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miércoles, 23 de abril de 2025

Alice Meynell

La más querida

Fuimos amigas durante casi cuarenta años, desde que la conocí gracias a los buenos oficios del Padre Matthew Russell.  Todavía conservo en mi memoria aquel día que llegué a la antigua residencia de la calle 21 “Phillimore Place” del matrimonio Meynell.  Según cuenta la historia, a la terraza de esa vivienda, Jorge III la bautizó ‘la secadora’, porque tenía unas cortinas largas que pendían desde los frontones de las puertas y ventanas dándole un aspecto de cocina. Era en el mes de marzo de 1884, a principios de la primavera, cuando todavía hacía frío, pero el sol brillaba muy cálido. Las macetas y los canteros estaban repletos de narcisos y envolvían el aire con un aroma muy particular que todavía hoy asocio con Alice. Ella adoraba los pimpollos porque eran los pregoneros de la primavera. También recuerdo que había adornos con plumas de pavo real y que las paredes eran color terracota, muy de moda en aquellos tiempos.

Apenas ingresé a la casona apareció Wilfrerd Meynell, un hombre joven y atento que venía a darme la bienvenida. Más atrás -siempre se ubicaba detrás- su esposa Alice, una mujer -que como nadie- irradiaba fielmente su personalidad en la poesía. Francis Thompson la describió como “Un canto al amor”. Consagrada por su poesía, logró ocupar en el ambiente literario un lugar especial. En cierto sentido, era muy estricta con la poesía, como la abeja reina con su enjambre.
 
Alice, que estaba rodeada de criaturas que llegaban año tras año, tenía una mirada brillante y una expresión dantesca que le daba cierta nobleza melancólica.
 
Después de aquella primera visita volví en repetidas ocasiones mientras estuve en Londres; eso fue entre febrero y mayo. Generalmente almorzaba en Phillimore Place una vez por semana y siempre tenía alguna visita por hacer. Yo me alojaba en el norte de Londres y entre los más lindos recuerdos que tengo y que aún perduran en mi memoria, eran los recorridos que hacían los ómnibus de transporte urbano. Había un tramo no muy agradable entre Camden Road a lo largo de Caledonian Road hasta el subterráneo King Cross, sin embargo, Londres sigue actualmente siendo toda una aventura para mí. En ese entonces pensaba cuán sorprendidos estarían algunos de mis amigos de Dublín si vieran sumergirme en esas oscuras profundidades, trepando a esos trenes negros que no esperan a los pasajeros, mientras estiraba mi cuello para ver si la locomotora tenía la insignia “Inner Circle”, porque ese tren era el que me llevaría hasta Phillimore Place. He vivido muchas aventuras durante esos días, pero diría que los momentos más felices los pasé con los Meyrell.
 
Estaba muy entusiasmada con el ambiente literario que allí encontré; los libros, las pinturas y tantas otras cosas que daban cuenta de los viajes que habían hecho al extranjero donde se mencionaban los nombres de personalidades ligadas al arte y a la cultura.  Un día llegó de visita el Cardenal Manning en su pequeño cupé. Cuando entró a la habitación donde estaba Alice guardando reposo en un sofá, oí que le pedía la bendición para ella y su bebé por nacer.
 
Desde ese entonces nos mantuvimos siempre muy unidas. No hubo nunca titubeos ni medias tintas que pudieran perturbar nuestra relación. En el invierno de 1885/86 volví a visitarlos. En los intervalos, estuve siempre escribiendo y enviándole flores desde Irlanda, con la esperanza de que llegaran colmadas de fragancia y vitalidad. Comencé con un ramillete de campanillas blancas, prímulas y alelíes que florecían en mi pequeño invernadero en vísperas de la Navidad, y durante la primavera les envié diversas variedades de flores. Recuerdo haber despachado en repetidas ocasiones ramos de azucenas, que en el mes de julio bordean los canteros, formando racimos como si fuesen pequeños angelitos. Cuando se terminaban las de mi jardín, buscaba flores silvestres. Hoy me siento como que he sido demasiado confianzuda, porque si las flores llegaban marchitas, jamás me lo dirían. Una vez Alice me escribió una notita de agradecimiento y entre otras cosas decía: “En un ramillete había una pequeña hiedra rastrera: traía con ella la evocación de la tierra...”
 
Ambos fueron extremadamente generosos conmigo. Me brindaron todo su amor y admiración, demostraciones que resultan muy importantes para una escritora que recién se inicia. “Merry England” era el nombre da la revista que editaba Wilfred y donde se publicaron mis primeros versos. En el ínterin, eso es en el año 1885, Wilfred le entregó uno de mis trabajos a Kegan Paul, el editor de la página cultural.  Mi trabajo se titulaba: “Louse de la Vallière y otros poemas”. Así, nuestra amistad se fue afianzando, pero recién allá por 1889 maduró en la familiaridad que se logra viviendo bajo un mismo techo. Me quedé con los Meynell entre mayo y septiembre de ese año, ausentándome ocasionalmente cuando iba a visitar a otros amigos, pero siempre regresaba con el corazón lleno de alegría y feliz de ser bien recibida.
 
