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jueves, 24 de abril de 2025

Charles Stewart Parnell

Fue un día frío de la primavera de 1874, cuando por primera vez oí hablar del político Charles Stewart Parnell. Mis padres lo conocían porque eran oriundos de Wicklow.

Alexander Martin Sullivan, un conocido hombre público de esa época, estaba disertando, y yo -todavía una niña- lo escuchaba con mucho interés. Sullivan acababa de llegar de Londres con muchas historias para contar. Se había producido una gran débâcle en el Partido Conservador cuando Lord Beaconsfield volvió a ganar las elecciones en 1874. “Este año” decía Lord Beaconsfield “las rosas deben volver a florecer en Hughenden”. Lo decía refiriéndose a que le habían endilgado a él, el desastre que se había originado en el Partido Conservador. Al respecto le dijo a un simpatizante: “No ha habido nada igual desde Overend y Gurney”, refiriéndose a la fabulosa quiebra bancaria todavía fresca en la memoria de la gente.
 
En esta reunión se destacaban dos hechos. Primero el que acabo de relatar y el segundo la presentación del joven político de Wicklow que lo había acompañado en las elecciones representando al Condado de Dublín.
 
 La afiliación de James Stewart Parnell al partido “Home Rule”, fue una cuestión que despertó mucho interés, por cuanto este joven era el nieto, o bisnieto, de Sir John Parnell, “El incorruptible”, que fue canciller del Ministerio de Hacienda y había votado en contra de los Unionistas.
 
Sullivan lo describió como un joven buen mozo, alto y esbelto, de ojos pardos, gentil, con aires muy finos y porte distinguido. Se esperaba que su incorporación renovara notablemente el movimiento político, aunque no había nada de extraordinario en esa incorporación, desde que, entre los Home Rulers de Isaac Butt estaban los más destacados patriotas irlandeses y angloirlandeses de la clase media acomodada.
 
Muchas veces me he preguntado si a los seguidores de Parnell les importó alguna vez su accionar político desarrollado antes de su caída en desgracia. Él le había despertado la imaginación a mucha gente, como a Sullivan y a mi padre, por ejemplo, pero en aquellos tiempos nadie imaginaba que en apenas seis años Parnell debía compatibilizar sus asuntos personales y el proyecto que imaginó para el futuro de Irlanda.
 
Sesión tras sesión Isaac Butt y sus partidarios presentaron su “Home Rule Bill” para ser considerado en el Parlamento. Y si revisamos el pasado, nos sorprenderemos al comprobar con qué liviandad se trataron temas tan importantes y en cuántas ocasiones se dejaron pasar por alto las mejores oportunidades para Irlanda en sus negociaciones con Inglaterra. Cuando Parnell enfrentó la realidad de sus proyectos, sus pares estaban a punto de irse del partido, barridos por una feroz y turbulenta dispersión del “Land League Movement”. Nadie podía imaginarse entonces lo que se venía, excepto el chofer de Parnell que lo conducía desde Rathdrum Station hasta Avondale. Después de las elecciones en la que fue derrotado, el conductor dijo de Parnell: “Ese hombre es un verdadero demonio. Con esa mirada salvaje, en todo el trayecto no habló más que de pelear, pegar y castigar a sus opositores”.
 
Parnell creció como cualquier otro muchacho de su clase. Había estado en Cambridge y expulsado por no cumplir con algunas normas de la Universidad. Era el capitán del equipo de criket de Rathdrum; fue lo que generalmente son los hacendados, monaguillo, magistrado, y por supuesto, un terrateniente, criador de razas vacunas de pedigrí. Sin embargo, en su cabeza guardaba permanentemente ese sueño dorado de supuestos tesoros escondidos en los montes de Wicklow. Estos sueños le costaron mucho dinero. El asunto es que cada vez que planeaba cerrar las minas, siempre aparecía alguien que ponía dinero para que se mantuvieran activas.
 
Su genética patriótica era de primera cepa. Por supuesto, ahí estaba su padre John Parnell y su madre americana, que había llenado su casa en Dublín con los refugiados Fenianos en 1867. Excepto este gesto, dudo que ella haya influido sobre él en otras cuestiones. En su juventud ella era una persona muy extravagante, muy americana, obviamente algo difícil de controlar, lo que debió ser una prueba muy dura para su hijo tan serio y juicioso. 
 
La estirpe de Parnell era la de muchos angloirlandeses rebeldes y patriotas; era la misma de la servidumbre, la de la gente de las chozas, la de los caminantes, la de los ancianos sabios. La relación que existía entre los angloirlandeses protestantes acomodados y la servidumbre era muy extraña. Lo que los irlandeses católicos llamaban “el negro protestantismo” de los angloirlandeses burgueses, estaba latente entre los sirvientes católicos, cuya relación era frecuentemente más afectuosa. Los niños de los Normandos habían sido criados por madres irlandesas y no todos los reglamentos y leyes de Edward Poyning tenían por objeto destruir esa unión afectiva. Esa relación continuó con los “nuevos pseudo burgueses” de varias plantaciones; y a pesar de que para esa gente la palabra sacerdote era un anatema, y “la capilla” la Casa de Rimmon, ellos seguían confiando sus hijos a las niñeras irlandesas; y durante los años de mayor tensión, había un afecto que se complementaba entre ellos y que se extendía hacia la gente de la cocina, a la de los porteros y hasta a la gente de las chozas más distantes.
 
Muchas conversiones al nacionalismo irlandés hoy parecerían no tener explicación, pero sí su razón de ser. Si tenemos en cuenta que muchos rebeldes fueron “arrancados” del círculo unionista, nos encontramos ante el paradójico afecto que sienten los angloirlandeses hacia la gente con la que mayores diferencias tienen y que abarcan desde su raza y su religión, hasta su opinión política. En cambio, los celto-irlandeses miran a los irlandeses desde un punto de vista más afectuoso, pero más crítico; en tanto que los angloirlandeses guardan esa crítica y el recelo para los ingleses, a quienes ven como niños irresponsables, sin instintos severos, pero carentes de ese afecto -quizás demasiado idealizado- que esperan de ellos los más necesitados. Parnell tomó los principios rebeldes del viejo Hugh Gaffney quien vivía a la entrada de Avondale. El viejo recordaba la rebelión de 1798 y solía contar las atrocidades que cometían contra la gente. Recuerdo que narró el caso real de un rebelde cuyo nombre era Byrne (seguramente relacionado con mis ancestros) que fue brutalmente azotado ida y vuelta todo el trayecto desde la fábrica hasta la vieja garita de Tathdrum, por orden de un salvaje coronel llamado Yeo. Este “agradable” caballero ordenó que lo azotaran en la parte frontal del cuerpo, contrariando lo que normalmente se hacía por la espalda, y después de tan atroz castigo, mientras corría sin detenerse, sus intestinos reventaron y comenzó a tambalearse mientras gritaba: “¡coronel Yeo! ¡coronel Yeo! ¡El Señor me ha liberado del coronel Yeo!”. Y a los pocos metros cayó muerto.
 
Este relato fue el origen de la heroica rebeldía que manifestaba Parnell. Su figura delgada y elegante sobresalía en las penumbras de la sala, y mientras escuchaba estas historias lastimosas, su espíritu se enardecía y sus ojos marrones se volvían fogosos y penetrantes. 
 
A veces pienso que la rebeldía de Parnell era más contra Inglaterra que por su patriotismo irlandés. Era como mantenerse ligado a su origen angloirlandés. Nosotros los irlandeses, antes que llegaran los tiempos de opresión, sufríamos de una extraña arrogancia nacionalista, al menos oficialmente. Tal vez porque era la única manera de conseguir que nos escucharan, porque éramos una moderada minoría de gente honrada, con la posibilidad de lograr una mayor prosperidad. Quizá estábamos como dopados, creyéndonos una nación de santos y héroes, cuando en realidad solamente tuvimos santos y héroes, de momento que, tanto nosotros como el resto del mundo, sabíamos que éramos una mezcla de todo. Sé que hipócritamente nos admirábamos y halagábamos mutuamente. Pero creo que no había ninguno que insistiera tanto en las virtudes y la amabilidad de los irlandeses como lo hacían los angloirlandeses; especialmente si vivían en la zona rural, donde recordaban los tiempos en que el trato era cariñoso, la mirada bondadosa y las voces suaves e inocentes como algo cotidiano, que brotaba naturalmente.
 
No tengo dudas de que en aquellos tiempos Parnell era el único líder irlandés capaz de negociar con Inglaterra en todo sentido, de igual a igual. Si Inglaterra hubiera tratado con él limpiamente y sin ambigüedades, y si los irlandeses no lo hubieran desterrado como lo hicieron ¡cuán diferente hubiera sido la historia de estos últimos doce años!
 
Parnell fue involucrado por sus pares en el gigantesco escándalo de la “Land Movement of Michael Davitt”. Era un grupo minúsculo de irlandeses que discutían en el Parlamento. Joseph Biggar con un puñado de aliados -no muchos más que cuatro- uno de los cuales era Lord Randolph Churchill, armaron un revuelo entre los Tory, cosa que en cierto modo venían haciendo desde hacía bastante tiempo los del Partido Whig con su política de obstrucción.
 
A todo esto, la gente se mantenía apática. Había habido una sucesión de veranos secos y los granjeros irlandeses -que formaban el sector más numeroso de las fuerzas políticas irlandesas- habían prosperado y no estaban dispuestos a dañar su momento de bonanza. Pero la gente que vivía en el Oeste a orillas del mar y en el rincón Noroeste, estaba siempre orillando la hambruna y permanentemente luchando por obtener medianamente una cosecha en terrenos de piedra y musgo, con escasas posibilidades de subsistir, aún en circunstancias más propicias. El ciclo de los buenos veranos terminó en 1877. Como consecuencia de varios años de lluvias intermitentes se perdieron las cosechas y trajo como consecuencia una devastadora hambruna. Michael Davitt, el hijo de un arrendatario desahuciado que había estado detenido en Portland por activista Feniano y acababa de ser liberado, se juntó con otros hombres que estaban en su misma condición y formaron un movimiento que llamaron “Land League”.
 
Al respecto, Parnell le pidió a los viejos Fenianos que lo aconsejaran sobre las acciones que debía encarar políticamente con este grupo.
 
“¿Usted cree que se movilizarán por poseer la tierra?” le preguntó a Charles Kickham, un anciano del Partido Feniano.
 
“Solamente tengo miedo de una cosa” respondió el anciano categóricamente “que se vayan hasta el mismo infierno por ella”.
 
