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sábado, 1 de marzo de 2025

JOHN y ELLEN O’LEARY

 LA VIEJA GUARDIA INTELECTUAL

En 1887 John O’Leary regresó a Dublín después de veinte años de exilio. Había sido sentenciado a trabajos for-zados tras haber participado en el Fenian Rising de 1867. Convicto durante cinco años en Portland, jamás habló de su cautiverio. En ese silencio se infería una larga agonía interior, como si buscara afanosamente desechar aquellos años de su vida.  Espiritualmente estaba intacto; diría que su alma era como una estrella que brillaba en medio del infierno. 
Después de cinco años fue liberado, pero no se le permitió volver a Irlanda hasta que se cumplieran los veinte de condena. Durante los quince años restantes vivió en París, donde compartió su alojamiento con James Whistler y George Du Maurier. Llegó a ser una figura muy popular entre los parisinos, especialmente entre aquellos habitués a los cafés de los Boulevards. Los franceses lo amaban y conocían su lugar favorito, el “Café au Laiterie”. Era tan popu¬lar que le inventaron un jingle “Au contrairé John O’Leary”.
Como he dicho, los franceses tenían por él una especial admiración. Es que su presencia era espléndida; sus fac-ciones aguileñas con esa mirada brillante y esos cabellos ondulados y negros le daban un aspecto bello y saludable. Eran tiempos de euforia en la Irlanda moderna, donde se veía a esos jóvenes idealistas de rostros pálidos y facciones lánguidas, sentirse gigantes ante los cambios que se venían, aunque fuesen para peor.
Seguramente John O’Leary se habría calificado a sí mismo como un hombre de mundo; entonces uno puede com-prender por qué los parisinos se desternillaban de risa con su perorata, aunque seguramente no serían capaces de do-blegarlo -los imagino tratando de hacerlo- porque John no era de hacer concesiones. Podían bombardearlo con pregun-tas y hacerle infinidad de cuestionamientos, pero nunca afectar su dignidad, más bien la agrandaban. No puedo ima-ginarlo contando su propia vida, tan amplia y rica. Tampoco lo imagino escuchando los halagos que le prodigaba la gente común, sin que se ruborizara. Podía reírse sin disimulos, inclinando su cabeza hacia atrás y desplegando sus cabe¬llos largos, pero no más allá de lo aceptable.
Su hermana era tan extraordinaria como él, hasta diría que era su doble por la increíble afinidad que tenían. Ella también pertenecía al partido Feniano y era la encargada de llevar los mensajes y hacer cuanto estaba a su alcance por la causa. Durante los veinte años de ausencia de John, Ellen no dejó pasar un solo día sin recordarlo. Sus dulces y simples poemas se referían solamente a él. Nunca supe si hubo otro hom¬bre en su vida, pero no creo que lo haya habi-do. Era naturalmente una doncella. Cuando John salió de prisión, sus cabellos negro azabache se habían tornado gri-ses; en cambio ella, aunque seguía manteniendo sus sueños juveniles, había perdido su lozanía.
La figura delicada de Ellen, sus modales suaves y el espíritu sereno que irradiaban esos ojos luminosos, eran iguales a los de su hermano. Creo que ella lo visitó varias veces en París, pero no se mudó a Francia, permaneció en su casa en Tipperary.  John por su parte se mantuvo soltero mientras vivió en París.
Ellen, que era una católica muy devota, seguramente no se consideraría una mujer de mundo. En cambio, John, supongo, se hubiera auto calificado como un libre penseur. Tenía grandes diferencias con la Iglesia, aunque moriría finalmente en sus brazos como lo que era, un alma naturalmente cristiana.  No hubo nunca ninguna diferencia entre ellos en este punto. Supongo que ella intuía que semejante alma como la de su hermano pertenecía a la Iglesia Invi-sible, la que él practicaba a la imagen del Dios que la creó.
Ella jamás hubiera hecho una broma impropia, aunque tenía su propia comidilla. En cierta ocasión me reprendió por haberme expresado con vulgaridad al decir de la tetera “la olla panzona”. Sin embargo, solía hacer comentarios de algunas señoras que enmudecían a toda la mesa; como también contar historias sorprendentes de la vida estu-diantil en París; que tal vez se las contó su hermano, aunque me cuesta creerlo, de otro modo no sabría decir de dónde las sacó. Y eso que en Irlanda no éramos muy sueltos de lengua, especialmente cuando se trataba de hablar sobre temas que, aún indirectamente, tuvieran relación con el sexo. Por eso no me cabe ninguna duda que ella también entu-siasmaría a los parisinos.
Amé a John más que a Ellen y creo estar en lo cierto si digo que ella siempre sentía en su interior un cierto re¬celo hacia mí. En aquellos años yo era bastante frívola y no tenía el grado de patriotismo que ella pretendía. Tal vez creyó simplemente que no lo tenía o quizás no lo percibía. Una vez escribió un poema en el que decía que mis ojos azules y cabellos dorados eran Irlanda, lamentando que mis cualidades apuntaran hacia otro lado. Creo que se debió a que logré un horizonte con mayores oportunidades para mí, que luego beneficiarían a Rose Kavanagh, la mujer que fue su ideal en la juventud. Naturalmente, Rose tenía una relación más estrecha y firme con Irlanda, que nunca abandonó sino una sola vez, lo que fue suficiente para destruirla.
