instaló un
guardia, y en el otro extremo el señor Parnell. No puedo recordar una sola
palabra de lo que dijo, excepto cuando mi compañera le comentó que Hugh
Gaffney, un pobre muchacho, nieto del anciano guardián del pueblo de Avondale
que tantas veces nos despachara la correspondencia, había sido detenido. Entonces
él respondió, emulando el americanismo de su madre:” ¡Pobre chico! Su madre sufrirá escalofríos y fiebre” Recuerdo
que esas palabras tan simples, dichas en el tono de su voz tan especial,
quedaron grabadas para siempre en mi memoria.
Mientras tanto las damas de la “L. L. L.” se estaban haciendo rápidamente del dinero recolectado
por las mujeres americano-irlandesas, en su mayoría hijas de prominentes
terratenientes. Se me ocurre que a
Parnell nunca le gustó esta organización, la que finalmente terminó clausurando
al negarse a firmar los cheques que terminaron haciendo imposible la
continuidad del trabajo. Lo más triste fue la ruptura de la relación entre los
hermanos que, como dije antes, era muy afín.
En mi libro de reminiscencias “Veinticinco años”, dije todo por decirse sobre la señorita
Parnell, quien falleció en la más absoluta soledad tal cual había vivido. La
encontraron muerta ahogada en la costa de Cornwall donde se había radicado con
otro nombre. Allí se dedicó a la pintura, cuyo arte expresaba con mucho
talento.
Aún en los tiempos que existió la “L. L. L.”, Parnell comenzó a mostrarse en actitudes misteriosas.
No siempre se lo encontraba cuando se lo necesitaba. Una noche en el mes de
febrero de 1883, mientras caminábamos por Whitewall con Timothy Harringston,
después de asistir a un debate en la Cámara Baja , una figura envuelta en una capa pasó
a nuestro lado en medio de la oscuridad.
“¿Sabes quién es ese?” me
preguntó Timothy. “No” le respondí. “Es el señor Parnell” me dijo.
Recuerdo un día, cuando Parnell llegó a la sede de la “L.L.L”, la esposa de uno de los más importantes
miembros del partido y tesorero de las fundaciones de la Liga , se le acercó para
decirle:
“¡Oh, señor
Parnell! ¡No puede ser que el líder de los irlandeses, el rey sin corona esté
usando un traje tan ajado! ¡Está verde de viejo!”
Él sonrió por compromiso y sin responderle siguió atendiendo
sus asuntos.
Creo que estas actitudes se debían a que su salud estaba
quebrantada. Además de su amor por Katharine O’Shea, estas afecciones
prolongadas lo llevaron gradualmente a no exponerse públicamente, intentando de
esa manera tapar las críticas que le hacían los políticos Liberales Ingleses y
las damas de la “Unión de Corazones”. A propósito, debemos reconocer que aquellas
eran épocas gratas, en las que nuestras relaciones con los liberales ingleses
tendían a recomponerse. Ellos visitaban Irlanda con sus esposas, en el marco de
un intercambio amistoso y una apertura que se proyectaba hacia un entendimiento
más amplio, en el que los irlandeses estaban dispuestos a creer nuevamente en
la buena fe de los ingleses. Sin embargo, en ese sentido, nunca hubo un signo
positivo de parte del señor Parnell.
Me voy a tomar el atrevimiento de recordar un incidente
ocurrido apenas se iniciaron las actividades de la “L.L.L.”, cuando los líderes del movimiento solían encontrarse en la Mansion House de
Dublín una vez a la semana. Creo que fue antes de su formación oficial.
El señor Parnell ocupaba en ese momento la presidencia y la
actividad estaba en pleno apogeo. Una de las funciones principales -y por
supuesto la más atrayente- era registrar las contribuciones semanales que
hacían los americano-irlandeses al fondo del movimiento, que los diarios
irlandeses describían como “Sentimiento
de fervor guerrero”. Fue en esos días que, en plena reunión, súbitamente
Parnell se retiró de la sala de reuniones sin dar ninguna explicación.
Enseguida regresó y se sentó nuevamente a la cabecera como si nada hubiera
ocurrido.