Aquel fue un verano muy feliz para mí. Siempre sentí un aprecio especial por Alice. Todavía siento lo mismo, con esa mezcla de humildad que me obliga a preguntarme una y otra vez si he llegado hasta ella por mis propios méritos. Estoy orgullosa de saber que me quiso también y que apreció mi devoción sincera por ella.  Afortunadamente no tengo secretos para con quienes amo, respeto y admiro. En cambio, soy totalmente introvertida con aquellos que no conozco, aunque con mi mayor amabilidad, intentaría responder a quien tuviera interés en dialogar conmigo, no importa lo poco que tuviésemos en común. Alice sabía de mis sentimientos hacia ella, lo que era sabido por todos; también mis cartas así lo reflejaban. Recuerdo un día cuando seguía mis pasos hasta la puerta de calle después de una de mis primeras visitas, y mientras bajábamos las escaleras me decía repetidamente: “¡Hay cosita querida!” No sé qué le habría dicho, pero por esos días, uno de los apodos que oía con frecuencia de los Meynell era “eres un ardiente corazón virginal”. Cada vez que lo recuerdo, siento el aroma de mi pequeña habitación en Irlanda, donde recibí un libro con esa dedicatoria.
 
El verano de 1889 fue muy apacible y durante todos esos meses no se veía ni siquiera el pétalo de una rosa marchita. Fue entonces cuando volví a visitar a mis queridos amigos en la casa que habían alquilado en Linde Gardens mientras edificaban la propia en la 47 Palace Court. Un par de años después volví a visitar Linden Gardens y me apenó ver derrumbados los recuerdos bellos que guardaba en mi memoria. Tengo muchos recuerdos de esa casa, aunque me había olvidado del número y cuando lo busqué, todo era lúgubre y muy desolado. Recuerdo sus habitaciones amplias, con muchos muebles. Sobre la mesa había variados recipientes de fina cristalería llenas de flores y hierbas silvestres, y unos jarrones de bronce llenos de hojas verdes, cual una pradera.  Alice se había educado en Italia, donde adquirió una particular predilección por las de hierbas, por eso cada tanto le enviaba ramilletes de las diversas variedades de flores que hay en Irlanda.  Para ella todo lo que provenía del campo era bienvenido y adecuado para cada circunstancia.
 
Había unas hermosas criaturas en el primer piso de la casa. No recuerdo muy bien a los chicos, pero había dos bellos bebés. Eran dos niñas y una de ellas, la criatura más bella que haya visto en toda mi vida; con sus cabellos dorados rizados, que caían sobre su rostro angelical. Los varoncitos no permanecieron mucho tiempo allí. Dimpling, Prue, y Mónica que estaba siempre con sus padres, se habían ido a Bonchurch con la niñera; pero Mónica debió regresar, porque no cesó de llorar hasta que sus padres la fueron a buscar. Eran padres muy afectuosos.
 
Alice era una excelente madre. Si le fuera posible, haría por sus hijos todo lo que hace normalmente una niñera.  Una vez presencié una secuencia tierna, viéndola remendar la ropa de su familia. Tenía un alto sentido de dignidad sobre la maternidad. Una vez me dijo que no se sentía avergonzada ante la inminencia de un embarazo inesperado, porque era algo tan sagrado que la enorgullecía.
 
Siempre había en ella una semblanza de niña. Tenía esos ojos grandes y esa mirada distante, como de admiración.  Cuando la veía con ese ánimo, sentada con sus manos entrelazadas y una mirada fúnebre en sus ojos, me acordaba aquellos versos de Wordswoth
 
“Blank misgivings of a creature
Moving about in worlds not realized”
 
Literal:
“Temores ocultos de una criatura
moviéndose en mundos no realizados”
 
Jamás fue ajena a las maravillas y milagros del mundo que giraban a su alrededor, pero en su mirada de niña extraviada, se reflejaba una sensación de lejanía.  Esto lo vi en ciertas ocasiones cuando Wilfred se ausentaba por algunos días de la casa.  Él fue siempre, además de esposo, su compañero y amigo confidente en el que siempre se apoyaba. Era notorio que, sin su presencia, ella estaba desorientada. 
 
Mucha gente de distintos niveles llegaba a la casa de los Meynell. Una vez, en ausencia de Alice y Wilfred, tuve que atender a Sir Wlliam y Lady Butler. Después del almuerzo me enteré de que la señora era completamente sorda. Supongo que debió haber leído mis labios, porque mantuvo siempre una conversación coherente.
 
En otra ocasión tuve que atender a St George Mivart, quien más tarde se vería involucrado en un hecho lamentable cuando sus artículos fueron publicados en el “Happiness in Hell” (Felicidad en el infierno) y lo llevarían a enfrentarse con algunos religiosos más ortodoxos. Hoy me pregunto si el camino que hemos recorrido ha sido suficiente, o si actualmente algún religioso se atrevería censurar a un católico por creer que en el infierno hay felicidad. Lo dudo mucho.
 
Uno de los temas que obsesionaban a Alice y a su vez la desconcertaba, era el de la ‘condenación eterna’. Tal vez por eso se parecía tanto a Dante.  Se me ocurre que no era porque creía en esa ‘condena’, sino más bien por la existencia de ese temor todavía arraigado en mucha gente. Seguramente para ella no estaba totalmente descartado, por considerarlo una imposibilidad, de lo contrario no la preocuparía tanto; pero estimaba que no lo podía tomar con la misma liviandad con que podría tomarlo un católico de nacimiento.[1] Tampoco estaba en su naturaleza aceptar explicaciones, que para el saber popular tenían un significado y para los intelectuales otro; era demasiado simple para todas las cosas.
 
Este temor que tanto sentía fue planteado por un viejo sacerdote a un íntimo amigo del matrimonio. Creo que fue así como me contó esta historia, aunque curiosamente tengo un recuerdo muy vago del verdadero sentido del relato, y si alguien me asegura hoy que simplemente fue un sueño, seguramente lo creería, aunque no del todo.  Según parece, antes de morir, el sacerdote le dijo: “Si puedo regresar del otro mundo y decirte cómo es, lo haré”. Ella sostiene que el sacerdote se le apareció en sueños y le dijo: “No te hagas más problemas: aquí todo es felicidad”. Estoy muy segura de que ella misma me contó esta historia.
 