Creo que Ellen temía que mi incursión en otros ambientes fuera de Irlanda, además del incremento del círculo de mis amistades y, por supuesto también mis éxitos, privarían a Irlanda de todo aquello que yo podía darle.
Rose Kavanagh y yo teníamos alrededor de veinte años, y Ellen rondaba los sesenta, pero nos trataba como si tu-viéramos su misma edad. A Rose esto no le agradaba en lo más mínimo, porque -según me dijo en cierta ocasión- Ellen la hacía sentirse tan vieja como el gato de Matusalén. Tal vez porque perteneció a una época en que las chicas se casaban a los dieciséis, y las que no lo hacían llegaban peligrosamente a los veinte o veinticinco y se quedaban para “vestir santos”; o quizás también porque tenía una especial devoción por Rose, aunque conmigo, como lo he dicho, su afecto era más bien crítico. Sin embargo, a las hermanas Sigersons, que eran menores que nosotras, las trataba con el afecto que ella era capaz de darle a los más jóvenes. Dora Sigersons tenía un par de años menos que nosotras y Hester alrededor diez. 
Por otro lado, John O’Leary era muy afectuoso conmigo, y así lo demostraba abiertamente, sabiendo que su her-mana sentía lo contrario. Era una manera de darse un pequeño lujo masculino. Una vez le dije que si yo fuese una Romanoff tomaría todo mi dinero, abandonaría todos los reinos de Rusia y compraría una granja en la campiña de Inglaterra donde hu¬biera paz y tranquilidad. Ellen me miró horrorizada. “No podés abandonar tus obligaciones y mucho menos tus res¬ponsabilidades de esa manera Katharine” me dijo. 
Con el mismo espíritu objetó un poema de Rosa Mulholland en el que Sarah Curran, el amor frustrado de Robert Emmet (9), estaba celosa de Irlanda, a la que consideraba su acérrima rival, porque obstaculizaba la felicidad de la pareja. En cambio, su hermano John, consideraba acertados los intervalos que cada cual se imponía entre la actividad política y la privada. Cuando comprendí esto, cada vez que oía alguna expresión desafortunada al respecto, esperaba ver un guiño suyo y oír su risa alocada antes de un efusivo: “¡Santo Dios de los cielos, no tenés moral!” 
Recuerdo la vez que Ellen me visitó en Whitehall. Cuando abrí la puerta la encontré mirando candorosamente a la pequeña hija de Dan Kinsella, el mayordomo de mi padre, que estaba parada en el umbral con un gatito en sus brazos.  “Muchas señoras darían cualquier cosa por tener uno igual” dijo ella.
También puso reparos en una dulce historia de Rosa Mulholland, que cuenta sobre una niña pobre de la servidum-bre, que se había enredado en malas compañías e inducida a hurtar. Finalmente, la joven recompuso su vida y logró salir de la miseria. Cuando iba camino a la gran ciudad, el hijo de un granjero ofreció llevarla en su carro. Los jóvenes se enamoraron y vivieron un hermoso idilio que terminó en casa¬miento. Ellen O’Leary dijo sencillamente: “No refleja la realidad de la vida. Un granjero irlandés no se casaría nunca con una chica como ella; un granjero inglés, tal vez sí.” Eso tenía un claro tufillo a censura. Pero, como he dicho, eran tiempos de grandes cambios y de mucha mediocri-dad; los granjeros, aún los más jóvenes, daban su vida por la tierra que trabajaban, pero la sociedad solamente tenía en cuenta las virtudes de la gente según su posición social. Si un joven se casaba con una mujer venida de América con su bolso lleno de dólares, aunque fuera vieja, fea e imposibilitada de tener hijos, seguramente sería considerada una mujer de infinitas virtudes. En cambio, si un joven granjero se uniera con una joven sirvienta que por distintas circuns-tancias de la vida hubiera delinquido, la rechazarían sin contemplaciones.
Los O’Leary habían montado un pequeño salón literario en Dublín. Ambos eran muy amantes de los libros. John vi¬vía inmerso en ellos. En cada mesa o silla había libros; también en los estantes y hasta en el piso. Estaban dispersos por toda la sala, en el dormitorio, las escaleras y los pasillos. John era extremadamente generoso. Si uno estaba escri-biendo algo y necesitaba consultar algún libro, o simplemente leerlo, no había más que tomarlo. Creo que jamás le importó si los recuperaba, porque consideraba que el que se los llevaba era suficientemente consciente para devolver-los.
Ellen había escrito unos cuantos poemas muy hermosos, que reflejaban la nobleza de su alma. En algunas ocasio-nes lograba darles el verdadero toque juglar, y uno o dos pudieron haberse igualado a las canciones menores de Burns. Sin dudas carecían del encanto que sabía darle Burns a sus country songs, pero eran versos simples, expresados con sentimientos nobles y sinceros.  Muchos eran encantadores, pero seguramente eran demasiado “domésticos” para el gusto de una juventud controvertida. Recuerdo que había escrito un poema sobre dos perros, uno que era una belleza “mal criada” y el otro un viejo y fiel amigo. La merienda del perro mal criado consistía en: 

“Rich roast duck, a wondrous treat,
“And Piggy’s succulente sweet meat.”
Literal:
“Un rico pato asado, un gran convite, 
 y una suculenta chuleta jugosa de cerdo”

A juzgar por la cara que puso Dora cuando los leía, diría que se indigestó. 