“Me había
olvidado de darle agua al perro” dijo y continuó con los temas en
discusión.
Su retiro, al que él mismo llamó más tarde “A los cuarteles de Invierno”, fue
favorable a las camarillas que actuaron en su contra y a sus seguidores que
murmuraban contra él. Era -aparentemente- como si repentinamente hubiera
abandonado todo el poder que tenía. Creo incluso que fue ignorado cuando
festejábamos la concreción de la “Unión
de Corazones”. Era alrededor de 1886 cuando Sir Charles Dilke, refiriéndose
a Parnell, dijo en presencia de Rosa Mulholland: “Es un don nadie. Ahora el hombre es Healy”.
El caso con la señora de O’Shea era por demás de conocido,
pero permaneció oculto durante varios años. Me acuerdo de que la mujer que
acompañé a la cárcel de Kilmainham bromeaba sobre el asunto en presencia de
Ann, que no atinaba más que a sonreír confusa ante semejantes habladurías. La señora de O’Shea había sido la
intermediaria entre Parnell y los líderes liberales y gozaba del más amplio
crédito entre los irlandeses que estaban fascinados con ella; y hasta es muy
posible que hiciera lo que quisiera aun con Chamberlain y Gladstone. De todas
las personas que yo frecuentaba, no creo que haya habido alguna que realmente
creyera que este asunto iba en serio. Para mí era un simple rumor sin
fundamento. En esos momentos nosotras estábamos pendientes de asuntos más
importantes, y los políticos ocupados en las negociaciones que se estaban
desarrollando, hasta que la “Times
Commission” y las falsedades de Richard Pigott nos trajeron otra vez a la
memoria los embrollos personales de Parnell.
A todo esto, a fines de los años ochenta, fui hasta la casa
de la mujer con la que había ido a la prisión de Kilmainham. Recuerdo que en la
casa había muchos libros, revistas y papeles por los cuatro costados. Allí fui
recibida con mucha cordialidad. La mujer era una joven muy bondadosa,
vivaracha, deslenguada y de una personalidad bastante extravagante. Muchos
funcionarios la trataban y usaban de ella irresponsablemente y luego la ignoraban
o se olvidaban de ella.
En esa oportunidad, estando yo presente, la mujer recibió una
carta de Parnell en la que hacía referencia a las historias que estaba
divulgando sobre su relación con la señora O’Shea. Recuerdo que la habitación
estaba casi en penumbras, con el fuego encendido y una lámpara sobre la mesa.
Allí se ubicó la joven junto a sus hermanas. Entonces escuché la lectura de la
carta en voz alta y me quedé perpleja mirándola fijamente. El contenido de la
misiva era una obra maestra, de un profundo y ácido reproche. Debió haber
habido algo muy grosso en este asunto; recuerdo que en ese momento me pregunté
cómo esta mujer podía vivir y reír con tanto descaro ante semejante situación.
Claro que después de leer la carta su sonrisa fue mucho más nerviosa y
preocupada. Hoy me pregunto qué habrá sido de esa carta. Seguramente la quemó.
Era un documento tan terrible, de una contundencia política lapidaria, que
seguramente prefirió deshacerse de ella.
Por supuesto, Irlanda era muy puritana y algunos irlandeses
lo eran más que otros. Dublín no era precisamente una ciudad virtuosa, aunque
la vida familiar era muy recatada y nunca se quebraron las reglas que
sustentaban la moralidad sexual. En ese terreno, Joseph Biggar y Timothy
Michael Healy desafiaron a Parnell cuando se realizaron las elecciones de
Galway. Con un buen manejo estratégico, lo acorralaron con una abundante dosis
de calificativos hirientes, que se volvieron claramente adversos a Parnell, que
ya contaba con muchos enemigos en su propio partido. Para algunos, su amorío con una mujer casada
no era más que una simple pasión pasajera, por cuya causa este hombre era capaz
de dejar de lado a la misma Irlanda. Como he señalado, la señora O’Shea era el
único amor de su vida, y ella a su vez, una esposa ignorada. Ambos vivían en la
más absoluta soledad. Para una mujer como ella, de carácter ambicioso, con su
tropiezo matrimonial, debió haber sido muy difícil rechazar a un hombre
apasionadamente enamorado e irresistible como Parnell. La maîtresse
femme, al menos en el pasado, tenía menos ambiciones personales, que tomar
el poder del trono con un león a sus pies. Parnell estaba enfermo y necesitaba
el cuidado de una mujer. El hombre enfermo es muy propenso a enamorarse de su
enfermera; la enfermera algunas veces se enamora sinceramente de su paciente;
tal vez sea por instinto maternal.