A principios de ese verano durante mi estada en la casa de los Meynell hicimos varias excursiones. Una vez fuimos con los Blunts a pasar un fin de semana a Crabbert. El tiempo estaba hermoso y recuerdo que nos sentamos en el césped con otros invitados, entre los que estaban el señor Percy y la señorita Pamela Wyndham de Rogate, y dos muchachos de apellido Brands, uno de ellos con su esposa. Ciertamente era un grupo de jóvenes muy encantador, pero todos se fueron muy pronto, como suele hacerlo la gente que comparte una casa de campo. Al día siguiente, cuando Wilfred le sugirió a Alice que acompañara a Lady Anne Blunt y a otro de los visitantes a dar un paseo por el monte, Alice se asustó tanto que comenzó a lloriquear como una criatura avergonzada, pero finalmente fuimos todos juntos para ayudarla.
 
La noche que llegamos, dejamos a los hombres en el comedor y las mujeres nos fuimos a la sala de estar. Allí Lady Anne encendió el candelabro de su dormitorio y se retiró diciendo: “Perdónenme, pero mañana debo madrugar” y se fue dejándonos solas sin saber exactamente qué hacer. Recién acabábamos de conocer la sala de estar porque durante toda la tarde habíamos permanecido en los jardines. Finalmente nos retiramos a nuestros dormitorios, aunque debimos habernos demorado un poquito, porque cuando nos íbamos a dormir (muy a disgusto) y caminábamos por la galería rumbo a las habitaciones, vimos a Wilfred Blunt acomodando el juego de dominó en el salón de la planta baja.  No tuvimos el coraje de volver, pero más tarde nos enteramos de que todos los hombres se habían sorprendido de nuestra ausencia.
 
Cuando fuimos por primera vez a Crabbet, había llegado un caballero aficionado a la caza deportiva. El hombre era muy apuesto y refinado. Alice estaba fascinada con él, y lo que más le había atraído del hombre, era su porte varonil y su apego a los caballos Por supuesto, en Crabbet había muchos caballos y las conversaciones sobre los equinos eran permanentes, por eso Alice estaba tan excitada. Recuerdo haberla visto absorta en las conversaciones, como si estuviese en medio de un coro de ángeles, escuchando las polémicas que desataban las distintas opiniones sobre las curaciones de los tumores, los sobrehuesos y la distrofia ungular en los equinos. Creo que el tema sobre la distrofia ungular fue lo que más la atrapó. El sonido de la palabra “seedy-toe” era lo que más le agradaba. Además, estaba muy hechizada por la indumentaria del deportista y sus conocimientos sobre los animales. Había en ella una fuerza interior casi salvaje por vivir su libertad; creo que, si tuviese la oportunidad de optar por una carrera, no sería precisamente la literaria y mucho menos frecuentar los círculos intelectuales. Admiró inmensamente a una persona romántica y libre como Wilfed Blunt, pero para ella el pirata tenía más que una mera atracción. Seguramente estaba enterada de la visita de este hombre, porque muy entusiasmada me comentó que lo vio desatarse las correas de sus botas cuando se sentó en el hall después de una larga cabalgata.
 
Pero los mejores momentos estaban por venir. Llegaron cuando regresé de visita a la nueva casa que los Meynell estaban construyendo en el campo, y que todavía estaba sin terminar. La construyeron durante el verano y pasamos muchas horas entre viruta y aserrín, observando el trabajo de los hombres. Mónica, la niña menor, estaba siempre con su madre, desparramando las cosas de un lado para el otro. Había elegido pasar un verano londinense con su madre, mientras los otros niños disfrutaban de unas vacaciones en el campo. La nena estaba siempre haciendo travesuras, tomando las herramientas de los obreros o lo que se le ocurriera, con el sólo objeto de fastidiar. Un día entró a la casa para decirnos que uno de los trabajadores era un “viejo chapucero”. Al hombre se le había perdido un trozo de madera machimbrada de una de las ventanas y resulta que se la había apropiado ella para jugar. Alice la oyó, pero simuló no escuchar el relato, porque su cabeza estaba como siempre en las nubes.
 
“Me dijo que no me soportaba”, se quejó Mónica del empleado “y yo le respondí que tenía que aguantarme
 
Alice, con su cabeza envuelta en la nebulosa del humo del cigarrillo -era una de aquellas mujeres para quienes el fumar era signo de elegancia- exclamó irritada “¡Oh, Monnie, por favor!” ¡No dijo nada más que eso! Lo mismo ocurrió otro día, cuando muy divertida, la niña contó que despertó a un visitante que no se había levantado temprano por la mañana, arrojándole una jarra de agua en la cama. Alice lo único que hizo fue sacudir la cabeza preocupada. Como la reina Victoria, no se rió para nada, pero le dijo a su hija: “No, Mon, no... No a un hombre con el corazón herido”. Al respecto escribí un verso al que titulé “A cualquier otro hombre” (Any other man), y decía algo así:
 
Monnie spilt the warter-jug.
Over Angelo’s Sleeping mug.
Mother smiled: No, Monnie, please.
Not a man with heart-disease.
 
Literal:
Monnie derramó una jarra de agua
sobre Angelo, que dormía profundamente.
Mamá sonrió y dijo: "No, Monie, por favor.
No sobre un hombre con el corazón enfermo".
 