Volviendo a los sencillos versos que escribió Ellen en su niñez, había uno referido a su hermana menor, la que ha-bía fallecido hacía mucho tiempo y por quien sentía gran adoración. En él decía que después de haberle dado a un mendigo algunas papas frías, la única ayuda que podía ofrecer la casa ese día, corrió tras él para preguntarle:
“¿Te gustaría una pizca de sal?”
Había algunos versos que le arrancaban una mueca a Frances Wynne. Debo admitir -y decirlo también- que en nuestro tiempo -el de Frances y el mío- ningún mendigo en Irlanda, hombre o mujer, aceptaría esa limosna. Había que tener coraje para ofrecérsela. 
Por supuesto, estos ejemplos no son objetivos, pero los menciono para mostrar la simpleza e inocencia de Ellen. 
El movimiento literario, del que hablábamos con tanta grandilocuencia durante el Renacimiento Irlandés, ya se había iniciado. A la poesía irlandesa, con muy pocas excepciones, le demandó mucho tiempo expresarse por sí misma en inglés. Muy pocos hombres, como Edward Walsh, Jeremiah Joseph Callanan, y Samuel Ferguson, supieron traducir su irlandés al inglés, pero nada pudo ser más inexacto que la corriente que provino de los escritores del ’48 Movement, que se sentían satisfechos con sus retóricos y rimbombantes versos. Por supuesto, hago una excepción del genial James Clarence Mangan, quien, aun habiendo escrito menos de media docena de versos, eran mejores o iguales a “Dark Rosaleen”; los restantes, eran más bien rebuscados.
Por supuesto, hubo poetas que mantuvieron tradicionalmente su estilo personal. Entre ellos: Samuel Ferguson; Wil-liam Allingham; Aubrey Thomas de Vere; John Todhunter. Los jóvenes poetas en cambio tuvieron mucho que apren-der en el arte de la escritura, porque se estaba imponiendo el inglés que se adaptaba con mayor facilidad. Entonces la educación comenzaba a extenderse entre la gran mayoría de católicos irlandeses que por razones económicas no po-dían educarse en el extranjero y que en Irlanda era prohibitivo. 
William B. Yeats), era el alma de ese movimiento. Su poesía era puramente irlandesa, sin embargo, íbamos a su es-cuela para aprender a escribir poesía inglesa. Codo a codo trabajaba con él Douglas Hyde, para rescatar el lenguaje y espíritu gaélico. “Deludherin’ Douglas”, como lo llamaban sus amigos, con su cabello negro lacio, sus modales tan compradores y la delicadeza de su lenguaje, solamente pudieron provenir de Connaught, aunque debió tener un com-plemento de origen inglés. Además, había un numeroso grupo de jóvenes novelistas y poetas, estudiantes y teosofistas, políticos y pintores. También los había de mediana edad y mayores. 
Los O’Leary aceptaban a todo el mundo por igual. Los intelectuales del movimiento The Unionist Irish empezaron a olvidarse de la violencia popular de la Land League y se mostraban melancólicos al recordar lo que habían amado tanto, aunque nunca dudaron que lo mejor para el movimiento era ser “la novia díscola del próspero vecino de la otra puerta”. Estos Anglo - irlandeses tenían añoranzas por las rebeliones irlandesas, tal vez porque nunca tuvieron éxito, pero les encantaba hablar con altivez sobre las “altas traiciones”. Y como es sabido, siempre es más fácil amar una causa perdida. Los O’Leary, en cambio, eran de aquellos rebeldes que no amenazaban a los Unionist con afabili-dad. Muy por el contrario, lo hacían con la firmeza de sus convicciones.  Hasta se dijo que se “negociaron” algunas cosas con John O’Leary, considerando que representaba al Fenianismo, pero no fue más allá.
En cuestiones políticas no había nada por hacer entonces, de manera que en nuestras reuniones el Arte y la Litera-tura eran los temas sobresalientes.
Otra gente siguió el ejemplo de los O’Leary, y en poco tiempo había alrededor de media docena de casas donde los “hacedores”, como la vieja palabra inglesa los nombra, teníamos un lugar para reunirnos. Incluso mi propia casa estaba disponible para nuestros encuentros de los domingos. Los muchachos se sentaban en el suelo alrededor de John como si fuesen sus alumnos, muchos de ellos salidos de las filas de los movimientos Unionista y protestante. Nada podía complacerlo más, por cuanto sus discípulos disfrutaban de la extraordinaria inspiración catedrática de su maes-tro.  
Como lo he dicho antes, el hogar de los O’Leary estaba abierto a todos sus amigos, incluso para quienes no partici-paban del salón literario. En muchas ocasiones la noche me sorprendió en Dublín, entonces me alojaba en las casas de mis amistades; algunas veces en la de los O’Leary, otras en lo de la familia Yeats. Muchas veces fui con Willie a visitar a los O’Leary y siempre fuimos bien recibidos. 