Seguramente el movimiento no entusiasmó demasiado a Parnell. Sin embargo, él sabía que en esa organización descansaban por generaciones, las convicciones fuertes e inamovibles que idealizaban el dominio de la tierra. Estos idealistas desconfiaban de la organización y habían dado muchas vueltas, y hasta pisotearon sus principios, antes de reconocer que no había otra manera de lograr los objetivos por los que luchaban, si no la integraban. Por mucho tiempo la organización de agricultores fue la enemiga acérrima de éstos. Los hombres tenían una apetencia desmedida por esas tierras firmes que habían rescatado de los pantanos y que estaban permanentemente expuestas a las inundaciones que originaban las lluvias. Millones de crueldades se cometieron por tener una parcela de tierra. Aún en estos días, los métodos que emplea la organización de agricultores representan una amenaza para la ley y el orden. Quizás la razón por la que la tierra sea un bien tan preciado sea porque la mitad del suelo de este país está compuesto por lagos y pantanos. Al respecto, hubo muchos discursos perversos que vale la pena no olvidar, porque aún en estos días, después de muchas leyes reguladoras, la vida miserable que sobrellevan las poblaciones con pequeñas parcelas pantanosas y la de las granjas de las colinas, es soportada porque su gente es tremendamente humilde y todavía no se les ha permitido encontrar el modo de ponerse de pie.  Esta gente no tiene la menor idea de lo miserable que es su parcela y cuán diferente es a otras, simplemente porque no tienen los medios para evaluarlo. Son hombres y mujeres sufridos; hacen sus tareas con el barro hasta sus rodillas, calzando botas que no han sido limpiadas desde que las abandonó el primero que las usó. En pleno invierno, con sus harapos mojados pegados a la piel, llevan sobre sus espaldas pesados cargamentos de tierra. He visto en el Oeste de Irlanda, cómo la esposa de un pequeño granjero arreaba unas reses totalmente empapadas, en un día de riguroso invierno. A lo mejor su esposo sea igualmente sufrido e indigente y tan encorvado y estoico como ella.
 
Abiertamente es vergonzante comprobar que la gente tenga que vivir y pagar impuestos irracionales por una tierra que genera tanta miseria.  ¡Pobres criaturas! La tierra resultó para ellos lo que Frankestein a su creador. Increíblemente convirtieron el fango en tierras fértiles, y éstas le originaron trabajos inhumanos. Son como prisioneros de esta tierra, que pareciera expulsar desde sus entrañas un soplo de esperanza para ellos.   
 
Una vez le comenté a Sir David Harrel, uno de los más altos y destacados magistrados de Irlanda, que no me gustaba el proceder del “Land League Movement”. Al respecto me dijo:
 
“Bueno... No sé. Hubo muchos errores.”
 
Después comenzó a hacer memoria:
 
“Recuerdo que cuando era un joven oficial de la policía en Tyrone, llegaron a mi despacho muchas denuncias de casos de injusticia cometidos por los propietarios de las tierras. Hubo un caso en el que un delegado de la organización hizo limpiar una parcela de la finca para hacerse un parque de uso personal. Otro caso era el de una familia cuyos antepasados habían vivido durante doscientos años en la casa de una granja, que ellos mismos habían construido y que mantuvieron con mucho cuidado. Un día mientras el administrador y su mujer recorrían las propiedades, la mujer le echó el ojo a la vivienda y le exigió a su marido que se la regalara.  Para complacerla, el muy desfachatado desalojó a esa familia que había vivido allí por generaciones”.
 
 “Cosas como estas comenzaron a remorderme la conciencia, -continuó Harrel- entonces le escribí una carta al señor William Gladstone, pero como no me atrevía a firmarla con mi propio nombre, la rubriqué con el nombre de mi hijo, Alfred Harrell, que en ese entonces era una criatura de dieciocho meses”
 
(No pude más que sonreír por el ardid que utilizó este hombre de corazón grande y generoso)
 
“Seis meses más tarde” -prosiguió- “el señor Gladstone presentó en el Parlamento su primer proyecto “Irish Land Bill.”
 
“Los peores enemigos de los propietarios de tierras irlandeses”, me lo dijo ocasionalmente un administrador de granjas, “son sus administradores.”
 
En cierta oportunidad visitamos una gran mansión al Oeste de Irlanda. Después del almuerzo, estando en la sala principal de la casona, su gentil propietario a modo de entretenimiento nos mostraba el panorama que se observaba desde una de sus ventanas. 
 
“Allí” -dijo riéndose- “supo existir una villa destartalada, que por supuesto estropeaba el paisaje de este lugar; entonces mi abuelo, que era un hombre muy obsesionado por la belleza del paisaje, sacó a la gente del predio y arrasó con todas las viviendas”.
 
Justamente a eso se oponía Parnell. El tema de las tierras en Irlanda jamás se arreglará mientras no se le dé a la gente otro estilo de vida que no sea el cultivo de la tierra, que no es otra cosa que piedras y pantanos, donde los yuyos acuáticos crecen bajo los pies y son aplastados en caminos de grava. 
 
De manera que Parnell decidió dar a conocer su postura al respecto y entró a la “Land League” de la mano de Michael Davitt, para borrarse de la mente esa imagen errática que tenía sobre la Tierra Prometida que soñó, pero que jamás entendió.
 
El Movimiento era ajeno a todas sus costumbres, por cuanto no había nada en él que tuviera origen democrático. He visto en él, más que en ningún otro hombre, sus naturales orígenes aristocráticos, tomando muy poco o casi nada de su madre americana. Debo decir que era muy orgulloso, pero esencialmente un caballero en todo sentido.
 
Siendo una antigua “Parnellista” no pude más que reírme de la pieza teatral de mi amigo Lennox Robinson “The Lost Leader” (El Líder Acabado). Sin renegar de mi admiración y afecto por el autor, que era demasiado joven para haberlo conocido a Parnell, la idea de que podía originarse una confusión entre Parnell y la antigua visión de Lenonox, quedó descartada por todos aquellos que lo conocieron. Ahora resultaría inútil disfrazarlo de labrador o de burgués; era como pretender reemplazar el brillo del lucero por una vela.
 
Mientras más partidarios se aglutinaban alrededor de Parnell, éste no se esforzaba demasiado por lograr que interpretasen sus principios. Con el correr del tiempo escogió personalmente a sus más inmediatos colaboradores: John Redmond, que se unió a él a través de la administración del Parlamento y luego le siguió su hermano Willie Redmond. Se dice que cuando Willie se enteró que John tenía intenciones de llegar al Parlamento de la mano de Parnell, le envió el siguiente mensaje: “¡Por el amor de Dios, no degrades a tu familia!” Sea como fuere Willie también fue de la partida; creo que era el más joven de los que integraban el Parlamento y se ganó la estima de Parnell. También estaba entre sus elegidos James Carew, joven, apuesto y divertido. Otro que ingresó al partido, no sé exactamente cuándo, fue Henry Harrison, entonces un adolescente, pero deduzco que fue mucho tiempo después.
 
Parnell tenía otros en quien apoyarse, por ejemplo: Edmund Leamy, un abogado de Waterford y el coronel Nolan de Galway, un sobrino del quien fuera el jefe de la Light Brigade. Por supuesto también estaba el Dr. Kenny, su médico de cabecera y otros más, todos hombres compatibles con sus ideales y en los que él confiaba plenamente.
 
En el Partido se destacaban numerosas personalidades de gran talento. Hago especial mención de Michael Davitt, un líder muy democrático, pero que no tenía espacio al lado de Parnell; John Dillon, de una destacada personalidad que impresionaba a todo el mundo, y Timothy Michael Healey cuya capacidad era bien conocida. También estaba Thomas Sexton, que había trabajado en un diario de Dublín; un extraordinario orador que decía las cosas en el momento exacto y con la precisión necesaria, y según manifestaciones periodísticas, era el único orador Parlamentario a quien la prensa podía transcribir sus discursos palabra por palabra, sin errores. Frank Hugh O’Donnell, de carácter brillante pero errático; se decía que para Parnell era como una espina clavada en su trasero. Por ahí andaban también Joseph Biggar, un hombre de gran personalidad y James O’Kelly, un conocido filibustero [1] que había incursionado en distintas partes del planeta. Thomas Power O'Connor fue otro destacado periodista que se unió al grupo.
 
No creo que Parnell haya buscado estos talentos. Se me ocurre que atrajo a estos jóvenes para que lo secundaran, sin saber lo mucho que los iba a necesitar más adelante. En lo restante, dejó que los votantes de cada distrito eligieran a sus representantes. Solamente en una ocasión intentó imponer como candidato por Galway al Capitán William Henry O’Shea, pero encontró una fuerte resistencia entre sus partidarios.  Esa nominación produjo una grieta que hirió su parte más vital, dejándolo a merced de sus peores rivales.
 
No entiendo por qué se ganó tantos enemigos, siendo una persona inmensamente tolerante, aún con aquellos que hacían o decían cosas con las que no estaba de acuerdo. Su natural tendencia al aislamiento quizás haya sido interpretada por los más susceptibles, como un signo de arrogancia. Pero no era así, en más de una ocasión puso a cada uno en su lugar y con la firmeza necesaria, pero lo hacía con mucha delicadeza, propia de un caballero. Creo que más allá de estas cualidades personales, Parnell estimaba a sus hombres más que a los votos y no tenía la más mínima intención de ser un roi fainéant (rey perezoso). Prueba de ello es que mantuvo a sus colaboradores al margen de sus conflictos personales, cuando fue enjuiciado, por ejemplo. No hay dudas de que fue muy prudente al rechazar a más de uno como Wilfred Blunt, quien se hubiera escapado por la tangente, como era habitual en él, ante el primer chispazo. Sin embargo, pudo haber escogido a hombres de fidelidad incondicional y no lo hizo.
 
Cuando ingresé a la “Ladies Land League”, un conjunto de mujeres organizadas por Michael Davitt para llevar adelante los trabajos de la asociación cuando los hombres estaban en la cárcel, yo no sabía absolutamente nada sobre la vida privada de Parnell. Esta organización estaba bajo las órdenes de Anna Parnell, hermana de James. Además de haberlo visto a Parnell muy pocas veces y a la distancia, y oído hablar de él siendo niña, lo recuerdo cuando una vez acompañé a una persona conocida suya a la prisión de Kilmainsham, donde estaba detenido. Debo aclarar que, en aquellos tiempos, yo era muy popular en la sección femenina del movimiento, no así en el conjunto de la organización. Sin dudas eran tiempos florecientes, cuando a los católicos irlandeses se los autorizó a emerger después de cien años de represión. Entonces surgía espontáneamente esa natural capacidad que estaba dormida y que pareció haber entrado en franca recuperación en el momento justo. No obstante, aparte de Ann Parnell -a quien consideré como la otra mitad del alma de su hermano- había en la “L. L. L.” un montón de mujeres jóvenes de gran talento y un espíritu sorprendente.
 
En general, en toda la Liga había muy buena onda, y cuando manifesté mi envidia por la joven que iba a visitarlo a Parnell a la cárcel por asuntos relacionados a la organización, simplemente Ann me dijo: “¡Entonces andá, no te quedes ahí!”
 