Me atrevería a decir que esta mujer hermosa, brillante y
distinguida le dio alegría a su vida. Los rumores decían que el Capitán O’Shea
sabía de la relación de su mujer con Parnell, y que éste le ofreció una banca
en el parlamento de Galway para callarlo.
Tal vez esto haya sido cierto o tal vez no, pero mi teoría es que, si
Parnell hubiera muerto antes de la batalla que originó la ruptura del partido y
del divorcio del matrimonio O’Shea, seguramente no estaría en el lugar que hoy
ocupa en la historia. El haber planchado estos asuntos durante los años de su
enfermedad, además de su renuncia a todos los cargos, hizo que la gente se
mostrara de acuerdo con los dichos de Sir Charles Dilke: “los soldados son más valiosos que el Capitán”.
Todavía está por escribirse la verdad sobre la vida de
Parnell. Aún no han sido revelados sus pensamientos y los motivos ocultos que
lo llevaron a incursionar en la política. Contrariamente a lo que pasó cuando
se escribió sobre la vida de Barry O’Brien, cuya existencia fue correcta hasta
el final, pero muy contemporánea. Demasiado pronto para publicarse. Su memoria
sufrió los errores que finalmente se cometen con los libros que escriben los
familiares del personaje. En este caso, uno de esos libros fue relatado por su
propia esposa y al leerlo se percibe un tufo de traición a su personalidad; un
desprecio a la verdad, lo que me llevó a descreer de la seriedad del autor.
La grandeza de Parnell es para nosotros, como un resguardo a
la dignidad. Todavía no ha ocupado en la historia el sitio que le corresponde,
pero la cuarta musa hizo su investigación y con justicia le ha reservado ese
lugar. Jamás conocí a alguien que,
habiéndose relacionado con Parnell, no estuviera cabalmente convencido de su
grandeza. Nunca fue definida tan ampliamente esta condición, como cuando se manifestó
contra el poder de la Iglesia
en Irlanda y los hombres que lo habían traicionado. Lo he visto en esos grandes
debates pelear con hombres que a su lado parecían pigmeos. La lucha estaba
planteada por las tremendas desigualdades que existían y el pequeño puñado de
hombres que lo respaldaban. Para un hombre de su estatura, haber sido castigado
a través de la mujer que amó, debió haber sido una intolerable tortura. Creo
que solamente una Iglesia célibe pudo haber sido tan injustamente despiadada
con él.
Era el fin de la dominación política de la Iglesia Católica
en Irlanda. Más de una vez escuché a buenos y sabios sacerdotes lamentarse por
la actitud que asumió la
Iglesia para hundirlo. Por cientos de años Irlanda había
carecido de un arma tan fina y fogosa; y fue precisamente Irlanda la que se
encargó de destruirla y arrojarla al desierto.
Siempre creí conocer gran parte de los sucesos ocurridos
durante el derrumbe de Parnell. Pero recién ahora me entero de que después de
la declaración de la Corte
sobre el pedido de divorcio, William Ewart Gladstone le había exigido su
renuncia, entonces Parnell le envió unos emisarios para preguntarle si ese era
el precio que debía pagar por el proyecto “Home Rule Bill” para Irlanda, pero
Gladstone lo rechazó con la mayor virulencia de la que era capaz.
Creo que esta es la parte de la historia que no ha sido
escrita todavía. Jamás habían llegado a mis oídos estos comentarios mientras
integré el movimiento. Es que en aquellos días vivíamos el fervor y la pasión
política de un modo muy particular. Recuerdo cuando Parnell manifestó su dolor
en una reunión del comité: “Si me van a
vender -dijo- traten de conseguir un
buen precio”. Nunca imaginé que aquel lamento, producto de su deseo, se
hiciera realidad.