Entre Ellen y Yeats había una tierna amistad. Ella lo amaba cual una madre, porque Willie era joven y medio en-clenque, y porque no sabía cuidarse a sí mismo. Él nunca se acordaba si había desayunado o merendado, aunque no se sintiera bien. Lo mismo le daba estar desabrigado o abrigado en exceso; tener toda la ropa mojada y no quitársela, o tener un agujero en sus zapatos y no prestarle atención, aunque se congelaran sus pies.  Todo este desamparo o des-cuido de Yeats la preocupaban, como también la preocupó más tarde Lady Gregory. Por otra parte, además de ser naturalmente más gentil con un hombre que con una mujer, no se desentendía de estas personas que no sabían valerse por sí mismas; tenía una amplia y natural predisposición para socorrerlos con total libertad, lejos de las pequeñas ren-cillas triviales que solían originarse en el ambiente.
Los O’Leary tenían una empleada doméstica proclive a quedarse con lo ajeno y adicta al trago. La primera vez que se descubrió su adicción fue una noche cuando abrieron una botella del famoso Guinness’s XX para Willie. La botella estaba llena, pero de agua y prolijamente guardada en la estantería. Intrigados se pusieron a revisar las demás botellas y comprobaron que estaban todas en las mismas condiciones. 
No recuerdo bien si esa misma noche o en otra ocasión, Willie había dejado su saco en el perchero a la entrada de la casa, con un cheque de cinco libras que acababa de cobrar por un trabajo literario. Cuando regresó a su casa no tenía más el cheque. 
A nadie se le ocurrió hacer la denuncia ante las autoridades y creo realmente que Willie compensó la pérdida de su dinero con su deseo compulsivo de tomar y sentir exactamente la pasión de un ebrio. Se interesó tanto en esta cuestión que se olvidó del dinero perdido, aunque cinco libras en aquellos tiempos no eran para despreciar y debió privarse de algunas cosas que hubiera querido comprar.  Tampoco tenía sentimientos que pudieran expresar su perdón. No tenía ni odio ni rencor, tan solo veía el hecho como algo ajeno y distante.
Para John O`Leary lejos habían quedado aquellos tiempos de juventud romántica y soñadora, donde guardaba la única historia de amor limpia y hermosa de su vida. Estaba perdidamente enamorado de la misma chica que su más íntimo amigo amaba. La joven, que no se atrevió a rechazar a ninguno de los dos, optó silenciosamente por recluirse en un convento. Alguien le contó la historia a Rose Kavanagh, que una vez le preguntó a John si había sufrido mucho. Él echó su cabeza hacia atrás para no mirarla. “Por mucho tiempo creí estar en el infierno”, dijo simplemente y jamás volvió a hablar del tema.
Ese infierno no lo había quemado; tampoco lo había hecho el infierno causante de su desdicha, ni el de su prisión. Él seguía teniendo esa fina y espléndida candidez que enternecía a las mujeres. También los jóvenes lo admiraban; en cambio los hombres mayores, especialmente los que tenían tendencias predominantes, no lo estimaban tanto. Creo que entre mi padre y él no había mucha simpatía. Si había algo que no le interesaba o no le agradaba, no aparentaba lo contrario; expresaba su pensamiento sin titubear, por lo que muchas veces se lo consideró descortés. Es que todas las cosas bellas que tenía provenían de su corazón. Despreciaba las idioteces y a la gente superflua en general, y en Irlanda somos muy propensos a ser demasiado complacientes con la estupidez. Una opinión hueca expresada en su presencia provocaría de inmediato el rugido de un león. Entonces exclamaba: “¡Santo Dios de los cielos! ¿De qué demonios estás hablando? ¡Tienes una ignorancia total sobre las cosas que acontecen bajo el cielo!” Naturalmente, mucha gente no lo veía como nosotros. 
Jamás fue arrogante con las mujeres, o con sus discípulos. Tenía un terrible desprecio por el oportunismo político y por quienes faltaban a la verdad en cualquier circunstancia. Poseía sentimientos profundos respecto a la dignidad de las personas, e impaciencia por reivindicar a los desposeídos. Se ofuscó mucho con William O’Brien, por las discusio-nes pueriles que entablaba con sus carceleros sobre el uso de la ropa de prisionero. “O`Brien y sus breeches” era la frase que usaba con fastidio cuando se refería a ciertas circunstancias en las que se pretendía convertir un tema trivial en un hecho grave, dando a entender con gestos elocuentes que él también había usado el grotesco uniforme carcelario durante cinco años y jamás había hablado de esos años de intolerancia.
A pesar de todo, tuvo la suficiente humildad para acercarse como discípulo a Sir Charles Gavan Duffy, un anciano del grupo de los ’48. Fue un gran honor para Rose Kavanagh, Stephen Gwynn y para mí, que nos llevara al Shelbourne Hotel para presentarnos a este gran hombre. Sin embargo, en ese momento no pensé que hubiera mucha semejanza entre ellos. 
Tal vez John O’Leary lo sabía mejor que yo, pero Ellen fue la que me dijo, mucho tiempo después de mi primer en-cuentro con ella y su hermano en el estudio de Yeats, que debía olvidarme para siempre de un comentario crítico que hice respecto a la opinión de Sir Charles Gavan Duffy sobre mis primeros poemas. Creo que la opinión de Sir Charles al Padre Russell tal vez no haya sido muy complaciente, pero al mismo tiempo pienso que no lo hizo con la intención de herirme y mucho menos que lo supiera, más bien era un comentario privado; además creo que tenía razón cuando afirmaba que mis trabajos habían sido exageradamente ponderados. De todos modos, fue muy cordial conmigo des-pués de ese encuentro en el Shelbourne Hotel, a tal punto que me envió un hermoso ramo de flores para las Navidades siguientes.