Cuando ingresamos a la cárcel, nos metieron en una especie de jaula dividida en tres secciones. A nosotros nos ubicaron en un extremo y en la del medio, que era más reducida y hacía de intermediaria, se instaló un guardia, y en el otro extremo el señor Parnell. No puedo recordar una sola palabra de lo que dijo, excepto cuando mi compañera le comentó que Hugh Gaffney, un pobre muchacho, nieto del anciano guardián del pueblo de Avondale que tantas veces nos despachara la correspondencia, había sido detenido. Entonces él respondió, emulando el americanismo de su madre:” ¡Pobre chico! Su madre sufrirá escalofríos y fiebre” Recuerdo que esas palabras tan simples, dichas en el tono de su voz tan especial, quedaron grabadas para siempre en mi memoria.
 
Mientras tanto las damas de la “L. L. L.” se estaban haciendo rápidamente del dinero recolectado por las mujeres americano-irlandesas, en su mayoría hijas de prominentes terratenientes.  Se me ocurre que a Parnell nunca le gustó esta organización, la que finalmente terminó clausurando al negarse a firmar los cheques que terminaron haciendo imposible la continuidad del trabajo. Lo más triste fue la ruptura de la relación entre los hermanos que, como dije antes, era muy afín.
 
En mi libro de reminiscencias “Veinticinco años”, dije todo por decirse sobre la señorita Parnell, quien falleció en la más absoluta soledad tal cual había vivido. La encontraron muerta ahogada en la costa de Cornwall donde se había radicado con otro nombre. Allí se dedicó a la pintura, cuyo arte expresaba con mucho talento.
 
Aún en los tiempos que existió la “L. L. L.”, Parnell comenzó a mostrarse en actitudes misteriosas. No siempre se lo encontraba cuando se lo necesitaba. Una noche en el mes de febrero de 1883, mientras caminábamos por Whitewall con Timothy Harringston, después de asistir a un debate en la Cámara Baja, una figura envuelta en una capa pasó a nuestro lado en medio de la oscuridad.  “¿Sabes quién es ese?” me preguntó Timothy. “No” le respondí. “Es el señor Parnell” me dijo.
 
Recuerdo un día, cuando Parnell llegó a la sede de la “L.L.L”, la esposa de uno de los más importantes miembros del partido y tesorero de las fundaciones de la Liga, se le acercó para decirle:
 
“¡Oh, señor Parnell! ¡No puede ser que el líder de los irlandeses, el rey sin corona esté usando un traje tan ajado! ¡Está verde de viejo!”
 
Él sonrió por compromiso y sin responderle siguió atendiendo sus asuntos.
 
Creo que estas actitudes se debían a que su salud estaba quebrantada. Además de su amor por Katharine O’Shea, estas afecciones prolongadas lo llevaron gradualmente a no exponerse públicamente, intentando de esa manera tapar las críticas que le hacían los políticos Liberales Ingleses y las damas de la “Unión de Corazones”.  A propósito, debemos reconocer que aquellas eran épocas gratas, en las que nuestras relaciones con los liberales ingleses tendían a recomponerse. Ellos visitaban Irlanda con sus esposas, en el marco de un intercambio amistoso y una apertura que se proyectaba hacia un entendimiento más amplio, en el que los irlandeses estaban dispuestos a creer nuevamente en la buena fe de los ingleses. Sin embargo, en ese sentido, nunca hubo un signo positivo de parte del señor Parnell.
 
Me voy a tomar el atrevimiento de recordar un incidente ocurrido apenas se iniciaron las actividades de la “L.L.L.”, cuando los líderes del movimiento solían encontrarse en la Mansion House de Dublín una vez a la semana. Creo que fue antes de su formación oficial.
 
El señor Parnell ocupaba en ese momento la presidencia y la actividad estaba en pleno apogeo. Una de las funciones principales -y por supuesto la más atrayente- era registrar las contribuciones semanales que hacían los americano-irlandeses al fondo del movimiento, que los diarios irlandeses describían como “Sentimiento de fervor guerrero”. Fue en esos días que, en plena reunión, súbitamente Parnell se retiró de la sala de reuniones sin dar ninguna explicación. Enseguida regresó y se sentó nuevamente a la cabecera como si nada hubiera ocurrido.
 
“Me había olvidado de darle agua al perro” dijo y continuó con los temas en discusión.
 
Su retiro, al que él mismo llamó más tarde “A los cuarteles de Invierno”, fue favorable a las camarillas que actuaron en su contra y a sus seguidores que murmuraban contra él. Era -aparentemente- como si repentinamente hubiera abandonado todo el poder que tenía. Creo incluso que fue ignorado cuando festejábamos la concreción de la “Unión de Corazones”. Era alrededor de 1886 cuando Sir Charles Dilke, refiriéndose a Parnell, dijo en presencia de Rosa Mulholland: “Es un don nadie. Ahora el hombre es Healy”.
 
El caso con la señora de O’Shea era por demás de conocido, pero permaneció oculto durante varios años. Me acuerdo de que la mujer que acompañé a la cárcel de Kilmainham bromeaba sobre el asunto en presencia de Ann, que no atinaba más que a sonreír confusa ante semejantes habladurías.  La señora de O’Shea había sido la intermediaria entre Parnell y los líderes liberales y gozaba del más amplio crédito entre los irlandeses que estaban fascinados con ella; y hasta es muy posible que hiciera lo que quisiera aun con Chamberlain y Gladstone. De todas las personas que yo frecuentaba, no creo que haya habido alguna que realmente creyera que este asunto iba en serio. Para mí era un simple rumor sin fundamento. En esos momentos nosotras estábamos pendientes de asuntos más importantes, y los políticos ocupados en las negociaciones que se estaban desarrollando, hasta que la “Times Commission” y las falsedades de Richard Pigott nos trajeron otra vez a la memoria los embrollos personales de Parnell.
 
A todo esto, a fines de los años ochenta, fui hasta la casa de la mujer con la que había ido a la prisión de Kilmainham. Recuerdo que en la casa había muchos libros, revistas y papeles por los cuatro costados. Allí fui recibida con mucha cordialidad. La mujer era una joven muy bondadosa, vivaracha, deslenguada y de una personalidad bastante extravagante. Muchos funcionarios la trataban y usaban de ella irresponsablemente y luego la ignoraban o se olvidaban de ella.
 
En esa oportunidad, estando yo presente, la mujer recibió una carta de Parnell en la que hacía referencia a las historias que estaba divulgando sobre su relación con la señora O’Shea. Recuerdo que la habitación estaba casi en penumbras, con el fuego encendido y una lámpara sobre la mesa. Allí se ubicó la joven junto a sus hermanas. Entonces escuché la lectura de la carta en voz alta y me quedé perpleja mirándola fijamente. El contenido de la misiva era una obra maestra, de un profundo y ácido reproche. Debió haber habido algo muy grosso en este asunto; recuerdo que en ese momento me pregunté cómo esta mujer podía vivir y reír con tanto descaro ante semejante situación. Claro que después de leer la carta su sonrisa fue mucho más nerviosa y preocupada. Hoy me pregunto qué habrá sido de esa carta. Seguramente la quemó. Era un documento tan terrible, de una contundencia política lapidaria, que seguramente prefirió deshacerse de ella.
 
Por supuesto, Irlanda era muy puritana y algunos irlandeses lo eran más que otros. Dublín no era precisamente una ciudad virtuosa, aunque la vida familiar era muy recatada y nunca se quebraron las reglas que sustentaban la moralidad sexual. En ese terreno, Joseph Biggar y Timothy Michael Healy desafiaron a Parnell cuando se realizaron las elecciones de Galway. Con un buen manejo estratégico, lo acorralaron con una abundante dosis de calificativos hirientes, que se volvieron claramente adversos a Parnell, que ya contaba con muchos enemigos en su propio partido.  Para algunos, su amorío con una mujer casada no era más que una simple pasión pasajera, por cuya causa este hombre era capaz de dejar de lado a la misma Irlanda. Como he señalado, la señora O’Shea era el único amor de su vida, y ella a su vez, una esposa ignorada. Ambos vivían en la más absoluta soledad. Para una mujer como ella, de carácter ambicioso, con su tropiezo matrimonial, debió haber sido muy difícil rechazar a un hombre apasionadamente enamorado e irresistible como Parnell.  La maîtresse femme, al menos en el pasado, tenía menos ambiciones personales, que tomar el poder del trono con un león a sus pies. Parnell estaba enfermo y necesitaba el cuidado de una mujer. El hombre enfermo es muy propenso a enamorarse de su enfermera; la enfermera algunas veces se enamora sinceramente de su paciente; tal vez sea por instinto maternal.
 
Me atrevería a decir que esta mujer hermosa, brillante y distinguida le dio alegría a su vida. Los rumores decían que el Capitán O’Shea sabía de la relación de su mujer con Parnell, y que éste le ofreció una banca en el parlamento de Galway para callarlo.  Tal vez esto haya sido cierto o tal vez no, pero mi teoría es que, si Parnell hubiera muerto antes de la batalla que originó la ruptura del partido y del divorcio del matrimonio O’Shea, seguramente no estaría en el lugar que hoy ocupa en la historia. El haber planchado estos asuntos durante los años de su enfermedad, además de su renuncia a todos los cargos, hizo que la gente se mostrara de acuerdo con los dichos de Sir Charles Dilke: “los soldados son más valiosos que el Capitán”.
 
Todavía está por escribirse la verdad sobre la vida de Parnell. Aún no han sido revelados sus pensamientos y los motivos ocultos que lo llevaron a incursionar en la política. Contrariamente a lo que pasó cuando se escribió sobre la vida de Barry O’Brien, cuya existencia fue correcta hasta el final, pero muy contemporánea. Demasiado pronto para publicarse. Su memoria sufrió los errores que finalmente se cometen con los libros que escriben los familiares del personaje. En este caso, uno de esos libros fue relatado por su propia esposa y al leerlo se percibe un tufo de traición a su personalidad; un desprecio a la verdad, lo que me llevó a descreer de la seriedad del autor.
 
La grandeza de Parnell es para nosotros, como un resguardo a la dignidad. Todavía no ha ocupado en la historia el sitio que le corresponde, pero la cuarta musa hizo su investigación y con justicia le ha reservado ese lugar.  Jamás conocí a alguien que, habiéndose relacionado con Parnell, no estuviera cabalmente convencido de su grandeza. Nunca fue definida tan ampliamente esta condición, como cuando se manifestó contra el poder de la Iglesia en Irlanda y los hombres que lo habían traicionado. Lo he visto en esos grandes debates pelear con hombres que a su lado parecían pigmeos. La lucha estaba planteada por las tremendas desigualdades que existían y el pequeño puñado de hombres que lo respaldaban. Para un hombre de su estatura, haber sido castigado a través de la mujer que amó, debió haber sido una intolerable tortura. Creo que solamente una Iglesia célibe pudo haber sido tan injustamente despiadada con él.
 