Igual que entonces, rehusó reírse cuando una vez salí con Willie Yeats y regresé sin él. “¿Qué has hecho con el poeta?” Me preguntó “Lo perdí en Oxford Circus” le respondí, y luego le conté cómo lo había hecho. (Era solamente porque Willie recitaba poesía durante y fuera de temporada). “No K.T.” me dijo “No puedo reírme. Lo que hiciste fue muy cruel.”
 
Pero en realidad me inclino a pensar que en su interior Alice era muy divertida. Estaba siempre haciendo bromas, y como tal, su familia era muy ocurrente.  A ella le encantaba la señora Inchbald porque su marido era un alocado aventurero, estaba siempre haciendo juego de manos. Estoy segura de que Alice ha sido más divertida de lo que aparentaba.  Le gustaba que le dijeran que tenía chispa de bromista. Parecía absurdo, pero era así. Sé que a ella le encantaba oírme hablar cierto “lenguaje”, aunque rápidamente me aseguraba que era por mi incongruencia, lo que no acepto totalmente. Ahora bien, yo me pregunto: ¿acaso una persona formal y juiciosa no tiene derecho a divertirse?
 
Era muy agradable oír su risa en el silencio de la mañana, tan fresca y espontánea como el canto de un pájaro. Lo peor era que nunca se sabía en qué momento se produciría. Uno podía contarle los mejores chistes o hacerle bromas y ella siempre respondía:” ¡Ah!” Tal vez porque estaba siempre distante y tardaba un buen rato en captarlos. 
 
Las incongruencias le resultaban cómicas. Años más tarde llegué a Palace Court, en Londres, para cenar y me encontré con el griterío de un grupo de niñas que, en cuanto me vieron, comenzaron a preguntar: “Querida K.T., ¿tienes idea quién asesinó a la señorita Camp?” La actitud de estas criaturas, que parecían ángeles de Murillo, era porque estaban interesadas en el estreno de un espectáculo de terror y eso la hizo reír mucho. Tal vez las chicas lo hicieron por eso, porque sabían que lo festejaría; sin embargo, no toleraba algunas expresiones groseras de Mónica. Si bien Alice siempre tuvo una actitud respetuosa, una vez me desconcertó, cuando me referí a las maldiciones y juramentos de los irlandeses, entre las que había crecido. Entonces me dijo que los ingleses eran personas muy serias y respetuosas. En ese momento no se me ocurrió recordarle las grandes imprecaciones que hacían los Tudor, por ejemplo, cuando lo hacían por los ojos de Dios, por la barba de Dios, por la mirada de Dios, que en esencia eran juramentos religiosos. Traté de aclararle que los juramentos irlandeses apuntaban más a evidenciar la intimidad y confienza que tenían con los personajes sagrados; lo veían como un privilegio, que ellos mismos se atribuían.
 
 
En algún momento del mes de agosto volví a Palace Court desde Norkolk, donde fijé mi residencia en una pequeña habitación de la planta alta desde donde contemplaba un diminuto árbol, plantado en lo que alguna vez fue un jardín y ahora un cuadrado de tierra árida. Mónica lo llamaba el jardín trasero y ocasionalmente bajaba a quitarle las ramas secas para mejorar su aspecto.  Debió haberlo hecho por orden de su madre, porque Alice amaba las plantas y los arbustos y era muy cuidadosa con todos ellos. Siempre reparaba en el estado de los   árboles “insomnes” de las calles y plazas de Londres, aquellos que durante el día reciben luz natural y por las noches están iluminados por faroles; siempre hacía alusión a los hermosos y frondosos árboles de primavera, como por los deshojados y no menos bellos árboles de invierno.
 
En la amplia sala de estar, con sus ventanales enrejados y sus paneles de oro japoneses alrededor de las paredes, Alice solía sentarse a fumar un cigarrillo con placer soñoliento, envuelta en una nebulosa de humo. Siempre había gente que entraba y salía de la casa. Uno podía traer todos los amigos que quisiera sin que nadie interfiriera; cada uno hacía la suya. No creo haber visto jamás una casa como esa, donde uno se sentía tan bien como en la propia. Por la mañana, antes que los dueños de casa se hicieran visibles (cada uno desayunaba en sus habitaciones), solía caminar por los alrededores, variando el recorrido cada día. A veces salía por Oxford Street, bajando Regent Street y volvía por el lado opuesto, para luego volver y tornar un ómnibus en Oxford Circus. Al día siguiente iba por la otra mano de Oxford Street, bajando todo el trayecto de Bond Street hasta la Burlington Arcade y de ahí regresar a Bond Street nuevamente para regresar a casa. Supongo que Willie Yeats también hacía estos recorridos cuando lo perdía entre la multitud.
 
A Alice le encantaba que le contara lo que había visto en las vidrieras. En aquellos tiempos tenía buena vista, pero ahora ¡ja! apenas si puedo ver por donde camino y dependo de otros para que me digan lo que se exhibe. Alice nunca se encontraba cómoda en las grandes tiendas, pero le gustaba recorrerlas. Hace poco tiempo, me dijo un poco contrariada: “Querida K.T., no sé de dónde sacas estos precios. Yo fui a una tienda de ofertas y solamente conseguí un par de medias a siete chelines, y no me parecieron baratas”.
 