No me imagino haberle dicho algo tan terriblemente a Ellen como para tener que olvidarme para siempre del tema. Pero en Irlanda las cosas son así; siempre esperamos que nuestros amigos acepten todo lo que decimos o hacemos, porque de lo contrario lo consideramos un agravio.
Cuando uno ve las fotografías de los padres de los O’Leary, enseguida descubre sus orígenes. Nunca supe cuál era la profesión de este fino caballero de facciones aguileñas, mirada dominante y cabellos lacios pelirrojos, que con una fina camisa y levita de faldones abiertos color verde y bolsillo de reloj en su chaleco, se encontraba en aquel retrato.   Ciertamente no era un granjero ni un comerciante. Su cónyuge igualmente distinguida, con un magnífico sombrero de encaje con tocas que caían sobre su vestido de seda negro, delataba el origen de personas muy importantes. Estimo que debió haber sido doctor, título que John había intentado obtener como su hermano Eddie, antes que los Fenianos lo entusiasmaran para ingresar al movimiento. Debieron provenir de la mejor clase media alta.
John tenía una imprevisible admiración por Inglaterra. Recuerdo una noche en la que, estando sentados a la mesa del Dr. Sigerson, repentinamente dijo:” Nunca podremos ser como los ingleses. Lo mejor que podemos aspirar es pare-cernos a los franceses.” Como no fue un sentimiento muy ortodoxo para ese círculo, el Dr. Sigerson, haciendo uso de su fina humorada, le respondió: “¡Fuiste siempre un West-Briton (Británico del Oeste) O’Leary!” Entonces John echó su cabeza hacia atrás y con una carcajada exclamó: “¡Santo Dios! ¿¡Yo!?”.
      Aquel círculo tan ameno duró poco. Tal vez hayan sido los dos mejores años de esa época. Entre mayo y septiem-bre de 1889 disfruté de los mejores momentos en Inglaterra, la mayor parte del tiempo con los Meynell. Regresé justo para ver por breves momentos a Rose Kavanagh antes de que partiera en aquella trágica expedición al sur de Francia, de donde retornó para volver a Tyrone y aguardar su final. En ese otoño murió Ellen O’Leary.  Una enfermedad mor-tal se llevó consigo toda su belleza. La familia Yeats se había mudado a Londres para estar allí antes del verano. Tan-tos hechos desgraciados, motivaron la disgregación.   
A John la muerte de su hermana le produjo un gran vacío, pero era muy humano y consciente sobre lo ocurrido, de manera que aceptó la ayuda y el consuelo de sus amigos que lo socorrieron en aquellos momentos tristes. Tengo en alguna parte las hermosas cartas que me escribió sobre su hermana. Él se había sostenido y reconfortado con un escri-to que le envié al respecto, en el que le recordaba el amor noble que ella le profesó. Al menos le ahorró a ella el sufri-miento de su muerte.
A John le vino muy bien el conflicto que se planteó con Parnell, porque lo obligó a volver a la arena política. “Los hombres de la colina”, como llamábamos a los Fenianos, representaban la voz magnánima en la política de aquellos días. El señor Parnell había estado en contacto con ellos más que nunca y a la hora de ser “arrojado a los lobos” los de la Land League lo perdonaron. Cualquiera de nosotros en esos momentos estaría con los hombres de la colina antes que con cualquiera otra opinión pública. Al respecto John O’Leary exclamó indignado: “¡Santo Dios de los cielos! ¡Cuando les abría las mentes y luchaba por la restitución de los derechos en Irlanda, todo el país estaba con él; aho-ra que se trata de una cuestión puramente personal, ¡todos están contra él!”
Durante ese año, entre “exultaciones y agonías”, había otro interés más allá de la literaria y el arte, que nos man-tenía unidos. Ahora los encuentros de los domingos en Whithall eran apasionadamente políticos; afortunadamente todos coincidíamos en nuestras ideas, pero había mucha inquietud por el fuerte anti-parnellismo que se había instala-do en el círculo. Los sacerdotes nos abandonaron por entonces, o nosotros los abandonamos a ellos. John estaba en el medio de estas fogosas discusiones, con la serenidad de estar comandando un torbellino. Sus razonamientos eran mu-chas veces inesperados y sorprendentes. Todos los trabajos pomposos que salían de la “Land League” eran una crítica para John, que siempre se refería a los héroes del día cuando aparecía algún nombre con el calificativo peyorativo de “un fulano agricultor”. 
Recuerdo el día que se despachó diciendo que el Cardenal Manning, era un hombre de escaso nivel intelectual, porque era un abstemio total y aconsejaba la continencia absoluta. Luego contó su propia experiencia, y recordó que cuando tenía alrededor de siete años, un anciano amigo de la familia, estando sentado a la mesa, y delante de su pa-dre, le sirvió una copa de punch; ante la objeción de su padre, el anciano le dijo solemnemente: “O’Leary, este mucha-cho va a vivir para maldecirte algún día si no le moldeas la cabeza ahora que es joven.”  Verdaderamente era cierto que la cabeza de John O’Leary nunca fue moldeada. Si tomaba algo que fuera un poquito más fuerte que el té, se descomponía.