Era el fin de la dominación política de la Iglesia Católica en Irlanda. Más de una vez escuché a buenos y sabios sacerdotes lamentarse por la actitud que asumió la Iglesia para hundirlo. Por cientos de años Irlanda había carecido de un arma tan fina y fogosa; y fue precisamente Irlanda la que se encargó de destruirla y arrojarla al desierto.
 
Siempre creí conocer gran parte de los sucesos ocurridos durante el derrumbe de Parnell. Pero recién ahora me entero de que después de la declaración de la Corte sobre el pedido de divorcio, William Ewart Gladstone le había exigido su renuncia, entonces Parnell le envió unos emisarios para preguntarle si ese era el precio que debía pagar por el proyecto “Home Rule Bill” para Irlanda, pero Gladstone lo rechazó con la mayor virulencia de la que era capaz.
 
Creo que esta es la parte de la historia que no ha sido escrita todavía. Jamás habían llegado a mis oídos estos comentarios mientras integré el movimiento. Es que en aquellos días vivíamos el fervor y la pasión política de un modo muy particular. Recuerdo cuando Parnell manifestó su dolor en una reunión del comité: “Si me van a vender -dijo- traten de conseguir un buen precio”. Nunca imaginé que aquel lamento, producto de su deseo, se hiciera realidad.
 
El juicio a Parnell es una de las páginas más oscuras de la historia de Irlanda y marcó un punto de inflexión a partir del cual se produjeron muchos cambios, además del poder político que ejercía la Iglesia.  En los años de mi juventud, teníamos en Irlanda actitudes farouche, que se consideraban virtudes y que en la mayoría de los casos se manifestaban porque sí, lo que en realidad era muy anticristiano.  Hoy recuerdo apesadumbrada cuando le contaba con cierto orgullo a Alice Meynell del castigo que había sufrido una jovencita de la zona rural “por haberse desviado” (pasado a la religión protestante) y que fue abandonada hasta por sus propios padres, como tantas otras jóvenes de entonces. Alice, que se vio reflejada en mi relato, tan sólo atinó a decir con voz entrecortada: “¡Por el amor de Dios! ¡Por más deplorable que sea su actitud, no es un crimen, es natural! ¡Oh, Santo Dios! ¡Yo jamás abandonaría a una criatura por esa u otra causa!”. No fue la primera ni la última vez que Alice me confiaba sus sentimientos. Allí me di cuenta de que aquella “virtud farouche” de la que tanto alardeábamos, no era otra cosa que un crimen. Resulta extraño que estas actitudes hayan prosperado tanto en una institución de matrimonios arreglados. 
 
Sea lo que fuere lo que sufrió Parnell, siempre actuó con generosidad y cordialidad. Sobre los sacerdotes que lo habían denunciado a través de datos que les proporcionaron algunos de sus más íntimos amigos, dijo: “Alguna vez fueron nuestros mejores amigos... Y lo volverán a ser otra vez...” Pero cuando opinó sobre los hombres que lo habían traicionado -algunos de ellos en posiciones muy bajas como para apedrear a otra persona- brotó su naturaleza humana.  Esos eran tiempos de calentura, de vehemencia, cuando podíamos reírnos y a la vez inundarnos de rencor al mismo tiempo; entonces brotaba de Parnell un rosario de epítetos para sus opositores, hasta diría que eran muy apropiados, y en algunos casos, nos llenaban de entusiasmo y alegría.
 
Los relatos de aquella época prueban su grandeza y dan por tierra definitivamente con esa historia de que era un roi fainêant, cuyo calificativo se debió a algunos de sus seguidores que peyorativamente decían que tenía un fantasma que le hacía todo el trabajo. En mi libro “Twenty-Five Years” (25 años) hago referencia a esta leyenda y creo que no debo repetirla aquí. Parnell era invencible en todo, menos en la muerte que fue la única que pudo con él. Si la muerte le hubiera concedido un tiempo más, otra sería la historia de Irlanda.
 
Sinceramente, creo que no éramos dignos de él. Como lo escribió Tom Kettle en ocasión de la bienvenida que organizaron los partidarios de Redmond al señor Herbert Henry Asquith un año o dos antes de la guerra:
 
“Nosotros, mudos, en medio del griterío de la muchedumbre, pensamos en él,
En él que fue demasiado grande para nosotros, para nuestras almas y costumbres,
Demasiado grande para la risa y el amor, los halagos o menosprecios,
De los filosos puñales que lo hirieron y la tristeza de su ocaso
De él nos acordamos, caminando solo a su condena”.
 
Así es como piensa una de las pocas Parnellistas que aún existimos. Creo que todavía hay una causa para una gran aflicción.
 
 Charles Stewart Parnell (en irlandés: Cathal Stiúbhard Pharnell) (27 de junio de 1846 - 6 de octubre de 1891) fue un terrateniente protestante irlandés, líder político nacionalista irlandés, miembro de Parlamento del Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda, fundador y miembro del Partido Parlamentario Irlandés. Fue una de las figuras más importantes en la Irlanda y el Reino Unido del siglo XIX. William Gladstone lo consideraba la persona más notable que había conocido. El que habría de ser primer ministro liberal, Herbert Henry Asquith, lo describió como uno de los tres o cuatro hombres más
importantes del siglo XIX, mientras que Lord Haldane dijo de él que era el hombre más fuerte que la Cámara de los Comunes británica había visto en 150 años. Antecedentes familiares. Charles Stewart Parnell nació en Avondale, Wicklow, en el seno de la alta burguesía. Fue el tercer varón y séptimo hijo de John Henry Parnell (1811-1859), un terrateniente angloirlandés próspero, y su esposa estadounidense Delia Tudor Stewart (1816-1898), de Bordertown (Nueva Jersey), hija de un héroe naval estadounidense, el almirante Charles Stewart (1778-1869), hijastro de uno de los guardaespaldas de George Washington. En total, tuvieron once hijos: cinco varones y seis mujeres. La madre del almirante Stewart, bisabuela de Parnell, tenía parentesco con la Familia Real Británica por ser miembro de la familia Tudor. El mismo John Henry Parnell era sobrino de uno de los aristócratas irlandeses más prominentes, el Vizconde Powerscourt, y también bisnieto del Canciller del Ministerio de Hacienda en el Parlamento de Henry Grattan, Sir John Parnell, quien perdió su puesto en 1799 al oponerse al Acta de Unión de 1800. Los Parnell de Avondale descendían de una familia inglesa de comerciantes, prominente en Congleton, Cheshire. A inicios del siglo XVII ocuparon el cargo de Barón Congleton por dos generaciones antes de mudarse a Irlanda. La familia produjo figuras notables, tales como Thomas Parnell (1679-1718), poeta irlandés, y Henry Parnell, Primer Barón Congleton (1776-1842), político irlandés. El abuelo de Parnell, William Parnell (1780-1821), que heredó el Estado Avondale en 1795, era un miembro liberal del parlamento irlandés por Wicklow de 1817-1820. Así, desde su nacimiento, Charles Stewart Parnell poseía un extraordinario número de contactos en la sociedad; estaba relacionado con la tradición del viejo Parlamento irlandés a través de su bisabuelo y abuelo, a la guerra de Independencia de los Estados Unidos a través de su abuelo, a la Guerra de 1812 (donde su abuelo fue condecorado con la Medalla de oro del Congreso de los Estados Unidos). Pertenecía a la antigua Iglesia de Irlanda (cuyos miembros eran principalmente del Unionismo) a pesar de no asistir formalmente a la iglesia en sus últimos años de vida; también estaba conectado con la aristocracia a través de la Powerscourt y lejanas relaciones de parentesco con la Familia Real. Sin embargo, fue su liderazgo en el Nacionalismo irlandés lo que le dio fama. Los padres de Parnell se separaron cuando tenía seis años de edad. Durante su infancia fue enviado a diversas escuelas en Inglaterra, donde pasó una juventud infeliz. Su padre falleció en 1859, heredándole el Estado de Avondale. El joven Parnell estudió en el Magdelene College, Cambridge (1865-1869). Forzado por las difíciles circunstancias financieras del Estado heredado, abandonó su educación y nunca logró obtener el grado aspirado. En 1871 se unió a su hermano mayor John Howard Parnell (1843-1923), quien era agricultor en Alabama (más tarde miembro del parlamento y heredero del Estado de Avondale), en un largo viaje a través de los Estados Unidos. Sus viajes lo llevaron sobre todo al Sur de los Estados Unidos sin pasar mucho tiempo en centros de inmigración irlandesa o asentamientos angloirlandeses. En 1874 fue nombrado Gran Sheriff de su condado natal en Wicklow, en el cual también fue oficial de la milicia de Wicklow. Fue reconocido como un gran terrateniente al jugar un papel prominente en la industrialización del área de Wicklow. Probablemente, por la falta de interés en otras empresas, su atención se centró en el tema en boga del escenario político irlandés de finales de 1870: la campaña por un grado de autogobierno promovido por la Liga por el Autogobierno de Isaac Butt formada en 1873. Fue en apoyo a este movimiento que Parnell intentó por primera vez ser elegido en Wicklow como representante, pero al ser Gran Sheriff, fue descalificado, resultando nuevamente derrotado en las elecciones de 1874 al condado de Dublín. (Fuente: Wikipedia)
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

[1] Se tildaba de “Filibustero” a los legisladores que pronunciaban discursos largos y tediosos en la introducción a un determinado tema. Este calificativo comienza a usarse en el senado de los Estados Unidos, que otorga al legislador todo el tiempo necesario para explayarse en cualquier tópico. En síntesis: un charlatán.

 

miércoles, 23 de abril de 2025

Alice Meynell

La más querida

Fuimos amigas durante casi cuarenta años, desde que la conocí gracias a los buenos oficios del Padre Matthew Russell.  Todavía conservo en mi memoria aquel día que llegué a la antigua residencia de la calle 21 “Phillimore Place” del matrimonio Meynell.  Según cuenta la historia, a la terraza de esa vivienda, Jorge III la bautizó ‘la secadora’, porque tenía unas cortinas largas que pendían desde los frontones de las puertas y ventanas dándole un aspecto de cocina. Era en el mes de marzo de 1884, a principios de la primavera, cuando todavía hacía frío, pero el sol brillaba muy cálido. Las macetas y los canteros estaban repletos de narcisos y envolvían el aire con un aroma muy particular que todavía hoy asocio con Alice. Ella adoraba los pimpollos porque eran los pregoneros de la primavera. También recuerdo que había adornos con plumas de pavo real y que las paredes eran color terracota, muy de moda en aquellos tiempos.