Quise contar estas trivialidades, para recrear el clima que se vivía en la casa de los Meynell; para mostrar la intimidad de estos seres humanos, tantas veces endiosados por el común de la gente. Si cualquier gran pintor de rostros, tal como Sargent, la retratase con los mínimos matices que ella guardaba para sus íntimos, jamás los hubiéramos descubierto. Era una dama de principio al fin. Resulta inadmisible que ningún pintor la haya retratado. Era única.  Algunos años más tarde me contó que Meredith le había dedicado un poema que comenzaba así:
 
“Su hermosura declina, pero su belleza permanece”
 
“No reparó que tal vez lastimaría a K.T.”, me dijo Alice mientras subíamos las escaleras. “A ninguna mujer le hubiese gustado”. Y yo estuve de acuerdo con ella, porque esa era una tontera masculina, y esa pequeña parte oscura perteneció a Meredith, que había escrito para sus heroínas de 16 años. Tal vez creyó que después de los 30 las mujeres aceptarían su verdadera edad. Recuerdo también la voz triste y abatida de Alice cuando me dijo: “Ya estoy vieja”. Sin embargo, seguía siendo muy bella y distinguida, porque su alma brillaba a través de la fragilidad de su cuerpo. Mucho antes de que fuera una anciana, tal vez treinta años atrás, se paró frente al jardín de su casa en Ealing, y mientras miraba volar a los pájaros, repentinamente me pareció ver que su alma se salía de su cuerpo. Pero jamás como en ella, un cuerpo humano se amalgamó al alma con tanta transparencia, haciéndose ambos una sola cosa.
 
Durante aquel verano solía ver una nutrida concurrencia de gente en la sala principal de la casa. Muchas de ellas conocidas por aquellos días, pero que hoy pasaron al olvido. Estaba, por ejemplo, Vernon Blackburn por quien Alice sentía un gran afecto. Todavía recuerdo los gritos de felicidad que se produjeron cuando llegó de Italia, atendiendo con paciencia los saludos de cada uno. Alice estaba entusiasmada con el pequeño sombrero del inquieto Bersaglieri, que entraba y salía de la casa continuamente. Solía tocar el piano, generalmente cuando no había nadie en la casa. Ese verano se estrenó la opera “The Yeomen of the Guard” (“Los alabarderos del Palacio”) y los espíritus de Gilbert y Sullivan parecían flotar constantemente por toda la casa. Si los anfitriones casa estaban ausentes, los íntimos esperábamos afuera, aunque era raro encontrar el recibidor vacío. En cierta ocasión tuve que almorzar con una dama que tenía especial interés en entrevistarse con Alice, pero ésta era muy quisquillosa con ella. Decía que su desaliño era el desaliño del día anterior, lo que la convertía en algo así como un despojo humano. Entonces la tuve que soportar yo.
 
Alice tenía una admiración especial por las mujeres que escribían, y uno de los primeros y principales eventos de ese verano fue la cena anual de escritoras. Era una velada muy divertida, pero dejó de realizarse después de la guerra. Entonces era una novedad, y no estaba bien visto por la sociedad que las mujeres se bastaran por sí mismas. Tal vez hoy habría más interés por esos eventos, aunque todavía las mujeres estamos muy desconcertadas y tal vez avergonzadas de emprender estos movimientos. Una sección de la prensa londinense había estado anunciando el encuentro con mucha sorna, lo que hoy refleja que hemos andado mucho camino desde entonces. El señor Barrie había escrito un artículo en el “Scots Observer” con el siguiente título: “El 30 de mayo, la gran cena de las Damas Ilustradas Londinenses”. Era la época en que las mujeres, para darse algunos gustos personales, dependían de sus hombres, y éstos recelaban en conferirles esa prerrogativa. Estoy segura de que eran tiempos mejores que los actuales. Estábamos siempre temerosos de mostrar interés por lo que hacían los demás. Éramos tan inseguros de nuestro proceder, ¡si hasta sospechábamos que los mozos de los restaurantes y cafés eran periodistas camuflados!
 
 Amy Levy, que acababa de terminar su novela “Reuben Sachs” de valioso contenido histórico, (Amy también era una reconocida poetisa) tomó asiento delante nuestro, y con su delicado y soñador rostro oriental, se puso a fumar un cigarrillo. Supongo que había muchas dudas respecto a que, si era apropiado que una mujer fumara, aunque la opinión de muchos era contraria. Al menos esa noche los mozos pudieron comprobar que habíamos consumido muy poco champaña (tal vez hayan sido periodistas londinenses y se lo tomaron ellos).  Cuando la polémica llegó a su fin entre los que fumaban y los que no lo hacían, Alice no emitió opinión, y fumó como si lo hubiese hecho desde la cuna; era un encanto más que incorporaba a su personalidad; en cambio otras mujeres lo hacían para impresionar. 
 
En aquella velada quedamos hechizadas con una de las invitadas: Graham Thompson, cuya morena belleza contrastaba con el amarillo pálido de su vestido; también estaba Mona Caird que había dado un golpe bajo cuando se armó la discusión sobre su artículo “¿El matrimonio es un fracaso?” publicado en el “Daily Telegraph” ese verano. En ese tiempo los diarios entraban en la temporada de la estupidez porque el Parlamento no estaba sesionando. Había otras personas en aquella reunión que no voy a nombrar porque son totalmente desconocidas por la actual generación.
 
No recuerdo bien si era la noche que fuimos a la Cena de las Escritoras con Alice Meynell, pero el caso es que cuando salíamos del local, frente al Piccadilly Circus se estaba desarrollado un espectáculo que terminó en una gresca fenomenal. Gracias a Dios tuvimos la suerte de escabullirnos en un cabriolé que nos sacó de inmediato del lugar. Una de aquellas deplorables criaturas que llamábamos los “corredores de coches”, que felizmente desaparecieron de Londres, se colgó del carro que marchaba a toda velocidad y la policía a punto de dar con él. Recuerdo escuchar a Alice murmurar nerviosamente: “¡Ah, por favor no lastimen al muchacho!” en tanto hurgaba afanosamente en su cartera para darle algunas monedas.
 