El juicio a Parnell es una
de las páginas más oscuras de la historia de Irlanda y marcó un punto de inflexión
a partir del cual se produjeron muchos cambios, además del poder político que
ejercía la Iglesia. En los años de mi juventud,
teníamos en Irlanda actitudes farouche,
que se consideraban virtudes y que en la mayoría de los casos se manifestaban
porque sí, lo que en realidad era muy anticristiano. Hoy recuerdo apesadumbrada cuando le contaba
con cierto orgullo a Alice Meynell del castigo que había sufrido una jovencita
de la zona rural “por haberse desviado”
(pasado a la religión protestante) y que fue abandonada hasta por sus propios
padres, como tantas otras jóvenes de entonces. Alice, que se vio reflejada en
mi relato, tan sólo atinó a decir con voz entrecortada: “¡Por el amor de Dios! ¡Por más deplorable que sea su actitud, no es un
crimen, es natural! ¡Oh, Santo Dios! ¡Yo jamás abandonaría a una criatura por
esa u otra causa!”. No fue la primera ni la última vez que Alice me
confiaba sus sentimientos. Allí me di cuenta de que aquella “virtud farouche” de la que tanto alardeábamos,
no era otra cosa que un crimen. Resulta extraño que estas actitudes hayan
prosperado tanto en una institución de matrimonios arreglados.
Sea lo que fuere lo que sufrió Parnell, siempre actuó con
generosidad y cordialidad. Sobre los sacerdotes que lo habían denunciado a
través de datos que les proporcionaron algunos de sus más íntimos amigos, dijo:
“Alguna vez fueron nuestros mejores
amigos... Y lo volverán a ser otra vez...” Pero cuando opinó sobre los
hombres que lo habían traicionado -algunos de ellos en posiciones muy bajas
como para apedrear a otra persona- brotó su naturaleza humana. Esos eran tiempos de calentura, de
vehemencia, cuando podíamos reírnos y a la vez inundarnos de rencor al mismo
tiempo; entonces brotaba de Parnell un rosario de epítetos para sus opositores,
hasta diría que eran muy apropiados, y en algunos casos, nos llenaban de
entusiasmo y alegría.
Los relatos de aquella época prueban su grandeza y dan por
tierra definitivamente con esa historia de que era un roi fainêant, cuyo calificativo se debió a algunos de sus
seguidores que peyorativamente decían que tenía un fantasma que le hacía todo
el trabajo. En mi libro “Twenty-Five
Years” (25 años) hago referencia a esta leyenda y creo que no debo
repetirla aquí. Parnell era invencible en todo, menos en la muerte que fue la
única que pudo con él. Si la muerte le hubiera concedido un tiempo más, otra
sería la historia de Irlanda.
Sinceramente, creo que no éramos dignos de él. Como lo
escribió Tom Kettle en ocasión de la bienvenida que organizaron los partidarios
de Redmond al señor Herbert Henry Asquith un año o dos antes de la guerra:
“Nosotros, mudos, en medio del griterío de la
muchedumbre, pensamos en él,
En él que fue demasiado grande para nosotros,
para nuestras almas y costumbres,
Demasiado grande para la risa y el amor, los
halagos o menosprecios,
De los filosos puñales que lo hirieron y la
tristeza de su ocaso
De él nos acordamos, caminando solo a su
condena”.
Así es como piensa una de las pocas Parnellistas que aún
existimos. Creo que todavía hay una causa para una gran aflicción.