Apenas ingresé a la casona apareció Wilfrerd Meynell, un hombre joven y atento que venía a darme la bienvenida. Más atrás -siempre se ubicaba detrás- su esposa Alice, una mujer -que como nadie- irradiaba fielmente su personalidad en la poesía. Francis Thompson la describió como “Un canto al amor”. Consagrada por su poesía, logró ocupar en el ambiente literario un lugar especial. En cierto sentido, era muy estricta con la poesía, como la abeja reina con su enjambre.
 
Alice, que estaba rodeada de criaturas que llegaban año tras año, tenía una mirada brillante y una expresión dantesca que le daba cierta nobleza melancólica.
 
Después de aquella primera visita volví en repetidas ocasiones mientras estuve en Londres; eso fue entre febrero y mayo. Generalmente almorzaba en Phillimore Place una vez por semana y siempre tenía alguna visita por hacer. Yo me alojaba en el norte de Londres y entre los más lindos recuerdos que tengo y que aún perduran en mi memoria, eran los recorridos que hacían los ómnibus de transporte urbano. Había un tramo no muy agradable entre Camden Road a lo largo de Caledonian Road hasta el subterráneo King Cross, sin embargo, Londres sigue actualmente siendo toda una aventura para mí. En ese entonces pensaba cuán sorprendidos estarían algunos de mis amigos de Dublín si vieran sumergirme en esas oscuras profundidades, trepando a esos trenes negros que no esperan a los pasajeros, mientras estiraba mi cuello para ver si la locomotora tenía la insignia “Inner Circle”, porque ese tren era el que me llevaría hasta Phillimore Place. He vivido muchas aventuras durante esos días, pero diría que los momentos más felices los pasé con los Meyrell.
 
Estaba muy entusiasmada con el ambiente literario que allí encontré; los libros, las pinturas y tantas otras cosas que daban cuenta de los viajes que habían hecho al extranjero donde se mencionaban los nombres de personalidades ligadas al arte y a la cultura.  Un día llegó de visita el Cardenal Manning en su pequeño cupé. Cuando entró a la habitación donde estaba Alice guardando reposo en un sofá, oí que le pedía la bendición para ella y su bebé por nacer.
 
Desde ese entonces nos mantuvimos siempre muy unidas. No hubo nunca titubeos ni medias tintas que pudieran perturbar nuestra relación. En el invierno de 1885/86 volví a visitarlos. En los intervalos, estuve siempre escribiendo y enviándole flores desde Irlanda, con la esperanza de que llegaran colmadas de fragancia y vitalidad. Comencé con un ramillete de campanillas blancas, prímulas y alelíes que florecían en mi pequeño invernadero en vísperas de la Navidad, y durante la primavera les envié diversas variedades de flores. Recuerdo haber despachado en repetidas ocasiones ramos de azucenas, que en el mes de julio bordean los canteros, formando racimos como si fuesen pequeños angelitos. Cuando se terminaban las de mi jardín, buscaba flores silvestres. Hoy me siento como que he sido demasiado confianzuda, porque si las flores llegaban marchitas, jamás me lo dirían. Una vez Alice me escribió una notita de agradecimiento y entre otras cosas decía: “En un ramillete había una pequeña hiedra rastrera: traía con ella la evocación de la tierra...”
 
Ambos fueron extremadamente generosos conmigo. Me brindaron todo su amor y admiración, demostraciones que resultan muy importantes para una escritora que recién se inicia. “Merry England” era el nombre da la revista que editaba Wilfred y donde se publicaron mis primeros versos. En el ínterin, eso es en el año 1885, Wilfred le entregó uno de mis trabajos a Kegan Paul, el editor de la página cultural.  Mi trabajo se titulaba: “Louse de la Vallière y otros poemas”. Así, nuestra amistad se fue afianzando, pero recién allá por 1889 maduró en la familiaridad que se logra viviendo bajo un mismo techo. Me quedé con los Meynell entre mayo y septiembre de ese año, ausentándome ocasionalmente cuando iba a visitar a otros amigos, pero siempre regresaba con el corazón lleno de alegría y feliz de ser bien recibida.
 
Aquel fue un verano muy feliz para mí. Siempre sentí un aprecio especial por Alice. Todavía siento lo mismo, con esa mezcla de humildad que me obliga a preguntarme una y otra vez si he llegado hasta ella por mis propios méritos. Estoy orgullosa de saber que me quiso también y que apreció mi devoción sincera por ella.  Afortunadamente no tengo secretos para con quienes amo, respeto y admiro. En cambio, soy totalmente introvertida con aquellos que no conozco, aunque con mi mayor amabilidad, intentaría responder a quien tuviera interés en dialogar conmigo, no importa lo poco que tuviésemos en común. Alice sabía de mis sentimientos hacia ella, lo que era sabido por todos; también mis cartas así lo reflejaban. Recuerdo un día cuando seguía mis pasos hasta la puerta de calle después de una de mis primeras visitas, y mientras bajábamos las escaleras me decía repetidamente: “¡Hay cosita querida!” No sé qué le habría dicho, pero por esos días, uno de los apodos que oía con frecuencia de los Meynell era “eres un ardiente corazón virginal”. Cada vez que lo recuerdo, siento el aroma de mi pequeña habitación en Irlanda, donde recibí un libro con esa dedicatoria.
 
El verano de 1889 fue muy apacible y durante todos esos meses no se veía ni siquiera el pétalo de una rosa marchita. Fue entonces cuando volví a visitar a mis queridos amigos en la casa que habían alquilado en Linde Gardens mientras edificaban la propia en la 47 Palace Court. Un par de años después volví a visitar Linden Gardens y me apenó ver derrumbados los recuerdos bellos que guardaba en mi memoria. Tengo muchos recuerdos de esa casa, aunque me había olvidado del número y cuando lo busqué, todo era lúgubre y muy desolado. Recuerdo sus habitaciones amplias, con muchos muebles. Sobre la mesa había variados recipientes de fina cristalería llenas de flores y hierbas silvestres, y unos jarrones de bronce llenos de hojas verdes, cual una pradera.  Alice se había educado en Italia, donde adquirió una particular predilección por las de hierbas, por eso cada tanto le enviaba ramilletes de las diversas variedades de flores que hay en Irlanda.  Para ella todo lo que provenía del campo era bienvenido y adecuado para cada circunstancia.
 
Había unas hermosas criaturas en el primer piso de la casa. No recuerdo muy bien a los chicos, pero había dos bellos bebés. Eran dos niñas y una de ellas, la criatura más bella que haya visto en toda mi vida; con sus cabellos dorados rizados, que caían sobre su rostro angelical. Los varoncitos no permanecieron mucho tiempo allí. Dimpling, Prue, y Mónica que estaba siempre con sus padres, se habían ido a Bonchurch con la niñera; pero Mónica debió regresar, porque no cesó de llorar hasta que sus padres la fueron a buscar. Eran padres muy afectuosos.
 
Alice era una excelente madre. Si le fuera posible, haría por sus hijos todo lo que hace normalmente una niñera.  Una vez presencié una secuencia tierna, viéndola remendar la ropa de su familia. Tenía un alto sentido de dignidad sobre la maternidad. Una vez me dijo que no se sentía avergonzada ante la inminencia de un embarazo inesperado, porque era algo tan sagrado que la enorgullecía.
 
Siempre había en ella una semblanza de niña. Tenía esos ojos grandes y esa mirada distante, como de admiración.  Cuando la veía con ese ánimo, sentada con sus manos entrelazadas y una mirada fúnebre en sus ojos, me acordaba aquellos versos de Wordswoth
 
“Blank misgivings of a creature
Moving about in worlds not realized”
 
Literal:
“Temores ocultos de una criatura
moviéndose en mundos no realizados”
 
Jamás fue ajena a las maravillas y milagros del mundo que giraban a su alrededor, pero en su mirada de niña extraviada, se reflejaba una sensación de lejanía.  Esto lo vi en ciertas ocasiones cuando Wilfred se ausentaba por algunos días de la casa.  Él fue siempre, además de esposo, su compañero y amigo confidente en el que siempre se apoyaba. Era notorio que, sin su presencia, ella estaba desorientada. 
 
Mucha gente de distintos niveles llegaba a la casa de los Meynell. Una vez, en ausencia de Alice y Wilfred, tuve que atender a Sir Wlliam y Lady Butler. Después del almuerzo me enteré de que la señora era completamente sorda. Supongo que debió haber leído mis labios, porque mantuvo siempre una conversación coherente.
 
En otra ocasión tuve que atender a St George Mivart, quien más tarde se vería involucrado en un hecho lamentable cuando sus artículos fueron publicados en el “Happiness in Hell” (Felicidad en el infierno) y lo llevarían a enfrentarse con algunos religiosos más ortodoxos. Hoy me pregunto si el camino que hemos recorrido ha sido suficiente, o si actualmente algún religioso se atrevería censurar a un católico por creer que en el infierno hay felicidad. Lo dudo mucho.
 
Uno de los temas que obsesionaban a Alice y a su vez la desconcertaba, era el de la ‘condenación eterna’. Tal vez por eso se parecía tanto a Dante.  Se me ocurre que no era porque creía en esa ‘condena’, sino más bien por la existencia de ese temor todavía arraigado en mucha gente. Seguramente para ella no estaba totalmente descartado, por considerarlo una imposibilidad, de lo contrario no la preocuparía tanto; pero estimaba que no lo podía tomar con la misma liviandad con que podría tomarlo un católico de nacimiento.[1] Tampoco estaba en su naturaleza aceptar explicaciones, que para el saber popular tenían un significado y para los intelectuales otro; era demasiado simple para todas las cosas.
 
Este temor que tanto sentía fue planteado por un viejo sacerdote a un íntimo amigo del matrimonio. Creo que fue así como me contó esta historia, aunque curiosamente tengo un recuerdo muy vago del verdadero sentido del relato, y si alguien me asegura hoy que simplemente fue un sueño, seguramente lo creería, aunque no del todo.  Según parece, antes de morir, el sacerdote le dijo: “Si puedo regresar del otro mundo y decirte cómo es, lo haré”. Ella sostiene que el sacerdote se le apareció en sueños y le dijo: “No te hagas más problemas: aquí todo es felicidad”. Estoy muy segura de que ella misma me contó esta historia.
 
A principios de ese verano durante mi estada en la casa de los Meynell hicimos varias excursiones. Una vez fuimos con los Blunts a pasar un fin de semana a Crabbert. El tiempo estaba hermoso y recuerdo que nos sentamos en el césped con otros invitados, entre los que estaban el señor Percy y la señorita Pamela Wyndham de Rogate, y dos muchachos de apellido Brands, uno de ellos con su esposa. Ciertamente era un grupo de jóvenes muy encantador, pero todos se fueron muy pronto, como suele hacerlo la gente que comparte una casa de campo. Al día siguiente, cuando Wilfred le sugirió a Alice que acompañara a Lady Anne Blunt y a otro de los visitantes a dar un paseo por el monte, Alice se asustó tanto que comenzó a lloriquear como una criatura avergonzada, pero finalmente fuimos todos juntos para ayudarla.
 