Todos nos reímos con la breve descripción del Cardenal Manning, estando a la mesa Archibald Nicolls, un alto ofi-cial militar y un buen irlandés muy Parnellista, que lideraba una organización destinada a ayudar a los alcohólicos: “Total Abstinence Movement in Dublin”. La nerviosidad de John se dibujó en su rostro a causa su desafortunado desliz, pero no se retractó, y aunque se las arregló para que no se tomara su evaluación como una ofensa al prelado, siguió sosteniendo que el Cardenal carecía de nivel intelectual.
Sobrevivió a su hermana por muchos años hasta bien entrado el siglo veinte. Cuando me casé en 1893 me mudé a Londres y allí viví dieciocho años. Cuando regresé a Irlanda me encontré con él muchas veces, y cuando él iba a Lon-dres -lo que hacía asiduamente- siempre nos visitaba.
Recuerdo un día, poco tiempo después de mi casamiento, vino a visitarme con Barry O’Brien. Barry llegó primero porque John se demoró disfrutando de su “fumata” en Haven Geen o en algún otro lugar abierto. Siempre lo vi pareci-do a mi padre, que no sabía qué hacer sin su “fumata”, que él pronunciaba con el mejor “brogue” de Tipperary. Los domingos por la mañana salía a caminar por Dublín atravesando las verdes praderas hasta llegar a Whitehall hacien-do un alto en el camino para tomar el té que llevaba en un frasco, mientras fumaba un buen cigarro. Nunca fumaba sin tomar su té. 
En esa ocasión descubrí que Barry tenía algunas manías, entre ellas, no le gustaba estar en lugares cubiertos y con ventilación, aunque fuese una leve brisa; otra de las cosas que le desagradaban eran los perros, lo que era incompatible con su carácter afable y bondadoso. También era alérgico al tabaco. No le gustaba estar en ambientes donde se fu-maba. 
Este era un hermoso día de verano y la sala de estar estaba con las ventanas abiertas. Mi perro “Pat”, un hermoso San Bernardo, estaba acostado a mis pies. 
“¿Siempre te sientas en la sala con las ventanas abiertas?  Preguntó Barry.
“Sí” le respondí naturalmente, sin conocer sus gustos tan peculiares. 
Tomó asiento cautelosamente mirando la ventana y yo estaba sentada en el medio de la corriente de aire.
“Yo me pescaría una neumonía” comentó seriamente para añadir una pizca de humor: “Al menos pienso que me enfermaría”.
Enseguida me preguntó: “¿Siempre tenés a este pedazo de animal con vos?”
“Generalmente,” respondí inocentemente. “Algunas veces le gusta echarse en el jardín.”
“¡Oh! ¿Tenés un jardín? Dejáme verlo”
Entonces lo conduje al jardín que era una reliquia, porque una vez fue parte de la casa familiar que los Duques de Kent cuando vivían en Ealing.  Todavía tenía el aspecto de un jardín de campo, espacioso y lleno de colores. Apenas abrí la mitad de la puerta de vidrio, abruptamente mi mascota “Pat” irrumpió delante de nosotros a toda carrera, y Barry, aprovechando la circunstancia y sin importarle el jardín, cerró la puerta y se quedó mirando al perro detrás de las cortinas. Había logrado su objetivo: sacar el animal de la sala.
“Amigo, vos te quedás ahí” dijo dirigiéndose al perro con sorna. Y dándose vuelta expresó satisfecho: “Ahora ce-rrá esa ventana y volvamos a la sala para charlar tranquilos”.
John llegó al rato y le comenté sobre lo ocurrido.
“Señor O’Brien” -le dijo con fastidio - nunca conocí a una persona como usted, que le tenga tanto miedo a las co-sas simples y corrientes”. 
En ese momento aproveché para meter un bocadillo:
“Si vos tuvieras miedo de tantas cosas, tendrías miedo de decirlo”.
Hasta el último día que me encontré con él, Barry se regocijaba contando la anécdota a todo el mundo.
Nunca hubo entre John y yo alguna tirantez o dudas sobre lo que cada uno pensaba. Una vez Yeats se sintió mo-lesto por un artículo de mi autoría publicado en el Westminster Gazzette. Era un comentario breve sobre una escena en Euston Station, en el que los actores eran irlandeses y algunos de ellos muy vulgares. Este calificativo a los anglo-irlandeses los enfurecía muy fácilmente, hasta diría irracionalmente, porque ellos sostenían que jamás ningún irlandés sería vulgar. Yo no estaba presente cuando Yeats lanzó una catarata de críticas frente a mi marido que era totalmente ajeno al tema. Pero sí estaba presente John O’Leary, quien intervino decididamente y sin rodeos. “No sé qué es lo que ha escrito o ha dicho Katharine, ni me interesa saberlo. Sólo sé que ella es sincera y de un corazón muy noble”.
Un obispo irlandés dijo algo similar en términos generales. “No me importa qué acciones comete el hombre, con tal que su corazón sea honrado”. Fue una sabia reflexión, que fácilmente puede ser mal aplicada.