Más adelante, mientras bajábamos por Regent Street, nos encontramos con el Ejército de Salvación marchando y cantando sus himnos. Decían algo así como “Me complazco con Su tristeza”. En ese tiempo era muy habitual y hasta inevitable, burlarse del Ejército de Salvación, que era observado por la gente agolpada en los costados de la calle, como una caravana circense.
 
“¡Oh!”  -exclamó Alice- “¡Siento como que debería bajarme y andar con ellos! ¡Están tan solos caminando por amor a Dios y luchando en este atribulado mundo del demonio y la carne!”
 
Aunque nunca me lo dijo, yo sabía que donaba a los pobres una gran parte de su vestimenta, quedándose únicamente con lo necesario. Lo más meritorio era que ese sacrificio no le resultaba para nada fácil de concretar, pero sin embargo lo hacía igualmente.
 
Durante todo ese verano hicimos varias excursiones.  Una vez fuimos al puerto y nos encontramos con un panorama desolador. Los obreros portuarios estaban de huelga y la miseria se había extendido. En otra ocasión almorzamos con una de las chicas de Yeats al s.s. “Clara” en Sligo, que pertenecía a la Asociación Pollexfens de la que era miembro activo su padre. Allí nos atendió su administrador, el señor Quinn, un marinero joven y agradable de ojos azules muy brillantes. El “Clara” estaba anclado debido a la huelga. También navegamos en lancha y tomamos el té con algunas monjas de hábito azul y blanco que pertenecían a la congregación de un pequeño convento ubicado a orillas del río. Estas eran los paseos que más deleitaban a Alice. Sin ninguna duda su destino la había convertido en una mujer intelectual, pero su naturaleza era amar la vida en la simpleza que da la libertad.
 
Cuando regresé a Londres casi cuatro años más tarde para mi casamiento, encontré a los Meynell imbuidos en “The Bodley Head” un movimiento literario en pleno apogeo, que promovía a nuevos poetas mediante la publicación de sus escritos en ediciones limitadas. Eran los años poéticos del noventa, cuando Francis Thompson había emergido y dejó de vender fósforos y cuidar caballos en los establos. Todos los poetas veteranos, así como los que surgían, eran promovidos por igual. Lo mismo sucedía con los ilustradores, aquellos que ya estaban y los que llegaban acompañados por los poetas. William Ernest Henley había iniciado esta práctica alrededor de 1889 cuando juntó a los jóvenes poetas en el “Scots”, -más tarde el “National Observer”. Eran tiempos de esplendor lírico. Se había fundado el “Rhymers Club” donde los poetas leían sus escritos que después editaban en colecciones. Entre ellos estaban William Butler Yeats, Lionel Johnson, Arthur Sumons, Ernest Dowson, Davison. También pasaron por allí Aubrey Beardsley, Laurence Housman y los Robinson; Rackham recién se iniciaba, y cada edición era más bella que la anterior. Este fenómeno sólo fue posible en un ambiente de una paz duradera.
 
El “Pall Mall Gazette” que dirigía Henry Cust, fue uno de aquellos periódicos que seguramente jamás existieron y me atrevería a decir, que jamás volverán a existir. Cust amaba la poesía y las artes en general. Juntó a todos los escritores afines a su proyecto, y él mismo escribía los editoriales con una brillantez extraordinaria, dándole a la literatura londinense un contagioso entusiasmo en cada uno de sus artículos. Era muy común ver a la gente en los trenes leyendo el “Pall Mall”, y se podía deducir fácilmente su nivel intelectual. Con la alegría dibujada en sus rostros, se podía observar cómo se pasaban el diario el uno al otro -entre compañeros de viaje- sugiriendo la lectura de tal o cual artículo, y sus lectores eran tanto hombres como mujeres.
 
Una de las características del diario era comentar experiencias personales.  En el encabezamiento todas las tardes aparecía un artículo escrito por una de las seis damas más destacadas del mundillo intelectual londinense. Este grupo tenía a su cargo la cobertura de la página, y una de ellas era Alice Meynell. Otro espacio del diario era el “Occ. Poem”, que se publicaba diariamente. Recuerdo cuando en el “Pall Mall Gazette” se publicaban los nombres de todo el staff, algo que a mí me pareció grandioso, pero pronto me desilusioné, cuando un hombre común me dijo que acababa de tomar unos tragos en un pub de Charing Cross Road con George Steevens y otros de estos superhombres. Por supuesto yo ingenuamente no le creí, aunque era una mujer mayor y casada. Recuerdo haberle comentado una vez a Alice que menospreciaba mis últimos años por haber sido tan tonta. Lo único que me contestó fue: “¡Pero querida K.T., eres tan joven! ¿Cómo puedes pensar así de ti misma?”
 
El “Pall Malla Gazette” le hizo a la literatura un gran favor al volver a incorporar a Alice a la poesía, obligándola a escribir su bella prosa. Era una maravilla cómo escribía, especialmente si tenemos en cuenta que estaba ansiosa por dejar de hacerlo.  Era, tal vez, una de sus abnegaciones. Sin dudas fueron Henley y Henry Cust los que insistieron en que volviera a escribir. Coventry Patmore y Meredith la aclamaban. Francis Thompson escribió poemas exclusivamente para ella, con lo que podría imprimir un volumen. 
 
Esos años fueron exitosos, aunque tal vez para ella, sea no sea la palabra apropiada, porque nunca hubiera sido exitosa. Su bajo perfil y ese particular abatimiento que mostraba, semejante al cansancio de un anciano, eran sin dudas un impedimento para considerarla una escritora triunfadora. En esa época visitó América, donde fue muy bien recibida por los escritores e intelectuales más encumbrados; y desde entonces fue amada por todos los americanos y muy especialmente por las mujeres. Pero ese invierno tuvo un contratiempo a causa de la gran nevada, que la obligó a permanecer en San Francisco durante las Navidades. Fue impensado para ella que un temporal de nieve le impidiera volver a Inglaterra. Se sentía tan sola lejos de sus seres queridos, que dijo haber visto a Wilfred y a sus hijos. Seguramente sus ansias por estar con ellos, hizo que viera visiones en sus sueños.
 