La noche que llegamos, dejamos a los hombres en el comedor y las mujeres nos fuimos a la sala de estar. Allí Lady Anne encendió el candelabro de su dormitorio y se retiró diciendo: “Perdónenme, pero mañana debo madrugar” y se fue dejándonos solas sin saber exactamente qué hacer. Recién acabábamos de conocer la sala de estar porque durante toda la tarde habíamos permanecido en los jardines. Finalmente nos retiramos a nuestros dormitorios, aunque debimos habernos demorado un poquito, porque cuando nos íbamos a dormir (muy a disgusto) y caminábamos por la galería rumbo a las habitaciones, vimos a Wilfred Blunt acomodando el juego de dominó en el salón de la planta baja.  No tuvimos el coraje de volver, pero más tarde nos enteramos de que todos los hombres se habían sorprendido de nuestra ausencia.
 
Cuando fuimos por primera vez a Crabbet, había llegado un caballero aficionado a la caza deportiva. El hombre era muy apuesto y refinado. Alice estaba fascinada con él, y lo que más le había atraído del hombre, era su porte varonil y su apego a los caballos Por supuesto, en Crabbet había muchos caballos y las conversaciones sobre los equinos eran permanentes, por eso Alice estaba tan excitada. Recuerdo haberla visto absorta en las conversaciones, como si estuviese en medio de un coro de ángeles, escuchando las polémicas que desataban las distintas opiniones sobre las curaciones de los tumores, los sobrehuesos y la distrofia ungular en los equinos. Creo que el tema sobre la distrofia ungular fue lo que más la atrapó. El sonido de la palabra “seedy-toe” era lo que más le agradaba. Además, estaba muy hechizada por la indumentaria del deportista y sus conocimientos sobre los animales. Había en ella una fuerza interior casi salvaje por vivir su libertad; creo que, si tuviese la oportunidad de optar por una carrera, no sería precisamente la literaria y mucho menos frecuentar los círculos intelectuales. Admiró inmensamente a una persona romántica y libre como Wilfed Blunt, pero para ella el pirata tenía más que una mera atracción. Seguramente estaba enterada de la visita de este hombre, porque muy entusiasmada me comentó que lo vio desatarse las correas de sus botas cuando se sentó en el hall después de una larga cabalgata.
 
Pero los mejores momentos estaban por venir. Llegaron cuando regresé de visita a la nueva casa que los Meynell estaban construyendo en el campo, y que todavía estaba sin terminar. La construyeron durante el verano y pasamos muchas horas entre viruta y aserrín, observando el trabajo de los hombres. Mónica, la niña menor, estaba siempre con su madre, desparramando las cosas de un lado para el otro. Había elegido pasar un verano londinense con su madre, mientras los otros niños disfrutaban de unas vacaciones en el campo. La nena estaba siempre haciendo travesuras, tomando las herramientas de los obreros o lo que se le ocurriera, con el sólo objeto de fastidiar. Un día entró a la casa para decirnos que uno de los trabajadores era un “viejo chapucero”. Al hombre se le había perdido un trozo de madera machimbrada de una de las ventanas y resulta que se la había apropiado ella para jugar. Alice la oyó, pero simuló no escuchar el relato, porque su cabeza estaba como siempre en las nubes.
 
“Me dijo que no me soportaba”, se quejó Mónica del empleado “y yo le respondí que tenía que aguantarme
 
Alice, con su cabeza envuelta en la nebulosa del humo del cigarrillo -era una de aquellas mujeres para quienes el fumar era signo de elegancia- exclamó irritada “¡Oh, Monnie, por favor!” ¡No dijo nada más que eso! Lo mismo ocurrió otro día, cuando muy divertida, la niña contó que despertó a un visitante que no se había levantado temprano por la mañana, arrojándole una jarra de agua en la cama. Alice lo único que hizo fue sacudir la cabeza preocupada. Como la reina Victoria, no se rió para nada, pero le dijo a su hija: “No, Mon, no... No a un hombre con el corazón herido”. Al respecto escribí un verso al que titulé “A cualquier otro hombre” (Any other man), y decía algo así:
 
Monnie spilt the warter-jug.
Over Angelo’s Sleeping mug.
Mother smiled: No, Monnie, please.
Not a man with heart-disease.
 
Literal:
Monnie derramó una jarra de agua
sobre Angelo, que dormía profundamente.
Mamá sonrió y dijo: "No, Monie, por favor.
No sobre un hombre con el corazón enfermo".
 
Igual que entonces, rehusó reírse cuando una vez salí con Willie Yeats y regresé sin él. “¿Qué has hecho con el poeta?” Me preguntó “Lo perdí en Oxford Circus” le respondí, y luego le conté cómo lo había hecho. (Era solamente porque Willie recitaba poesía durante y fuera de temporada). “No K.T.” me dijo “No puedo reírme. Lo que hiciste fue muy cruel.”
 
Pero en realidad me inclino a pensar que en su interior Alice era muy divertida. Estaba siempre haciendo bromas, y como tal, su familia era muy ocurrente.  A ella le encantaba la señora Inchbald porque su marido era un alocado aventurero, estaba siempre haciendo juego de manos. Estoy segura de que Alice ha sido más divertida de lo que aparentaba.  Le gustaba que le dijeran que tenía chispa de bromista. Parecía absurdo, pero era así. Sé que a ella le encantaba oírme hablar cierto “lenguaje”, aunque rápidamente me aseguraba que era por mi incongruencia, lo que no acepto totalmente. Ahora bien, yo me pregunto: ¿acaso una persona formal y juiciosa no tiene derecho a divertirse?
 
Era muy agradable oír su risa en el silencio de la mañana, tan fresca y espontánea como el canto de un pájaro. Lo peor era que nunca se sabía en qué momento se produciría. Uno podía contarle los mejores chistes o hacerle bromas y ella siempre respondía:” ¡Ah!” Tal vez porque estaba siempre distante y tardaba un buen rato en captarlos. 
 
Las incongruencias le resultaban cómicas. Años más tarde llegué a Palace Court, en Londres, para cenar y me encontré con el griterío de un grupo de niñas que, en cuanto me vieron, comenzaron a preguntar: “Querida K.T., ¿tienes idea quién asesinó a la señorita Camp?” La actitud de estas criaturas, que parecían ángeles de Murillo, era porque estaban interesadas en el estreno de un espectáculo de terror y eso la hizo reír mucho. Tal vez las chicas lo hicieron por eso, porque sabían que lo festejaría; sin embargo, no toleraba algunas expresiones groseras de Mónica. Si bien Alice siempre tuvo una actitud respetuosa, una vez me desconcertó, cuando me referí a las maldiciones y juramentos de los irlandeses, entre las que había crecido. Entonces me dijo que los ingleses eran personas muy serias y respetuosas. En ese momento no se me ocurrió recordarle las grandes imprecaciones que hacían los Tudor, por ejemplo, cuando lo hacían por los ojos de Dios, por la barba de Dios, por la mirada de Dios, que en esencia eran juramentos religiosos. Traté de aclararle que los juramentos irlandeses apuntaban más a evidenciar la intimidad y confienza que tenían con los personajes sagrados; lo veían como un privilegio, que ellos mismos se atribuían.
 
 
En algún momento del mes de agosto volví a Palace Court desde Norkolk, donde fijé mi residencia en una pequeña habitación de la planta alta desde donde contemplaba un diminuto árbol, plantado en lo que alguna vez fue un jardín y ahora un cuadrado de tierra árida. Mónica lo llamaba el jardín trasero y ocasionalmente bajaba a quitarle las ramas secas para mejorar su aspecto.  Debió haberlo hecho por orden de su madre, porque Alice amaba las plantas y los arbustos y era muy cuidadosa con todos ellos. Siempre reparaba en el estado de los   árboles “insomnes” de las calles y plazas de Londres, aquellos que durante el día reciben luz natural y por las noches están iluminados por faroles; siempre hacía alusión a los hermosos y frondosos árboles de primavera, como por los deshojados y no menos bellos árboles de invierno.
 
En la amplia sala de estar, con sus ventanales enrejados y sus paneles de oro japoneses alrededor de las paredes, Alice solía sentarse a fumar un cigarrillo con placer soñoliento, envuelta en una nebulosa de humo. Siempre había gente que entraba y salía de la casa. Uno podía traer todos los amigos que quisiera sin que nadie interfiriera; cada uno hacía la suya. No creo haber visto jamás una casa como esa, donde uno se sentía tan bien como en la propia. Por la mañana, antes que los dueños de casa se hicieran visibles (cada uno desayunaba en sus habitaciones), solía caminar por los alrededores, variando el recorrido cada día. A veces salía por Oxford Street, bajando Regent Street y volvía por el lado opuesto, para luego volver y tornar un ómnibus en Oxford Circus. Al día siguiente iba por la otra mano de Oxford Street, bajando todo el trayecto de Bond Street hasta la Burlington Arcade y de ahí regresar a Bond Street nuevamente para regresar a casa. Supongo que Willie Yeats también hacía estos recorridos cuando lo perdía entre la multitud.
 
A Alice le encantaba que le contara lo que había visto en las vidrieras. En aquellos tiempos tenía buena vista, pero ahora ¡ja! apenas si puedo ver por donde camino y dependo de otros para que me digan lo que se exhibe. Alice nunca se encontraba cómoda en las grandes tiendas, pero le gustaba recorrerlas. Hace poco tiempo, me dijo un poco contrariada: “Querida K.T., no sé de dónde sacas estos precios. Yo fui a una tienda de ofertas y solamente conseguí un par de medias a siete chelines, y no me parecieron baratas”.
 
Quise contar estas trivialidades, para recrear el clima que se vivía en la casa de los Meynell; para mostrar la intimidad de estos seres humanos, tantas veces endiosados por el común de la gente. Si cualquier gran pintor de rostros, tal como Sargent, la retratase con los mínimos matices que ella guardaba para sus íntimos, jamás los hubiéramos descubierto. Era una dama de principio al fin. Resulta inadmisible que ningún pintor la haya retratado. Era única.  Algunos años más tarde me contó que Meredith le había dedicado un poema que comenzaba así:
 
“Su hermosura declina, pero su belleza permanece”
 
“No reparó que tal vez lastimaría a K.T.”, me dijo Alice mientras subíamos las escaleras. “A ninguna mujer le hubiese gustado”. Y yo estuve de acuerdo con ella, porque esa era una tontera masculina, y esa pequeña parte oscura perteneció a Meredith, que había escrito para sus heroínas de 16 años. Tal vez creyó que después de los 30 las mujeres aceptarían su verdadera edad. Recuerdo también la voz triste y abatida de Alice cuando me dijo: “Ya estoy vieja”. Sin embargo, seguía siendo muy bella y distinguida, porque su alma brillaba a través de la fragilidad de su cuerpo. Mucho antes de que fuera una anciana, tal vez treinta años atrás, se paró frente al jardín de su casa en Ealing, y mientras miraba volar a los pájaros, repentinamente me pareció ver que su alma se salía de su cuerpo. Pero jamás como en ella, un cuerpo humano se amalgamó al alma con tanta transparencia, haciéndose ambos una sola cosa.
 