Esta historia entre John O’Leary y mi cuñado John “Jack” O’Mahony es muy interesante y considero que no debe quedar afuera de este capítulo. Creo haberla contado en otras ocasiones, pero no está de más volver a hacerlo. Está-bamos en Pilot Vies, Dalkey, en el invierno de 1899/1900, un lugar hermoso, construido sobre rocas a orillas del mar y abierto a todos los vendavales. No era un lugar para salir a caminar en la oscuridad. Cuando nuestros huéspedes salían en noches de fuertes vientos, generalmente se encaminaban hacia el mar. Una noche nuestros visitantes se vieron en-vueltos en un torbellino de viento muy fuerte, pero felizmente todos regresaron sanos y salvos. Recuerdo que, en una noche similar, Jack O’Mahony entró muy agitado con la cabeza llena de espuma de mar, y mientras trataba dificulto-samente de cerrar la puerta arrastrada por un viento, gritaba alegremente: “Jamás volveremos a ver a Joe Quinn otra vez, Katie. Acaba de meterse en el mar”.
Un domingo, Jack O’Mahony y John O’Leary junto con otra gente, vinieron a visitarnos. Un rato más tarde Jack me dijo sigilosamente: “No sé qué le pasa a John. Yo lo aprecio mucho, pero él me odia. Me pregunto ¡qué habré hecho esta vez!”. A todo esto, yo había notado que John no le dirigía la palabra desde que habían llegado.
Nunca supe qué fue lo que había hecho Jack, pero todos sus intentos por reconciliarse con John fueron en vano. Lo acompañó pacientemente a la hora del té y durante la cena, jugó con él a las cartas, trató de atenderlo de lo mejor, pero John jamás le dirigió la palabra. 
Finalmente llegó el día de la partida del anciano. Nadie iba hacia donde él y no era apropiado dejarlo que se fuera solo hasta la estación de trenes. Mi esposo lo hubiera acompañado, pero Jack se ofreció hacerlo y salió a su encuentro. Creo que si John lo hubiese sabido con anterioridad no hubiera aceptado su compañía. La última vez que los vimos juntos fue cuando Jack, con voz amable y servicial le decía: “Ahora señor O’Leary, un escalón más y ya estará en la vereda”.
Jack volvió media hora más tarde, diciendo que cundo regresaba había tenido una divertida aventura con un agen-te de la policía Metropolitana de Dublín -siempre tenía aventuras divertidas adonde fuera- pero, apesadumbrado, se puso a contarnos su despedida de John O’Leary.
“Me sentí como un hijo suyo” dijo. “Si no fuera por mí se hubiera muerto diez veces; seguramente se hubiera caí-do al mar si lo hubiese dejado. Les digo que me tomó del brazo con firmeza cuando lo llevé hasta la estación Bullock Steps y lo ayudé a subirse al tren; le compré un boleto de primera y, sinceramente, me siento muy bien de haberlo hecho. Le pedí a un pasajero que le permitiera sentarse del lado de la ventanilla, lo acomodé y le pregunté si se sen-tía bien. ¡No me dijo   una sola palabra!   Si no fuese tan desalmado, lo hubiera acompañado hasta Dublín. Después, en el momento justo en que el tren comenzó a marchar, sacó la cabeza para decirme ‘Odio la melosa deshonestidad del hombre de Cork’ y se acomodó nuevamente en su asiento”.
Vivió en Londres con una de sus sobrinas, que lo atendió hasta su muerte. Ella siempre nos traía informaciones so-bre su salud y algunos mensajes escritos. “Realmente creo que eres la mujer más considerada sobre la tierra” le dijo un día a su sobrina, con ese especial encanto humorístico que lo distinguía. Pero fue Dora Sigerson quien, habiéndolo visitado por última vez, me dijo lo que había dicho de mí: “Katharine Tynan tiene un corazón muy afectuoso”. Por supuesto, esto me llenó de alegría.
No hubo un solo momento de nuestra vida en el que estuviéramos en desacuerdo.

John O'Leary (23 de julio de 1830 - 16 de marzo de 1907) fue un separatista irlandés y un destacado feniano. Estudió derecho y medicina, pero no se graduó, y por su participación en la Hermandad Republicana Irlandesa, fue encarcelado durante cinco años en Inglaterra durante el siglo XIX. Primeros años de vida. Nacido en la ciudad de Tipperary, en el condado de Tipperary, el católico O'Leary estudió en la escuela secundaria protestante local, The Abbey School, y posteriormente en el Carlow College, también católico. Se identificó con las ideas de Thomas Davis y conoció a James Stephens en 1846.