Durante todos esos años la he visto sentaba en la biblioteca de Palace Court escribiendo sus artículos. Quien los haya leído, seguramente pensará que los escribió cómodamente sentada en un lugar silencioso y apacible. Nada más alejado de la realidad. Nunca tuvo un lugar exclusivamente para ella; seguramente tampoco lo quiso. Es que su vida estaba llena de actitudes y renunciamientos como éstos. Trabajaba en la biblioteca, una habitación placentera, como eran todas las de los Meynell, pero era la sala mayor de la casa y estaba permanentemente colmada de visitas. Siempre trabajó -a mi juicio- muy incómoda, con gente hablando a su alrededor, sentada en una silla incómoda; con abrigos, bufandas y chales sobre el sofá de gente que entraba y salía continuamente, y ella con su sombrero puesto. Debió haber tenido un gran poder de abstracción, aunque escuchaba todo lo que acontecía a su alrededor, porque una vez cuando alguien estaba hablando extravagancias, ella se dio vuelta al instante y dijo: “Querida, dales a las palabras el valor emotivo que realmente tienen” e inmediatamente volvió a su mudo hermetismo.
 
Los recuerdos más felices para ella han sido los que compartía con su ahijado, una criatura de cinco años y un imparable hablador. Estuvieron durante un almuerzo hablando permanentemente entre ellos. El niño debió haber hablado más, porque cuando ella le respondía él decía “¡Escúchame!” Se rió durante todo el almuerzo y era realmente delicioso escucharla y verla tan feliz.
 
Alice era una criatura virtuosa, muy delicada. Rara vez comía con ganas. Había un poema mío que a ella le gustaba porque -decía- le abría el apetito. Creo que debió ser aquél que titulé: “El jardinero” que se publicó en el National Observer. Solía escuchar con atención mis comentarios sobre lo que había comido en mi desayuno, con los variados gustos de una buena merienda y a su ahijado que le contaba lo que había comido en un cumpleaños. Todo eso la llenaba de gozo y lo único que atinaba a decir era: “Toby, no me digas que te tomaste once helados. ¡Once! ¿Estás seguro?”.
 
Cuando dejó este mundo, lo que más lamentaba era abandonar sus afectos, a los que estaba tan ligada. Ninguna mujer ha despertado tanta admiración y devoción como ella. Su esposo, poseedor de un talento y estilo literario tan bello como ingenioso, eligió refugiarse bajo su sombra. Tenía una gran devoción por todo lo que la rodeaba y que la sostuvo durante toda la vida. Diré que me siento muy feliz porque las virtudes que le fueron dadas, las usó con justicia y en el momento oportuno.
 
Ahora comprendo cuán inmerecido sería todo esto, si no reflejara su verdadera personalidad; pero sería doblemente inmerecido si no hubiese ni luces ni sombras en su vida. La gente podrá preguntarse si no tenía faltas. Es que era tan humana como todas las criaturas de este mundo, y siempre hacía hincapié en que era tan frágil y pecadora, como San Pablo. Tenía una ligera sinrazón y animosidad irritante. Pero esas faltas jamás aparecían a la vista, porque en realidad, era una santa; y es que, si no lo fuera, seguramente hubiera sido una mujer intelectualmente intolerante. Ciertamente muchas veces se podía percibir que podría tratarse de una mujer arrogante, si no hubiera sido una santa. Por naturaleza, muchas veces no podía tolerar lo que ella llamaba “lo barato y trivial, lo fácil y lo hecho rápido”, pero tenía una manera muy particular de manifestarse en esos momentos: inclinaba su cabeza y en silencio lo aceptaba con humildad. Por ejemplo, no podía tolerar a Francis Thompson hablando de sus cosas personales, y sin embargo aguantaba en silencio las densas e interminables alocuciones del pobre poeta.
 
Había renunciado a muchas cosas y abandonarlas definitivamente. No me caben dudas de que hubiera sido una política absolutista, porque era una mujer orgullosa y patriótica, con un sentido cabal sobre las falencias y fracasos de los ingleses, sin distinción. No le gustaba que usaran la palabra “un-English” (no-inglés), como solía aplicarse en el sentido de que todo lo inglés era mejor que lo demás, lo que despertaba su repulsa. Aun así, con toda la apertura que tenía por otras lenguas y culturas, sentía en su sangre una especial atracción por los discursos foráneos, aunque sé muy bien que era netamente de raíz inglesa. Sin embargo, su santidad la contenía, a pesar de ser una mujer dominadora. Aprendió a amar a los pobres y oprimidos. La natural aristocracia de su persona se volvió democrática. En cierta manera debo decir que era una sufragista incoherente, porque el sufragismo es militancia y ella no lo era. Se había despojado de todo tipo de violencia, pero en alguna parte de su intimidad, la arrogancia contenida estuvo latente hasta el final.
 