Durante aquel verano solía ver una nutrida concurrencia de gente en la sala principal de la casa. Muchas de ellas conocidas por aquellos días, pero que hoy pasaron al olvido. Estaba, por ejemplo, Vernon Blackburn por quien Alice sentía un gran afecto. Todavía recuerdo los gritos de felicidad que se produjeron cuando llegó de Italia, atendiendo con paciencia los saludos de cada uno. Alice estaba entusiasmada con el pequeño sombrero del inquieto Bersaglieri, que entraba y salía de la casa continuamente. Solía tocar el piano, generalmente cuando no había nadie en la casa. Ese verano se estrenó la opera “The Yeomen of the Guard” (“Los alabarderos del Palacio”) y los espíritus de Gilbert y Sullivan parecían flotar constantemente por toda la casa. Si los anfitriones casa estaban ausentes, los íntimos esperábamos afuera, aunque era raro encontrar el recibidor vacío. En cierta ocasión tuve que almorzar con una dama que tenía especial interés en entrevistarse con Alice, pero ésta era muy quisquillosa con ella. Decía que su desaliño era el desaliño del día anterior, lo que la convertía en algo así como un despojo humano. Entonces la tuve que soportar yo.
 
Alice tenía una admiración especial por las mujeres que escribían, y uno de los primeros y principales eventos de ese verano fue la cena anual de escritoras. Era una velada muy divertida, pero dejó de realizarse después de la guerra. Entonces era una novedad, y no estaba bien visto por la sociedad que las mujeres se bastaran por sí mismas. Tal vez hoy habría más interés por esos eventos, aunque todavía las mujeres estamos muy desconcertadas y tal vez avergonzadas de emprender estos movimientos. Una sección de la prensa londinense había estado anunciando el encuentro con mucha sorna, lo que hoy refleja que hemos andado mucho camino desde entonces. El señor Barrie había escrito un artículo en el “Scots Observer” con el siguiente título: “El 30 de mayo, la gran cena de las Damas Ilustradas Londinenses”. Era la época en que las mujeres, para darse algunos gustos personales, dependían de sus hombres, y éstos recelaban en conferirles esa prerrogativa. Estoy segura de que eran tiempos mejores que los actuales. Estábamos siempre temerosos de mostrar interés por lo que hacían los demás. Éramos tan inseguros de nuestro proceder, ¡si hasta sospechábamos que los mozos de los restaurantes y cafés eran periodistas camuflados!
 
 Amy Levy, que acababa de terminar su novela “Reuben Sachs” de valioso contenido histórico, (Amy también era una reconocida poetisa) tomó asiento delante nuestro, y con su delicado y soñador rostro oriental, se puso a fumar un cigarrillo. Supongo que había muchas dudas respecto a que, si era apropiado que una mujer fumara, aunque la opinión de muchos era contraria. Al menos esa noche los mozos pudieron comprobar que habíamos consumido muy poco champaña (tal vez hayan sido periodistas londinenses y se lo tomaron ellos).  Cuando la polémica llegó a su fin entre los que fumaban y los que no lo hacían, Alice no emitió opinión, y fumó como si lo hubiese hecho desde la cuna; era un encanto más que incorporaba a su personalidad; en cambio otras mujeres lo hacían para impresionar. 
 
En aquella velada quedamos hechizadas con una de las invitadas: Graham Thompson, cuya morena belleza contrastaba con el amarillo pálido de su vestido; también estaba Mona Caird que había dado un golpe bajo cuando se armó la discusión sobre su artículo “¿El matrimonio es un fracaso?” publicado en el “Daily Telegraph” ese verano. En ese tiempo los diarios entraban en la temporada de la estupidez porque el Parlamento no estaba sesionando. Había otras personas en aquella reunión que no voy a nombrar porque son totalmente desconocidas por la actual generación.
 
No recuerdo bien si era la noche que fuimos a la Cena de las Escritoras con Alice Meynell, pero el caso es que cuando salíamos del local, frente al Piccadilly Circus se estaba desarrollado un espectáculo que terminó en una gresca fenomenal. Gracias a Dios tuvimos la suerte de escabullirnos en un cabriolé que nos sacó de inmediato del lugar. Una de aquellas deplorables criaturas que llamábamos los “corredores de coches”, que felizmente desaparecieron de Londres, se colgó del carro que marchaba a toda velocidad y la policía a punto de dar con él. Recuerdo escuchar a Alice murmurar nerviosamente: “¡Ah, por favor no lastimen al muchacho!” en tanto hurgaba afanosamente en su cartera para darle algunas monedas.
 
Más adelante, mientras bajábamos por Regent Street, nos encontramos con el Ejército de Salvación marchando y cantando sus himnos. Decían algo así como “Me complazco con Su tristeza”. En ese tiempo era muy habitual y hasta inevitable, burlarse del Ejército de Salvación, que era observado por la gente agolpada en los costados de la calle, como una caravana circense.
 
“¡Oh!”  -exclamó Alice- “¡Siento como que debería bajarme y andar con ellos! ¡Están tan solos caminando por amor a Dios y luchando en este atribulado mundo del demonio y la carne!”
 
Aunque nunca me lo dijo, yo sabía que donaba a los pobres una gran parte de su vestimenta, quedándose únicamente con lo necesario. Lo más meritorio era que ese sacrificio no le resultaba para nada fácil de concretar, pero sin embargo lo hacía igualmente.
 
Durante todo ese verano hicimos varias excursiones.  Una vez fuimos al puerto y nos encontramos con un panorama desolador. Los obreros portuarios estaban de huelga y la miseria se había extendido. En otra ocasión almorzamos con una de las chicas de Yeats al s.s. “Clara” en Sligo, que pertenecía a la Asociación Pollexfens de la que era miembro activo su padre. Allí nos atendió su administrador, el señor Quinn, un marinero joven y agradable de ojos azules muy brillantes. El “Clara” estaba anclado debido a la huelga. También navegamos en lancha y tomamos el té con algunas monjas de hábito azul y blanco que pertenecían a la congregación de un pequeño convento ubicado a orillas del río. Estas eran los paseos que más deleitaban a Alice. Sin ninguna duda su destino la había convertido en una mujer intelectual, pero su naturaleza era amar la vida en la simpleza que da la libertad.
 
Cuando regresé a Londres casi cuatro años más tarde para mi casamiento, encontré a los Meynell imbuidos en “The Bodley Head” un movimiento literario en pleno apogeo, que promovía a nuevos poetas mediante la publicación de sus escritos en ediciones limitadas. Eran los años poéticos del noventa, cuando Francis Thompson había emergido y dejó de vender fósforos y cuidar caballos en los establos. Todos los poetas veteranos, así como los que surgían, eran promovidos por igual. Lo mismo sucedía con los ilustradores, aquellos que ya estaban y los que llegaban acompañados por los poetas. William Ernest Henley había iniciado esta práctica alrededor de 1889 cuando juntó a los jóvenes poetas en el “Scots”, -más tarde el “National Observer”. Eran tiempos de esplendor lírico. Se había fundado el “Rhymers Club” donde los poetas leían sus escritos que después editaban en colecciones. Entre ellos estaban William Butler Yeats, Lionel Johnson, Arthur Sumons, Ernest Dowson, Davison. También pasaron por allí Aubrey Beardsley, Laurence Housman y los Robinson; Rackham recién se iniciaba, y cada edición era más bella que la anterior. Este fenómeno sólo fue posible en un ambiente de una paz duradera.
 
El “Pall Mall Gazette” que dirigía Henry Cust, fue uno de aquellos periódicos que seguramente jamás existieron y me atrevería a decir, que jamás volverán a existir. Cust amaba la poesía y las artes en general. Juntó a todos los escritores afines a su proyecto, y él mismo escribía los editoriales con una brillantez extraordinaria, dándole a la literatura londinense un contagioso entusiasmo en cada uno de sus artículos. Era muy común ver a la gente en los trenes leyendo el “Pall Mall”, y se podía deducir fácilmente su nivel intelectual. Con la alegría dibujada en sus rostros, se podía observar cómo se pasaban el diario el uno al otro -entre compañeros de viaje- sugiriendo la lectura de tal o cual artículo, y sus lectores eran tanto hombres como mujeres.
 
Una de las características del diario era comentar experiencias personales.  En el encabezamiento todas las tardes aparecía un artículo escrito por una de las seis damas más destacadas del mundillo intelectual londinense. Este grupo tenía a su cargo la cobertura de la página, y una de ellas era Alice Meynell. Otro espacio del diario era el “Occ. Poem”, que se publicaba diariamente. Recuerdo cuando en el “Pall Mall Gazette” se publicaban los nombres de todo el staff, algo que a mí me pareció grandioso, pero pronto me desilusioné, cuando un hombre común me dijo que acababa de tomar unos tragos en un pub de Charing Cross Road con George Steevens y otros de estos superhombres. Por supuesto yo ingenuamente no le creí, aunque era una mujer mayor y casada. Recuerdo haberle comentado una vez a Alice que menospreciaba mis últimos años por haber sido tan tonta. Lo único que me contestó fue: “¡Pero querida K.T., eres tan joven! ¿Cómo puedes pensar así de ti misma?”
 
El “Pall Malla Gazette” le hizo a la literatura un gran favor al volver a incorporar a Alice a la poesía, obligándola a escribir su bella prosa. Era una maravilla cómo escribía, especialmente si tenemos en cuenta que estaba ansiosa por dejar de hacerlo.  Era, tal vez, una de sus abnegaciones. Sin dudas fueron Henley y Henry Cust los que insistieron en que volviera a escribir. Coventry Patmore y Meredith la aclamaban. Francis Thompson escribió poemas exclusivamente para ella, con lo que podría imprimir un volumen. 
 
Esos años fueron exitosos, aunque tal vez para ella, sea no sea la palabra apropiada, porque nunca hubiera sido exitosa. Su bajo perfil y ese particular abatimiento que mostraba, semejante al cansancio de un anciano, eran sin dudas un impedimento para considerarla una escritora triunfadora. En esa época visitó América, donde fue muy bien recibida por los escritores e intelectuales más encumbrados; y desde entonces fue amada por todos los americanos y muy especialmente por las mujeres. Pero ese invierno tuvo un contratiempo a causa de la gran nevada, que la obligó a permanecer en San Francisco durante las Navidades. Fue impensado para ella que un temporal de nieve le impidiera volver a Inglaterra. Se sentía tan sola lejos de sus seres queridos, que dijo haber visto a Wilfred y a sus hijos. Seguramente sus ansias por estar con ellos, hizo que viera visiones en sus sueños.
 