Comenzó sus estudios de derecho en el Trinity College de Dublín en 1847, donde, a través del Grattan Club, se relacionó con Charles Gavan Duffy, James Fintan Lalor y Thomas Francis Meagher. Levantamiento de 1848. Tras el fracaso de la Revuelta de Tipperary de 1848, O'Leary intentó rescatar a los líderes de la Joven Irlanda de la cárcel de Clonmel y fue encarcelado durante una semana a partir del 8 de septiembre de 1849. Participó en otro intento de levantamiento en Cashel el 16 de septiembre de 1849, pero resultó fallido. Hermandad Republicana Irlandesa. O'Leary abandonó sus estudios de derecho en el Trinity College por no estar dispuesto a prestar el juramento de lealtad exigido a un abogado. Se matriculó en el Queen's College de Cork en 1850 para estudiar medicina, y posteriormente se trasladó al Queen's College de Galway, para luego ampliar sus estudios en el Hospital Meath de Dublín, París y Londres. En 1855, visitó París, donde conoció a Kevin Izod O’Doherty, John Martin y al pintor estadounidense James Abbott McNeill Whistler. Posteriormente, O'Leary se convirtió en director financiero de la recién formada Hermandad Republicana Irlandesa (IRB) y fue coeditor del periódico de la IRB, The Irish People. Arresto y juicio. El 16 de septiembre de 1865, O'Leary fue arrestado y posteriormente juzgado por alta traición, cargo que se redujo a «delito grave de traición». Fue condenado a veinte años de trabajos forzados, de los cuales cinco los pasó en prisiones inglesas, antes de su liberación y exilio en enero de 1871. Durante su exilio, vivió principalmente en París, visitando también Estados Unidos, se mantuvo activo en la IRB y sus organizaciones afines, y escribió numerosas cartas a periódicos y revistas. Vida posterior en Dublín, Al cumplir su condena de 20 años de prisión y, por consiguiente, las condiciones asociadas a su liberación en 1885, regresó a Irlanda. Él y su hermana, la poeta Ellen O’Leary, se convirtieron en figuras importantes dentro de los círculos culturales y nacionalistas dublinéses, entre los que se encontraban W. B. YYYeats, MaudGonne, Rose Kavanagh, Rosa Mulholland, George Sigerson y Katharine Tynan. También se desempeñó como estadista destacado del movimiento separatista, participando activamente en la Sociedad de la Joven Irlanda y presidiendo el Comité Irlandés del Transvaal, que apoyó al bando bóer en la Guerra de los Bóers. Perspectiva política. O'Leary era un separatista, que creía en la completa independencia irlandesa de Gran Bretaña. Sin embargo, no era republicano sino un monárquico constitucional. Creía en la fuerza física, pero se oponía a actos individuales de violencia como los promovidos por O'Donovan Rossa con su Skirmishing Fund, creyendo que la acción revolucionaria debía estar minuciosamente preparada. Se opuso firmemente a la agitación agraria promovida por Michael Davitt y Parnell. Durante la mayor parte de su vida, se opuso a cualquier forma de acción parlamentaria, siendo particularmente hostil al exdiputado feniano John O'Connor Power. Sin embargo, apoyó a Parnell durante los primeros días de la Escisión de 1890-91. Era un laico, creyendo que la Iglesia debía mantenerse al margen de la política. En un artículo publicado en Dublin University Review en 1886, mostró cierta conciencia de que los protestantes requerirían garantías de sus libertades dentro de una Irlanda independiente. Como la mayoría de los intelectuales de su generación, no estaba interesado en la lengua irlandesa, aunque simpatizaba con las organizaciones del resurgimiento gaélico a partir de la década de 1880. Vida personal. O'Leary nunca se casó, aunque tuvo un romance temprano con una joven, que se cree que luego ingresó en un convento. Actuó como padrino de boda de James Stephens en 1864. Fue criado como católico, pero abandonó la religión durante toda su vida, hasta cerca de su muerte, cuando se reconcilió con la iglesia, alrededor de la Navidad de 1906. Heredó propiedades de su familia en la ciudad de Tipperary. Durante la mayor parte de su vida, esto le proporcionó unos ingresos razonablemente cómodos, de modo que no tuvo que ganar dinero y pudo ayudar económicamente a sus compañeros separatistas. Sin embargo, se convirtió en víctima de la agitación durante el Plan de Campaña de 1889-91, cuando cesaron en gran medida los pagos de alquiler. En la ciudad de Tipperary se le recordaba como un "terrateniente duro". Fue sucedido como líder de la IRB por Neal O'Boyle de Antrim.

Ellen O'Leary (1831-1889) fue una poeta irlandesa que simpatizó con el movimiento feniano. Era hermana del nacionalista irlandés y destacado feniano John O’Leary. Vida Ellen nació en 1831 en la ciudad de Tipperary, condado de Tipperary. Su padre era comerciante. Bajo los seudónimos «Eily» y «Lenel», O'Leary colaboró con poesía en The Irish People, periódico de la Hermandad Republicana Irlandesa (IRB) publicado desde noviembre de 1863. El 15 de septiembre de 1865, el periódico fue confiscado por el gobierno. Su hermano, junto con otros editores y colaboradores, fue arrestado y condenado a veinte años de trabajos forzados, cinco de los cuales pasó en prisiones inglesas. Tras la supresión del periódico, O'Leary se unió al Comité de Damas de la IRB para ayudar en los preparativos del Levantamiento Feniano de 1867. Sin embargo, el levantamiento fracasó. Decidió regresar a su hogar en Tipperary, donde viviría hasta el regreso de su hermano en 1885. Allí se mantuvo ocupada escribiendo poesía y haciendo voluntariado en organizaciones benéficas católicas. Tras la liberación de su hermano John, se mudaron a Dublín, donde contribuyeron al renacimiento literario irlandés celebrando reuniones semanales con numerosas figuras literarias prominentes como William Butler Yeats, Katharine Tynan, George Russell y Rosa Mulholland. Casualmente, fue a través de una de estas reuniones que ella contribuyó a presentar a Maud Gonne a W. B. Yeats. Vivió en Dublín hasta su muerte en 1889. En 1890, justo después de su muerte, se publicó una colección de su poesía, titulada " Canciones de la patria, el hogar y los amigos”. Sin embargo, este volumen sufrió una intensa revisión. Se desconoce si participó en el proceso de selección del volumen en sus últimos meses de vida. No obstante, hay constancia de que tanto su hermano John O'Leary como su amigo W. B. Yeats la ayudaron a corregir y editar los poemas que había escrito veinte años antes.


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