Tenía varias teorías en su adolescencia. Una vez, cuando la hidrofobia todavía no era posible prevenirla, creyó oportuno publicar un artículo en el “Daily Chronicle” en el que manifestaba que, si dependía de su decisión el apretar un botón para matar a un perro con hidrofobia para la salvar la vida de un niño, lo haría sin titubear.  Debo decir que muchos de los dueños de perros se indignaron, pero siendo ingleses, guardaron silencio. Siempre se había mostrado indiferente a los perros, pero se manifestaba tolerante y comprensiva con aquellos que amaban a los perros. Nunca llegó a comprender lo que significaba para mucha gente el amor por los animales, y si lo hubiese llegado a comprender, seguramente también hubiera escrito un artículo sobre ello, pero sin abandonar la teoría de apretar el botón si fuese necesario.
 
La guerra la deprimió terriblemente y la agonía de su aflicción se expandió hasta su corazón. No sé si rechazó levantarse desde aquel día de 1914. Tal vez por ser una mujer amorosa, percibió el final. No pudo soportar que miles de jóvenes fueran enviados a la muerte. Nadie ha escrito cosas más terribles sobre la guerra, en la que tan indignamente fue abatida aquella juventud. Todavía escribía espléndidamente. Su intelecto siguió creciendo. Escribió poesía en la que cada línea era medida con el pensamiento, exigiéndole una respuesta al lector. Su más exquisita poesía fue escrita durante los años de la guerra. Había llegado a la cúspide de la perfección en un arte que siempre fue reverenciado por los poetas, para quienes lo fácil y trivial no podía siquiera rozar su escritura. Con el inicio de la guerra, su cuerpo entró al sepulcro y no regresó jamás.
 
Para mí fue la mujer más hermosa que jamás haya conocido. Estoy apenada porque ningún gran pintor retrató ni siquiera su rostro para la posteridad. Sargent la dibujó y la presentó más alta de lo común.   Era porque estaba dibujada hacia arriba, como una llama. Un día, cuando juntas pasamos frente a un espejo, comprobé que éramos de la misma estatura. Me pregunto cómo Sargent pudo haberse contenido de pintarla, o si tal vez no se atrevió a hacerlo.
 
“I think Nature hath broke the mould.
Whence she that shape did take”.
 
Literal:
 
“Creo que la naturaleza ha roto el molde
Y ella esa imagen tomó”
 
escribió el poeta Isabelino. No ha quedado otro rostro en el mundo, ni una voz que lo acompañe. Hay unas insinuaciones de ella en “Ring and the Book”, en la descripción que Caponsacchi hace de Pompilia. Tal vez haya sido su rostro más italiano que inglés.
 
Las bondades de la creación siempre nos regalan cosas buenas. Recuerdo haberla visto como si todavía estuviese en este mundo, deslizándose a lo lejos entre las sombras de los árboles. Pero esto suele suceder con los muertos, siempre vuelven. Jamás había brillado tanto como ese día; era todo amor y ternura, pero ella descansaba en la eternidad y yo la había visto en la tierra. Recuerdo que su figura frágil y brillante se volvía para saludarme una y otra vez mientras se alejaba, sabiendo que jamás volveríamos a vernos en este suelo terrenal.
 
Estando en Colonia, una noche me desperté súbitamente en la oscuridad; era a principios de noviembre y estaba soñando con ella. Recuerdo haberle dicho en el momento de la partida, cuando uno se saluda con otra persona sabiendo que tal vez no vuelva a verla nunca más: “Cuando regrese de Colonia, te traeré un hermoso frasco de perfume”.  Al día siguiente alguien viajaba a Inglaterra y creí que no debía esperar hasta que yo regresara, de manera que le encargué a un empleado que me comprara la botella más grande que pudiera hallar y se la entregara a quien la llevaría a Inglaterra. Más taarde mi mensajero regresó con la noticia de su muerte. Yo ni siquiera sabía que estaba en agonía.
 
“Esta no es una tragedia: Estoy feliz”, dijo antes de expirar. Fue su último mensaje para todos aquellos que la rodeaban. Le diremos a ella lo que Cowley le dijo a Crashaw en el cielo:
 
“Thou need’st not make new songs but sing the old”.
 
Literal:
 
 “No necesitas componer nuevas canciones, canta las viejas”
 
“El amor más hondo y la veneración más profunda”, ese fue el tributo de su hermana. Todos los que la conocimos descansamos en ese epitafio. No hay nada más que añadir.
 
 

MEYNELL, ALICE (THOMPSON) -  1847 en Barnes, Londres  🕈 1922 – Poetisa y ensayista hija de Thomas James Thompson, amigo de Charles Dickens. Pasó la mayor parte de su juventud en Italia, donde se convirtió al Catolicismo Romano en 1872. Escribió muchos ensayos religiosos, entre ellos “Los preludios” (1875) que fue su primera colección de las poesías y que fueron ilustradas por su hermana mayor Elizabeth (la señora Elizabeth de Butler, 1850-1933 casada con el artista sir Guillermo Butler).


Alice contrajo matrimonio en 1877 con Wilfred Meynell (§ 1852 W 1948) fundador y editor del diario católico “Merry England”, con el que ella colaboraba asiduamente. Los Mynell tuvieron ocho hijos, entre ellos Francis Meynell (§ 1891 W 1975) poeta y editor.
Los Meynell contrajeron una sólida amistad con Francis Thompson, quien la entusiasmó para que publicara sus trabajos. Más tarde se convertiría en una de las principales figuras en la Liga de Mujeres Escritoras que permaneció activa entre 1908 a 1919 y que fuera fundada por Cicely Hamilton.
Una edición completa de las obras poéticas de Alice Meynell fue publicada en 1923. Su poesía, caracterizada por dominar emociones religiosas, incluye “The Shepherdess”, “A Letter from a Girl to Her Own Old Age” y el soneto “Renouncement.”The Rhythm of Life” (1893) y “The Second Person Singular” (1921) están entre sus cuantiosos libros editados.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

[1] N.del T.: era católica conversa

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