Durante todos esos años la he visto sentaba en la biblioteca de Palace Court escribiendo sus artículos. Quien los haya leído, seguramente pensará que los escribió cómodamente sentada en un lugar silencioso y apacible. Nada más alejado de la realidad. Nunca tuvo un lugar exclusivamente para ella; seguramente tampoco lo quiso. Es que su vida estaba llena de actitudes y renunciamientos como éstos. Trabajaba en la biblioteca, una habitación placentera, como eran todas las de los Meynell, pero era la sala mayor de la casa y estaba permanentemente colmada de visitas. Siempre trabajó -a mi juicio- muy incómoda, con gente hablando a su alrededor, sentada en una silla incómoda; con abrigos, bufandas y chales sobre el sofá de gente que entraba y salía continuamente, y ella con su sombrero puesto. Debió haber tenido un gran poder de abstracción, aunque escuchaba todo lo que acontecía a su alrededor, porque una vez cuando alguien estaba hablando extravagancias, ella se dio vuelta al instante y dijo: “Querida, dales a las palabras el valor emotivo que realmente tienen” e inmediatamente volvió a su mudo hermetismo.
 
Los recuerdos más felices para ella han sido los que compartía con su ahijado, una criatura de cinco años y un imparable hablador. Estuvieron durante un almuerzo hablando permanentemente entre ellos. El niño debió haber hablado más, porque cuando ella le respondía él decía “¡Escúchame!” Se rió durante todo el almuerzo y era realmente delicioso escucharla y verla tan feliz.
 
Alice era una criatura virtuosa, muy delicada. Rara vez comía con ganas. Había un poema mío que a ella le gustaba porque -decía- le abría el apetito. Creo que debió ser aquél que titulé: “El jardinero” que se publicó en el National Observer. Solía escuchar con atención mis comentarios sobre lo que había comido en mi desayuno, con los variados gustos de una buena merienda y a su ahijado que le contaba lo que había comido en un cumpleaños. Todo eso la llenaba de gozo y lo único que atinaba a decir era: “Toby, no me digas que te tomaste once helados. ¡Once! ¿Estás seguro?”.
 
Cuando dejó este mundo, lo que más lamentaba era abandonar sus afectos, a los que estaba tan ligada. Ninguna mujer ha despertado tanta admiración y devoción como ella. Su esposo, poseedor de un talento y estilo literario tan bello como ingenioso, eligió refugiarse bajo su sombra. Tenía una gran devoción por todo lo que la rodeaba y que la sostuvo durante toda la vida. Diré que me siento muy feliz porque las virtudes que le fueron dadas, las usó con justicia y en el momento oportuno.
 
Ahora comprendo cuán inmerecido sería todo esto, si no reflejara su verdadera personalidad; pero sería doblemente inmerecido si no hubiese ni luces ni sombras en su vida. La gente podrá preguntarse si no tenía faltas. Es que era tan humana como todas las criaturas de este mundo, y siempre hacía hincapié en que era tan frágil y pecadora, como San Pablo. Tenía una ligera sinrazón y animosidad irritante. Pero esas faltas jamás aparecían a la vista, porque en realidad, era una santa; y es que, si no lo fuera, seguramente hubiera sido una mujer intelectualmente intolerante. Ciertamente muchas veces se podía percibir que podría tratarse de una mujer arrogante, si no hubiera sido una santa. Por naturaleza, muchas veces no podía tolerar lo que ella llamaba “lo barato y trivial, lo fácil y lo hecho rápido”, pero tenía una manera muy particular de manifestarse en esos momentos: inclinaba su cabeza y en silencio lo aceptaba con humildad. Por ejemplo, no podía tolerar a Francis Thompson hablando de sus cosas personales, y sin embargo aguantaba en silencio las densas e interminables alocuciones del pobre poeta.
 
Había renunciado a muchas cosas y abandonarlas definitivamente. No me caben dudas de que hubiera sido una política absolutista, porque era una mujer orgullosa y patriótica, con un sentido cabal sobre las falencias y fracasos de los ingleses, sin distinción. No le gustaba que usaran la palabra “un-English” (no-inglés), como solía aplicarse en el sentido de que todo lo inglés era mejor que lo demás, lo que despertaba su repulsa. Aun así, con toda la apertura que tenía por otras lenguas y culturas, sentía en su sangre una especial atracción por los discursos foráneos, aunque sé muy bien que era netamente de raíz inglesa. Sin embargo, su santidad la contenía, a pesar de ser una mujer dominadora. Aprendió a amar a los pobres y oprimidos. La natural aristocracia de su persona se volvió democrática. En cierta manera debo decir que era una sufragista incoherente, porque el sufragismo es militancia y ella no lo era. Se había despojado de todo tipo de violencia, pero en alguna parte de su intimidad, la arrogancia contenida estuvo latente hasta el final.
 
Tenía varias teorías en su adolescencia. Una vez, cuando la hidrofobia todavía no era posible prevenirla, creyó oportuno publicar un artículo en el “Daily Chronicle” en el que manifestaba que, si dependía de su decisión el apretar un botón para matar a un perro con hidrofobia para la salvar la vida de un niño, lo haría sin titubear.  Debo decir que muchos de los dueños de perros se indignaron, pero siendo ingleses, guardaron silencio. Siempre se había mostrado indiferente a los perros, pero se manifestaba tolerante y comprensiva con aquellos que amaban a los perros. Nunca llegó a comprender lo que significaba para mucha gente el amor por los animales, y si lo hubiese llegado a comprender, seguramente también hubiera escrito un artículo sobre ello, pero sin abandonar la teoría de apretar el botón si fuese necesario.
 
La guerra la deprimió terriblemente y la agonía de su aflicción se expandió hasta su corazón. No sé si rechazó levantarse desde aquel día de 1914. Tal vez por ser una mujer amorosa, percibió el final. No pudo soportar que miles de jóvenes fueran enviados a la muerte. Nadie ha escrito cosas más terribles sobre la guerra, en la que tan indignamente fue abatida aquella juventud. Todavía escribía espléndidamente. Su intelecto siguió creciendo. Escribió poesía en la que cada línea era medida con el pensamiento, exigiéndole una respuesta al lector. Su más exquisita poesía fue escrita durante los años de la guerra. Había llegado a la cúspide de la perfección en un arte que siempre fue reverenciado por los poetas, para quienes lo fácil y trivial no podía siquiera rozar su escritura. Con el inicio de la guerra, su cuerpo entró al sepulcro y no regresó jamás.
 
Para mí fue la mujer más hermosa que jamás haya conocido. Estoy apenada porque ningún gran pintor retrató ni siquiera su rostro para la posteridad. Sargent la dibujó y la presentó más alta de lo común.   Era porque estaba dibujada hacia arriba, como una llama. Un día, cuando juntas pasamos frente a un espejo, comprobé que éramos de la misma estatura. Me pregunto cómo Sargent pudo haberse contenido de pintarla, o si tal vez no se atrevió a hacerlo.
 
“I think Nature hath broke the mould.
Whence she that shape did take”.
 
Literal:
 
“Creo que la naturaleza ha roto el molde
Y ella esa imagen tomó”
 
escribió el poeta Isabelino. No ha quedado otro rostro en el mundo, ni una voz que lo acompañe. Hay unas insinuaciones de ella en “Ring and the Book”, en la descripción que Caponsacchi hace de Pompilia. Tal vez haya sido su rostro más italiano que inglés.
 
Las bondades de la creación siempre nos regalan cosas buenas. Recuerdo haberla visto como si todavía estuviese en este mundo, deslizándose a lo lejos entre las sombras de los árboles. Pero esto suele suceder con los muertos, siempre vuelven. Jamás había brillado tanto como ese día; era todo amor y ternura, pero ella descansaba en la eternidad y yo la había visto en la tierra. Recuerdo que su figura frágil y brillante se volvía para saludarme una y otra vez mientras se alejaba, sabiendo que jamás volveríamos a vernos en este suelo terrenal.
 
Estando en Colonia, una noche me desperté súbitamente en la oscuridad; era a principios de noviembre y estaba soñando con ella. Recuerdo haberle dicho en el momento de la partida, cuando uno se saluda con otra persona sabiendo que tal vez no vuelva a verla nunca más: “Cuando regrese de Colonia, te traeré un hermoso frasco de perfume”.  Al día siguiente alguien viajaba a Inglaterra y creí que no debía esperar hasta que yo regresara, de manera que le encargué a un empleado que me comprara la botella más grande que pudiera hallar y se la entregara a quien la llevaría a Inglaterra. Más taarde mi mensajero regresó con la noticia de su muerte. Yo ni siquiera sabía que estaba en agonía.
 
“Esta no es una tragedia: Estoy feliz”, dijo antes de expirar. Fue su último mensaje para todos aquellos que la rodeaban. Le diremos a ella lo que Cowley le dijo a Crashaw en el cielo:
 
“Thou need’st not make new songs but sing the old”.
 
Literal:
 
 “No necesitas componer nuevas canciones, canta las viejas”
 
“El amor más hondo y la veneración más profunda”, ese fue el tributo de su hermana. Todos los que la conocimos descansamos en ese epitafio. No hay nada más que añadir.
 
 

MEYNELL, ALICE (THOMPSON) -  1847 en Barnes, Londres  🕈 1922 – Poetisa y ensayista hija de Thomas James Thompson, amigo de Charles Dickens. Pasó la mayor parte de su juventud en Italia, donde se convirtió al Catolicismo Romano en 1872. Escribió muchos ensayos religiosos, entre ellos “Los preludios” (1875) que fue su primera colección de las poesías y que fueron ilustradas por su hermana mayor Elizabeth (la señora Elizabeth de Butler, 1850-1933 casada con el artista sir Guillermo Butler).


Alice contrajo matrimonio en 1877 con Wilfred Meynell (§ 1852 W 1948) fundador y editor del diario católico “Merry England”, con el que ella colaboraba asiduamente. Los Mynell tuvieron ocho hijos, entre ellos Francis Meynell (§ 1891 W 1975) poeta y editor.
Los Meynell contrajeron una sólida amistad con Francis Thompson, quien la entusiasmó para que publicara sus trabajos. Más tarde se convertiría en una de las principales figuras en la Liga de Mujeres Escritoras que permaneció activa entre 1908 a 1919 y que fuera fundada por Cicely Hamilton.
Una edición completa de las obras poéticas de Alice Meynell fue publicada en 1923. Su poesía, caracterizada por dominar emociones religiosas, incluye “The Shepherdess”, “A Letter from a Girl to Her Own Old Age” y el soneto “Renouncement.”The Rhythm of Life” (1893) y “The Second Person Singular” (1921) están entre sus cuantiosos libros editados.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

[1] N.del T.: era católica conversa

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F ue un día frío de la primavera de 1874, cuando por primera vez oí hablar del político Charles Stewart Parnell. Mis padres lo conocían porq...