☘
Charles Stewart Parnell (en irlandés: Cathal Stiúbhard Pharnell) (27 de junio de 1846 - 6 de octubre de 1891) fue un terrateniente protestante irlandés, líder político nacionalista irlandés, miembro de Parlamento del Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda, fundador y miembro del Partido Parlamentario Irlandés. Fue una de las figuras más importantes en la Irlanda y el Reino Unido del siglo XIX. William Gladstone lo consideraba la persona más notable que había conocido. El que habría de ser primer ministro liberal, Herbert Henry Asquith, lo describió como uno de los tres o cuatro hombres más importantes del siglo XIX, mientras que Lord Haldane dijo de él que era el hombre más fuerte que la Cámara de los Comunes británica había visto en 150 años. Antecedentes familiares. Charles Stewart Parnell nació en Avondale, Wicklow, en el seno de la alta burguesía. Fue el tercer varón y séptimo hijo de John Henry Parnell (1811-1859), un terrateniente angloirlandés próspero, y su esposa estadounidense Delia Tudor Stewart (1816-1898), de Bordertown (Nueva Jersey), hija de un héroe naval estadounidense, el almirante Charles Stewart (1778-1869), hijastro de uno de los guardaespaldas de George Washington. En total, tuvieron once hijos: cinco varones y seis mujeres. La madre del almirante Stewart, bisabuela de Parnell, tenía parentesco con la Familia Real Británica por ser miembro de la familia Tudor. El mismo John Henry Parnell era sobrino de uno de los aristócratas irlandeses más prominentes, el Vizconde Powerscourt, y también bisnieto del Canciller del Ministerio de Hacienda en el Parlamento de Henry Grattan, Sir John Parnell, quien perdió su puesto en 1799 al oponerse al Acta de Unión de 1800. Los Parnell de Avondale descendían de una familia inglesa de comerciantes, prominente en Congleton, Cheshire. A inicios del siglo XVII ocuparon el cargo de Barón Congleton por dos generaciones antes de mudarse a Irlanda. La familia produjo figuras notables, tales como Thomas Parnell (1679-1718), poeta irlandés, y Henry Parnell, Primer Barón Congleton (1776-1842), político irlandés. El abuelo de Parnell, William Parnell (1780-1821), que heredó el Estado Avondale en 1795, era un miembro liberal del parlamento irlandés por Wicklow de 1817-1820. Así, desde su nacimiento, Charles Stewart Parnell poseía un extraordinario número de contactos en la sociedad; estaba relacionado con la tradición del viejo Parlamento irlandés a través de su bisabuelo y abuelo, a la guerra de Independencia de los Estados Unidos a través de su abuelo, a la Guerra de 1812 (donde su abuelo fue condecorado con la Medalla de oro del Congreso de los Estados Unidos). Pertenecía a la antigua Iglesia de Irlanda (cuyos miembros eran principalmente del Unionismo) a pesar de no asistir formalmente a la iglesia en sus últimos años de vida; también estaba conectado con la aristocracia a través de la Powerscourt y lejanas relaciones de parentesco con la Familia Real. Sin embargo, fue su liderazgo en el Nacionalismo irlandés lo que le dio fama. Los padres de Parnell se separaron cuando tenía seis años de edad. Durante su infancia fue enviado a diversas escuelas en Inglaterra, donde pasó una juventud infeliz. Su padre falleció en 1859, heredándole el Estado de Avondale. El joven Parnell estudió en el Magdelene College, Cambridge (1865-1869). Forzado por las difíciles circunstancias financieras del Estado heredado, abandonó su educación y nunca logró obtener el grado aspirado. En 1871 se unió a su hermano mayor John Howard Parnell (1843-1923), quien era agricultor en Alabama (más tarde miembro del parlamento y heredero del Estado de Avondale), en un largo viaje a través de los Estados Unidos. Sus viajes lo llevaron sobre todo al Sur de los Estados Unidos sin pasar mucho tiempo en centros de inmigración irlandesa o asentamientos angloirlandeses. En 1874 fue nombrado Gran Sheriff de su condado natal en Wicklow, en el cual también fue oficial de la milicia de Wicklow. Fue reconocido como un gran terrateniente al jugar un papel prominente en la industrialización del área de Wicklow. Probablemente, por la falta de interés en otras empresas, su atención se centró en el tema en boga del escenario político irlandés de finales de 1870: la campaña por un grado de autogobierno promovido por la Liga por el Autogobierno de Isaac Butt formada en 1873. Fue en apoyo a este movimiento que Parnell intentó por primera vez ser elegido en Wicklow como representante, pero al ser Gran Sheriff, fue descalificado, resultando nuevamente derrotado en las elecciones de 1874 al condado de Dublín. (Fuente: Wikipedia)
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